¿Vamos por el camino correcto?

  • Cuando la pregunta la oriento hacia conocer si el gobierno está haciendo lo correcto y deseable en lo que se refiere a la construcción institucional y cultural del país, el sentido de mi respuesta cambia, y concluyo que vamos por un camino totalmente equivocado.

Jorge Salaverry

Si la pregunta expresada en el título de este artículo se le formulara al Presidente Arnoldo Alemán o al Presidente del Banco Central, la respuesta sería un seco y tajante sí. Para cualquiera de ellos, Suiza o Singapur podrían andar por el camino equivocado, ¿pero Nicaragua? ¡de ninguna manera! Ahora bien; si la pregunta se le hace a un político opositor al gobierno, o a una de esas personas que odian el sistema económico capitalista o de libre mercado (lo que ellos llaman “neoliberalismo”), la respuesta -qué duda cabe- sería un no radical y terminante.

Esa misma pregunta le fue planteada a un total de 2,096 personas que fueron escogidas al azar en todo el país en la última encuesta que realizó CID-Gallup entre el 3 y el 8 del presente mes. El 61 por ciento de ellas respondió que el país lleva un rumbo equivocado, mientras que un 23 por ciento opinó que el camino actual es el correcto.

Yo también me he formulado la pregunta y he concluido que la respuesta, para que sea lo más justa posible, no puedo reducirla a un simple sí o a un escueto no, ya que ella dependerá de los aspectos que evalúe al considerar la pregunta. Si comparo, por ejemplo, el grado de libertad económica, política y social que priva en la actualidad -y que de hecho existe a partir de 1990-, con el sistema demencial, retrógrado y opresivo que impuso el sandinismo en los años ochenta, concluyo que el camino que llevamos es infinitamente mejor que aquel por el que nos llevaban los comandantes rojinegros. Pero esa respuesta, que es la preferida de los apologistas del gobierno, no agota el alcance de la pregunta. Asimismo, si valoro la corrección del camino en base a las obras de infraestructura física que este gobierno ha realizado -como carreteras, electrificación y construcción de escuelas, entre otras- diría que vamos bien.

Pero cuando la pregunta la oriento hacia conocer si el gobierno está haciendo lo correcto y deseable en lo que se refiere a la construcción institucional y cultural del país, el sentido de mi respuesta cambia, y concluyo que vamos por un camino totalmente equivocado. La construcción de una nación no es sólo asunto de puentes, calles, luces y rotondas, o sea, de obras físicas. Es algo mucho más profundo y amplio que tiene que ver con la creación de instituciones independientes, funcionales e imparciales que aseguren la libertad individual, la propiedad privada y la seguridad física y jurídica de los ciudadanos, y con la formación de una mentalidad y de una cultura conducentes a la creación de riqueza.

En materia de construcción institucional este gobierno está reprobado. La inutilización -como consecuencia del pacto libero-sandinista- de varias de las instituciones más importantes para la vida económica, social y política del país, como la Corte Suprema de Justicia, la Contraloría General de la República y el Consejo Supremo Electoral, es altamente negativa para el desarrollo de la nación.

Las acciones y actitudes de algunos de los más altos funcionarios del gobierno han operado como lastre y como elemento perpetuador de una cultura y de una mentalidad arcaica que nos urge superar para caminar con paso firme y acelerado hacia el desarrollo. El concepto del Estado botín, de la impunidad en virtud de la cercanía al poder político, de las reglas del juego cambiantes y aplicables a discreción, del uso arbitrario del poder público para castigar a los “no enfilados”, del enriquecimiento fácil y ventajista a la sombra del poder, de la práctica del servilismo y del autoritarismo, son todos ellos viejos vicios que, lejos de ser combatidos en este gobierno, son alimentados desde las más altas esferas del poder político.

Necesitamos enderezar el sendero. Necesitamos un cambio. Pero, ¡cuidado! No se trata de cualquier cambio. No se trata de una reedición de la estúpida frase de los años setenta de que “mejor que Somoza cualquier cosa”, ni se trata de un “cambio de modelo” como dicen algunos líderes sandinistas, para ocultar lo que en verdad piensan, que es el retorno a un Estado entrometido, opresivo y paternalista. Lo que necesitamos, sobre todo, es de un cambio de mentalidad, y de líderes políticos que con su acción y ejemplo lo promuevan. Nicaragua tiene un gran futuro si mantenemos el camino en todo aquello que ha probado ser positivo, y si nos deshacemos de todo aquel sobrepeso político y cultural que nos impide avanzar con la ligereza requerida.

El autor es miembro del Consejo Editorial de LA PRENSA y catedrático de la Universidad Thomas More.
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