Bush y las tres paradojas

* Carlos Alberto Montaner

Tres son las paradojas que sentarán a george W. Bush en la Casa Blanca, si finalmente resulta elegido. La primera es lo que ya se llama el «error Buchanan» cometido por centenares de personas en Palm Beach. Pensaban votar por Gore y acabaron perforando el nombre de Buchanan tras confundir los nombres en la boleta. Estadísticamente, es más que improbable que Buchanan obtuviera cinco veces más votos en Palm Beach que en el vecino condado de Broward, donde utilizaron otro tipo de papeleta. Pero la democracia -y esa es su mayor virtud- es un sistema de reglas rígidas que excluye cualquier forma de subjetividad. No es un modo de seleccionar a los mejores -eso depende de la información y los valores de los electores-, sino un método para tomar decisiones colectivas de acuerdo con reglas y formalidades previamente establecidas. Si tres mil personas se equivocaron al ponchar la tarjeta, más de cuatrocientas mil lo hicieron correctamente. La boleta había sido debidamente aprobada por la junta electoral, donde ambos partidos están representados, y se le había dado la publicidad previa que señala la ley. Si no hubo fraude ni dolo, sino error o descuido de los electores, no hay reclamación posible. En todo caso, esa no es la paradoja, sino lo que sigue: en 1992 Ross Perot y su Partido Reformista de centro derecha impidieron que Bush padre se mantuviera en la Casa Blanca, dándole la victoria a Bill Clinton. Ahora Buchanan, al frente del mismo partido -o lo que queda de él-, en lugar de quitarle votos a la candidatura de George W., sin proponérselo, se los ha «robado» a Gore, contribuyendo a reinstalar en la presidencia al hijo del adversario previamente derrotado. Hay algo de justicia poética en el asunto.

La segunda paradoja son Nader y sus verdes. De alguna manera son la izquierda del partido demócrata, y se presentaron en estas elecciones dispuestos a dar la batalla contra las grandes empresas y contra quienes predicaban un Estado más pequeño y con una menor oferta de servicios públicos. Nader era el cruzado del asalariado sin seguro, el defensor del hombrecito municipal y espeso, víctima de todos los tiburones sueltos en un sistema capitalista que los verdes califican de injusto. ¿Resultado floridano de esa campaña y de la argumentación bien razonada del inteligente Nader? Apenas cien mil ilusionados votos. Pocos, pero suficientes para instalar en la Casa Blanca a un político, Bush, que encarna con bastante precisión el perfil del adversario que pretendían destruir: el hombre cercano a los grandes intereses económicos, decidido a reducir el mítico «gasto social» que tanto gusta a Nader y a sus huestes. Es lo que se llama el tiro por la culata.

La tercera paradoja es la del voto cubano. Cuando ocurrió el sonado caso del niño Elián, Fidel Castro cantó victoria. Por una vez el dictador compareció ante la opinión pública como la parte razonable, mientras los exiliados de Miami fueron caracterizados como unos fanáticos que bordeaban la barbarie. Por eso resultó sencillo enviar a unos soldados a llevarse al balserito por la fuerza, sin permitirles a sus parientes exiliados acudir a los tribunales de familia para dirimir el pleito por la custodia conforme a derecho, solución -por cierto- que postulaban tanto Bush como Gore. No era necesaria esa humana concesión: la opinión pública americana respaldaba abrumadoramente la acción policíaca, y Clinton, que ensayaba ciertos secretos acercamientos al Comandante, recurrió a ella.

Con las elecciones llegó el momento de la venganza. Los cubanos salieron a votar en masa por los republicanos al grito de «remember Elián», convirtiéndose en el «swing vote». Era el grupo que, al inclinarse en una sola dirección de manera tan diferente al resto del electorado (algo parecido a lo que sucedió con los negros en el bando demócrata), le dieron la victoria a Bush. «¿Quién derrotó a Gore?», se preguntan en la Calle Ocho: «Elián», suelen responder los cubanos con el puro apretado entre los dientes, eufóricos por haber sido decisivos en la elección del presidente norteamericano. El niño de los delfines –afirman- había castigado al Partido que lo había devuelto a Cuba.

No es la primera vez que el pleito cubano interfiere en unas elecciones norteamericanas. En 1960 Kennedy acusó a Nixon de haber permitido el establecimiento de una dictadura comunista a 90 millas de las costas de la Florida y de no hacer nada por liquidarla, algo que era falso, pero el argumento contribuyó a derrotar al republicano. Veinte años más tarde la víctima fue el demócrata Carter. Las oleadas de balseros llegados por el Mariel en abril de 1980, el triunfo de los sandinistas en Nicaragua y la ofensiva de las guerrillas comunistas en El Salvador y en Guatemala crearon una atmósfera de inseguridad en Estados Unidos que ayudó a elegir a Ronald Reagan. Hacía falta en Washington un vaquero anticomunista dispuesto a sacar el revólver frente a los pieles rojas que rodeaban las caravanas. Ese era Reagan. Ahora Castro, supuesto vencedor en el «affaire Elián», descubre que su «triunfo» podría colocar en el poder estadounidense a un presidente profundamente agradecido a los exiliados cubanos, lo que probablemente se traduciría en una política de menor complacencia y apaciguamiento hacia La Habana. Elián, que había sido su mejor victoria, se transformó de pronto en su peor revés. La historia, Comandante, es impredecible. Eso es lo que tiene de hermosa. [©FIRMAS PRESS]

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