Al mismo tiempo que en Nicaragua se celebraban ayer 5 de noviembre las elecciones municipales, en Roma, Italia, se efectuaba el Jubileo de los parlamentarios, gobernantes y políticos en general de todo el mundo católico. El evento, en el que se congregaron miles de políticos gubernamentales y opositores de todas partes del mundo católico, y aún de países de otras religiones, fue presidido por Juan Pablo II quien confirmó la proclamación de Santo Tomás Moro, nacido en 1478, muerto en 1535 y canonizado en 1935, como el patrono de la política y de los políticos.
Pero de Nicaragua no asistió ningún miembro del Gobierno, de la Asamblea Nacional ni dirigente de oposición, a pesar que aquí prácticamente todos los políticos más o menos importantes se declaran fervientes católicos, obedientes al Papa y al Cardenal Miguel Obando Bravo, al grado que es raro el que no desfila ante el prelado nicaragüense para pedirle la bendición y hacerse tomar con él las infaltables fotos publicitarias. Y dicho sea con franqueza, la ausencia de políticos nicaragüenses en el Jubileo del recién pasado domingo 5 de noviembre no se justifica con el hecho que ese mismo día se celebraron aquí las elecciones municipales, pues la falta de dos o tres políticos criollos no hubiera tenido ninguna influencia en el resultado de los comicios; aparte de que más de algún diputado o funcionario gubernamental se ha ausentado por cualquier motivo de eventos mucho menos importantes que las elecciones municipales.
Particularmente lamentable fue que ningún político nicaragüense participara en el Jubileo del domingo pasado, porque el objetivo fundamental era golpear la conciencia a los servidores públicos y de los pretendientes a gobernantes, y motivarlos a que actúen con transparencia y honestidad, a que rescaten los valores morales de la política que se han deteriorado alarmantemente en todas partes, y que en algunos países inclusive casi han desaparecido, como es sin dudas el caso de Nicaragua.
El Cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité Vaticano para el Jubileo, señaló al respecto que: “Hoy se da la urgencia de rehabilitar la política, que es vista bajo sospecha, desacreditada por todo lo que ha afectado a su imagen y ofuscado sus rasgos éticos”. Precisamente por eso fue que el Vaticano escogió a Santo Tomás Moro como el patrono de la política y de los políticos de todo el mundo. Según lo explicó Juan Pablo II en carta pública que difundió la agencia noticiosa del Vaticano, Zenit, la vida de Tomás Moro “nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló a la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud”.
Tomás Moro, como se sabe, fue un insigne abogado, escritor y político inglés que llegó a ser presidente del Parlamento y canciller del reino de Enrique VIII, habiendo sido el primer laico que desempeñó tan elevada responsabilidad. Pero Moro prefirió perder todos los privilegios gubernamentales y no vaciló en perder su libertad y ofrendar su vida -fue decapitado, antes que traicionar sus convicciones políticas, morales y religiosas, cuando Enrique VIII, corrompido por el poder, asumió el control de la Iglesia en Inglaterra para ponerla a su servicio personal.
Es muy importante divulgar y promover el ejemplo de Santo Tomás Moro entre los políticos de Nicaragua, donde se necesita imperiosamente ahuyentar los diablos del pactismo, del clientelismo, la corrupción, la prepotencia y la amoralidad que se ha adueñado de la política de Nicaragua, en particular de la política gubernamental.
Pero además de un santo patrono como el ejemplar Tomás Moro, aquí hacen falta también nuevos gobernantes y un cambio radical de conducta gubernamental; una verdadera revolución de honradez, por la que luchó y dio su vida el patrono de la política moral de Nicaragua, el Director Mártir de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.