La gripe y la pobreza

Douglas [email protected]

Cuando hablamos de pobreza, lo primero que asociamos es la falta de recursos económicos y pocas veces pensamos en alternativas educativas. Sabemos que sin dinero es difícil enfrentar las crisis y cuando las epidemias atacan, los más pobres recurren a los medicamentos más baratos del mercado, antes de buscar a un médico en un centro de salud u hospital, porque esto les cuesta más aunque la consulta sea gratis.

En esas circunstancias, el Ministerio de Salud anunció de pronto que sacaría del mercado más de 50 fármacos de uso popular que contienen una sustancia peligrosa, denominada fenilpropanolamina (PPA), provocando temor entre las personas más dependientes de esos medicamentos y a la vez una sensación de inseguridad para mucha gente pobre que se siente indefensa frente a virus comunes, a pesar que sus efectos pueden ser disminuidos con sólo cambiar ciertos hábitos alimenticios.

Pero el caso nos ha permitido ver una vez más la ausencia de campañas de educación en medicina preventiva, que ayuden a la población, sobre todo la de menos recursos, a protegerse de forma natural de los virus que pululan en épocas de cambios climáticos, o los que son transmitidos por mosquitos, como el dengue, más peligrosos si nos encuentran sin suficientes defensas en el cuerpo.

En un ciudadano empobrecido, una gripe inocua puede causar estragos graves a su salud y economía, porque se incuba en un organismo débil, desnutrido, y lo inhibe de trabajar con toda capacidad. Los más pobres, por lo general, son personas sin protección social que sólo perciben ingresos si laboran y en consecuencia una gripe puede significarles una tragedia.

La gripe casi siempre dura el mismo tiempo, siete u ocho días, con o sin tratamiento, porque las medicinas en este caso son sólo paliativos, para que la persona sienta menos los efectos y pueda continuar sus actividades sin tener que postrarse en una cama.

Una costumbre tan simple como beber refrescos de limón o naranja, o comer hortalizas con frecuencia, puede marcar la diferencia para que una persona enfrente mejor una gripe, pero la costumbre se hace ley, como se dice y a veces preferimos una bebida gaseosa que un jugo natural. No hay dinero para comprar, puede justificar una familia. Pero hay patios y con un poco de ayuda, podemos sembrar.

Hace meses una alta funcionaria del Estado decía que en Nicaragua hay mucha desnutrición, por falta de educación alimenticia, la que se refleja en el desaprovechamiento de vegetales y frutas que abundan en nuestros campos y patios.

Tiene razón, aunque es necesario señalar que la educación no es responsabilidad exclusiva de cada persona, menos cuando los ciudadanos son muy pobres. También le compete al gobierno, por el bien de los ciudadanos y la mejoría de los servicios sociales. Las campañas de educación en salud, nutrición e higiene deben ser constantes y consistentes para inducir a los ciudadanos a evitar enfermedades y propiciar que el Estado gaste menos en curaciones e invierta más en otras atenciones básicas.  

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