Los alcaldes del ayer y los del mañana

Si nos remontamos a unas décadas pasadas

podremos observar la trayectoria, concretadas en obras realizadas por los alcaldes de nuestros municipios.

Creo que se pudiera emplear la terminología “decadencia profesional o cívica” si antes eran alcaldes cuyos principios estaban inspirados en prestar servicios sociales a la comunidad; en crear, incentivar y producir. En fin, hacer todo lo posible para que la comunidad a la que ellos servían fuera superándose. En la actualidad sucede todo lo contrario.

Si bien era cierto que estos alcaldes no eran todo lo perfecto que podían haber sido, podríamos decir que sus obras fueron ejemplares comparándolas con la mayoría de nuestros actuales alcaldes. Esto, por supuesto, sin generalizar, ya que siempre hay sus excepciones.

Aquellos señores de antaño eran ciudadanos con aspiraciones fundamentalmente motivadas por el deseo de servir y no por la ambición al dinero y del poder político. Además, tenían cierta estabilidad económica. Por lo tanto, era mínima la tentación de lucrarse de la posición haciendo transacciones ilícitas e irrespetando la confianza que los ciudadanos habían depositado en ellos.

En algunos casos, estos alcaldes, junto con un grupo de ciudadanos ejemplares, aportaban obras para la comunidad financiadas por ellos mismos (como fue el caso del desaparecido Colegio Pedagógico de Diriamba). Por el contrario, hoy en día encontramos algunos de estos señores que a la vista y paciencia de todos han efectuado transacciones fraudulentas en perjuicio de los ciudadanos. Y, lo que es más, han utilizado fondos que supuestamente eran para beneficio de la comunidad en beneficio de ellos mismos o de sus familiares, defraudando así el voto que sus conciudadanos les habían dado.

Muchos de estos señores casi no poseían bienes materiales al tomar posesión del cargo, lo cual fue muy diferente a su partida. Entregan las alcaldías endeudadas y las comunidades sumidas en el abandono y el atraso.

No nos hemos puesto a pensar qué pasa con los niños que deambulan por las calles, que no se llevan a la boca lo más mínimo de subsistencia; son miles de marías, juanes y filomenos que en vez de tener una sonrisa en sus rostros tienen una mueca de dolor. Todos los fondos públicos que los funcionarios no los invierten en la comunidad y lo utilizan para beneficio personal ha sido arrebatado de las manos de estos niños, por lo tanto, es un robo social el que se está haciendo, un robo en la conciencia del ser humano. ¿Qué estamos esperando, otra explosión social? ¿Que se continúe repitiendo la historia?

Karen Mary Rappaccioli Tünnermann.  

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