Nicaragua entrará al siglo 21 afrontando la disyuntiva de tener que elegir a un nuevo gobierno del PLC, igual o parecido al de los últimos cuatro años (es decir, dinámico y constructor pero ramplón y corrupto), o aprobar el regreso del FSLN al poder. Pero también con la esperanza de elegir algo bueno o, por lo menos, mejor.
En realidad, a menos que surgiera una tercera alternativa genuinamente democrática, ética, bien organizada y mejor preparada para proteger el voto independiente, las elecciones presidenciales de noviembre del próximo año se van a polarizar entre el PLC y el FSLN, igual que en 1996. Y serían unas elecciones señaladas por el miedo: de unos a que imperen por 5 años más la corrupción, la ramplonería y la insensibilidad social; de otros, a la restauración del estatismo económico y social; y de ambos a la libertad.
Que el posible resultado de una elección libre y democrática inspire miedo a alguien, es una aberración. Esto indica que la democracia nicaragüense sufre una grave enfermedad, como efectivamente es la perversión del autoritarismo y el cáncer moral de la corrupción. El objetivo del sistema democrático es dar confianza a los ciudadanos. La democracia es un sistema de riesgos, no un régimen de temor como son las dictaduras y los totalitarismos de derecha o de izquierda.
Nicaragua ha avanzado, sin dudas, en los últimos 4 años, en la construcción de carreteras, calles y rotondas, de zonas residenciales y centros comerciales. Pero también ha retrocedido en materia de justicia social, se ha perdido mucho más la ética gubernamental y se han reducido los espacios de participación democrática de los ciudadanos.
Así las cosas, un nuevo gobierno liberal como el que hay ahora —independientemente de que fuera o no apoyo y participación conservadora—, significaría más de lo mismo que ha habido en los últimos 4 años. Y otro régimen sandinista igual o parecido al que imperó en los turbulentos años ochenta del siglo 20, podría impulsar un mayor retroceso o cuando menos determinar otro período de estancamiento nacional.
Pero, ¿a qué se debe que Nicaragua continúe dando coces contra el aguijón? ¿por qué el país sigue atrapado por los fantasmas del pasado, miedoso a la libertad, resignado a sobrevivir gracias a la cooperación externa y contento porque se le considera una nación de la HIPC?
Según algunos analistas, el problema radica en que si bien el conflicto armado terminó en 1990, el espíritu de la guerra continuó merodeando en la mente de los antiguos combatientes y, en general, de la mayoría de los nicaragüenses. Es como el caso de España, donde según algunos historiadores la Guerra Civil no terminó en 1939, sino hasta en 1975, después de la muerte de Franco, cuando los antiguos combatientes y todas las fuerzas políticas y sociales pactaron la convivencia libre, democrática y pacífica y plasmaron su convenio en una Constitución consensuada.
A nuestro proceso de transición democrática le ha faltado ese elemento sustantivo que sería un acuerdo verdaderamente nacional, un pacto consensuado entre todos los actores políticos y sociales del país (no impuesto por una parte de ellos) y sellado por el respeto incondicional a las reglas de la convivencia democrática y pacífica.
Pero no vale lamentarse. El comienzo del siglo 21 y la primera elección democrática del tercer milenio, que tendrá lugar en noviembre del año entrante, deberían verse como una oportunidad para que todos los partidos traten de hacer un acuerdo efectivamente nacional, no un pacto de unos contra otros ni para excluir a nadie, como fueron los anteriores, sino un compromiso de todos contra la pobreza, contra el atraso, contra el miedo, contra el autoritarismo, contra la corrupción y la perversión de las instituciones.
Pero si eso les parece una utopía, ¿por qué entonces no comenzar con un acuerdo entre liberales, conservadores y otras fuerzas democráticas, pero no para elegir un gobierno que de alguna manera sea la continuación del anterior (alemancismo sin Alemán), sino para apartar a los corruptos, corregir el autoritarismo y comenzar por fin a gobernar con un mínimo de decencia y de decoro nacional?