La corrupción se ataja con la ley

Juan Cano S.

He leído el artículo “La lumbre de la verdad”, publicado en LA PRENSA del 26 de septiembre, y debo confesar que no pude contener la risa ni el asombro. No por el contenido–que me pareció ponderado, ecuánime y en línea con el periodismo libre y de vanguardia que practica este diario–, sino por las palabras del Vicepresidente de la República, don Enrique Bolaños Geyer.

Es francamente triste que una institución como el Sr. Bolaños Geyer –persona inteligente y con experiencia contrastada en el mundo empresarial y político–, nos condene a esperar con resignación tanto tiempo (mientras se inicia “la educación casa por casa…”) para poder “salir adelante en la lucha contra la corrupción”. Menos mal que no expuso el contenido del Génesis para explicarnos –desde un punto de vista bíblico–, la bondad o malignidad del ser humano, o –desde otra óptica– si el hombre es bueno o malo por naturaleza (o por necesidad), de acuerdo, por ejemplo, con las concepciones de Juan Jacobo Rousseau en “El contrato social” (que nos obligaría a volver a nuestros orígenes para evitar que nos corrompa la propia sociedad y sus instituciones) o Tomás Hobbes, que en su obra el “Leviathan” propugna el materialismo en la filosofía, el utilitarismo en la moral y el despotismo en política.

Desde luego, no hace falta retrotraernos tantos siglos en el tiempo para corregir conductas desviadas del ser humano –que se apartan o contravienen la moral, la ética profesional o la norma jurídica–, sino, simplemente, hacer que se respete la ley a base de aplicarla con todo rigor, es decir, con la misma moralidad y justicia que se predica, porque, si esperamos a que ejemplares maestros inicien “la educación casa por casa”, los aprovechados de turno terminarían de saquear Nicaragua mucho antes. Y menos aún podemos esperar a que de la noche a la mañana surja como caído del cielo el imperativo categórico de Kant: “obra de tal manera que tu conducta sea erigida en modelo de conducta universal”. Esto, como vulgarmente se dice, es como pedir peras al olmo, porque los políticos, por regla general –y la realidad es una buena prueba de ello– cuando son honestos sólo velan por el bien de su partido, y cuando son deshonestos, sólo procuran llenarse los bolsillos. Y en este caso también la excepción confirma la regla.

Hace algún tiempo un ilustre jurista afirmó –y no le faltaba razón, al menos desde un punto de vista utópico–, que los pueblos con buenas costumbres no necesitan de buenas leyes (puesto que, obviamente, no sería necesario aplicarlas); sin embargo, en el caso de Nicaragua, para que los ciudadanos corruptos asuman las buenas costumbres –y más los que ostentan cargos de responsabilidad y servicio a la comunidad–, hay que enseñarles a respetar la ley a base de aplicarla, con independencia de cualquier iniciativa cívica y/o pedagógica que tenga por objeto educar los comportamientos en sociedad, con el consiguiente respeto del derecho y la libertad de los demás.

En definitiva, si, a pesar de las denuncias de LA PRENSA –de casos de flagrante corrupción que producen alarma social–, tuviéramos que esperar a la aplicación de la citada fórmula mesiánica y de catequesis…, esto ya sería el colmo de la desesperanza; pues de la misma manera que no hay peor ciego que el que no quiere ver, también el colmo de un ciego es que se llame “Casimiro”. Y, desde luego, los que ostentan el poder no quieren ver ni mirar la corrupción, sino simplemente justificarla como un mal o vicio social. Francamente da vergüenza.

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