Carlos Alberto Montaner*
La transmisión de la autoridad en Estados Unidos es una cuidadísima ceremonia minuciosamente cronometrada. Primero se pasa revista a los grandes problemas domésticos. Luego siguen las cuestiones internacionales. Las relaciones con Europa, Rusia y China, tienen prioridad. América Latina apenas existe.
La excepción es el Presidente Hugo Chávez y su creciente engendro bolivariano. La cosa es seria. Se trata del primer suministrador de petróleo de Estados Unidos. El «briefing» sobre este personaje que recibirá Bush es mucho más largo que el de Castro. Al comandante cubano, como en el bolero de Los Panchos, lo despachan con tres palabras: «senil, incorregible, desacreditado». Castro es el conflicto pasado a la espera de un certificado de defunción. Chávez es el enemigo en pleno apogeo. Es obvia su campaña antinorteamericana y antioccidental. Se empeña en crear y dirigir una especie de «polo tercermundista» para estimular lo que él llama el «modelo bolivariano». Chávez siempre está creando polos. Es como una manía.
¿Qué demonios se propone el ex militar? En esencia, recrear el régimen tiránico de Gadaffi con música cubana al fondo. El Libro Verde, al que Chávez siempre se refiere con el pomposo calificativo de «tercera teoría universal», es su lectura de cabecera y su fuente de inspiración. Donde el enloquecido coronel libio propone sus «Congresos Populares», Chávez habla de «Asambleas Populares». La diferencia es semántica. Chávez poco a poco ha ido desmontando las instituciones democráticas para sustituirlas por correas de transmisión de su voluntad personal. Su idea de Venezuela es la de un dócil rebaño, persuadido de su genialidad, dirigido y patrullado por un ejército totalmente obediente que lo conduce a la hegemonía latinoamericana para crear su centro de poder regional. Estados Unidos no sólo está ante un problema político. «Debe consultar, presidente, a los siquiatras», le dirán a Bush los expertos.
El informe sigue con los dos asesores y colaboradores principales de Chávez: Luis Miquilena y José Vicente Rangel. El primero, desde el partido chavista, administra la incapacidad política del ex teniente coronel. Un trabajo casi infinito. El segundo, desde la Cancillería, corrige sus excesos de incontinencia oral. Es como el profesor de «My fair lady». Él y Miquilena son dos viejos marxistas formados en el antiyanquismo, el odio al mercado y la fascinación con el castrismo.
La tercera ficha es la de Ali Rodríguez Araque, el zar del petróleo. Su biografía espeluzna: ex comandante de la guerrilla comunista sin posterior rectificación, al contrario de otros como Teodoro Petkoff o Américo Martín que pasaron por el Jordán democrático. «A Rodríguez Araque, presidente Bush, lo derrotaron pero nunca lo convencieron. Hoy dirige la OPEP», le dirán los analistas con un gesto grave.
Pero no es sólo Venezuela. Chávez hace metástasis por la región andina. El capitán del ejército peruano Eloy Villacrez, amigo de Chávez, parece haber sido el enlace con Montesinos. Cuando Montesinos huyó -afirma la prensa- fue a parar a Caracas protegido por las autoridades venezolanas. Y Montesinos, entre otras canalladas, le vendía armas a la narcoguerrilla colombiana. Tan «narcos» estos guerrilleros comunistas que ya comienza a hablarse del «Cartel de las FARC». Lo que no impide que a su paso por Venezuela a los hombres de «Tiro Fijo» o a los del ELN los traten como a dignatarios extranjeros merecedores de todas las distinciones.
Otras veces, se alega desde Bogotá, son ciertos militares venezolanos o el locuaz Miguel Quintero, Director de Información y Opinión de la Cancillería, quienes viajan a Colombia para urdir la trama subversiva. El oficial de la marina venezolana Ramón Rodríguez Chacín fue sorprendido en gestiones oficiales de acercamiento y coordinación con las narcoguerrilla colombianas. El propio secretario del presidente Chávez, el mayor retirado Carlos Aguilera, también desempeñó ese papel indirectamente hasta que su jefe, muy recientemente, decidió despedirlo por su imprudente manejo de las relaciones con los extremistas, según afirma un diplomático acreditado en Caracas. Para un iluminado como Chávez, aunque éste no sea el momento de anunciarlo, el «bolivarianismo» comienza por la reconstrucción de «la Gran Colombia». Y eso -le informarán a Bush sus asesores- «sólo puede lograrlo por medio de un pacto secreto con la narcoguerrilla. Son sus aliados naturales».
¿Qué va a hacer Bush ante este panorama? Los estrategas estadounidenses están divididos. Las opciones que le presentan son dos: lo que en Washington se llama «benigna negligencia» -ignorar las provocaciones y dejar que ese disparate colapse por su propio peso-, o presentarle batalla en todos los frentes, asumiendo que se trata de un decidido enemigo de la sociedad norteamericana. El instinto de Bush debe inclinarlo por lo primero. Es un conciliador más que un peleador. Sin embargo, las primeras declaraciones de Collin Powell parecían dirigidas contra la narcoguerrilla, Chávez y otros líderes del bando antinorteamericano: «quienes deliberadamente intenten perjudicar los intereses de Estados Unidos serán enfrentados sin contemplaciones». En el primer semestre del 2001 veremos por dónde van los tiros. Ojalá que esto sea una metáfora. [©FIRMAS PRESS]