Hoy inicia en Panamá la celebración de la Décima Cumbre Iberoamericana que tendrá como tema central a la niñez del continente. El título oficial es: “Unidos por la Niñez y Adolescencia, Base de la Justicia y la Equidad en el Nuevo Milenio”. En ella estarán presentes, como de costumbre, los Jefes de Estado y de Gobierno de todos los países de América Latina, de España y de Portugal.
Las Cumbres Iberoamericanas se definen pomposamente como el “foro de reflexión y concertación política donde se permite el encuentro y el diálogo sobre posiciones políticas y la adopción de planteamientos comunes en temas de especial interés entre los Jefes de Estado y de Gobierno, dirigido en forma flexible y dinámica al reforzamiento e identificación de la Comunidad Iberoamericana de Naciones.”
La idea de las Cumbres fue promovida por España a principios de la década pasada. La primera de ellas se celebró en el año de 1991 en la ciudad mexicana de Guadalajara. La siguiente tuvo lugar en Madrid en 1992. Esas dos primeras Cumbres se consideran fundacionales, y a partir de la celebrada en 1993 en Brasil, cada una de ellas tiene un enfoque temático, correspondiéndole al país anfitrión la selección del tema central. Esa vez Brasil escogió el tema Desarrollo Social. Siguieron después Colombia, con Comercio e Integración; Argentina, con Educación; Chile, con Gobernabilidad; Venezuela, con Valores Eticos de la Democracia; Portugal, con Globalización e Integración, y finalmente, el año pasado le tocó el turno a Cuba, con Iberoamérica y la Situación Financiera Internacional.
En la realidad esas Cumbres prometen mucho más de lo que cumplen, y el impacto que tienen en los temas centrales es, para todo efecto práctico, absolutamente nulo. Cada año se firman en ellas declaraciones grandilocuentes que destacan la importancia de la democracia, de los derechos humanos, de las libertades públicas y de los derechos civiles. Para algunos de los países participantes, dichas declaraciones no quedan más que en papel mojado. Así vemos que Cuba, por ejemplo, no ha tenido empacho en firmar todas y cada una de ellas sin que hasta el día de hoy haya hecho absolutamente nada por implementar aquello a lo que se ha comprometido.
A mediados de este año un grupo de representantes de movimientos defensores de los derechos humanos en Cuba, le dirigió una carta a la Presidenta Mireya Moscoso, de Panamá, país anfitrión de la Décima Cumbre, pidiéndole que “el régimen comunista de La Habana no sea invitado a Panamá 2000, partiendo del hecho de que este gobierno ha incumplido los acuerdos fundamentales de la Declaración de La Habana…” En su misiva, los firmantes denuncian la “ola represiva” que el gobierno cubano ha dirigido “contra activistas de los derechos humanos, sindicalistas libres, opositores de diferentes partidos, organizaciones no gubernamentales de profesionales, periodistas y bibliotecarios independientes, en resumen, contra todos los defensores de los derechos fundamentales.”
Como era de esperarse, su petición fue desoída, y el Señor Fidel Castro estará presente una vez más pronunciando discursos, dando conferencias de prensa, condenando al capitalismo y al imperialismo y, por supuesto, firmando, sin el más mínimo rubor, la declaración que emane de la Décima Cumbre, la cual, estamos seguros, hará otro llamado a respetar los derechos humanos, la libertad de expresión, etcétera, etcétera.
Mientras tanto, los niños pobres del continente americano serán objeto de discursos apasionados de los presidentes, pero sin tener la más mínima posibilidad de ver cambiada su condición actual y futura como consecuencia de la Cumbre. Los niños no pasarán de ser el “tema” o excusa que le dará a los altos mandatarios la oportunidad de socializar en un magnífico ambiente que de seguro estará lleno de la siempre calurosa y proverbial atención que los panameños saben dispensar a sus visitantes. Esta será la Décima Cumbre, y al igual que las nueve anteriores está destinada a ser, simplemente, una Cumbre más.