Los valores éticos del profesional

Enrique Peña Hernández

Indiscutiblemente que en el campo del ejercicio profesional se toman muy en consideración los factores intelectuales y académicos, vale decir, el grado de capacidad y talento, la preparación cognoscitiva del individuo; empero, si bien es cierto que tales atributos son indispensables para que a un egresado universitario se le confíe trabajo, también lo es que sus valores morales juegan un papel más relevante. La ética constituye elemento decisivo y determinante en la vida y desenvolvimiento del profesional. En la rectitud y bondad de sus costumbres, líneas directrices, actuaciones en su vida privada y social, etc., descansa la buena fama de aquel personaje que, luego de muchos años de estudios, logró la obtención de un grado académico y su correspondiente título.

Además de las malas inclinaciones o afición a las bajas pasiones, de sobra conocidas: embriaguez, juegos de azar, tunante mujeriego etc., el público observa y para mientes en el desarrollo de su propia actividad de trabajo, es decir, en la honestidad, honradez, decoro, probidad, limpieza con que trata los asuntos o casos sometidos a su conocimiento y dirección; y, por sobre todo, en la prudencia, discreción o sigilo de todo aquello que el cliente le confía.

Indudablemente que el ejercicio de una profesión es un sacerdocio en el más alto sentido del vocablo. El ser humano, con plenitud de confianza, entrega sus problemas o asuntos legales al abogado; sus dolencias o enfermedades al médico; sus dificultades financieras al economista; su establecimiento comercial o de negocios al administrador de empresas, etc.; se hace una entrega ciega basada strictu sensu en la buena fe. Y no hay nada más doloroso, ni más decepcionante para el cliente que verse defraudado –no porque se pierda el asunto judicial, o que se muera el enfermo, por ejemplo– sino por los malos manejos, truculencias, engaños o actitudes dolosas, infidencias o descubrimientos de sus secretos, etc. Allí está la inmoralidad, la falta de valores éticos.

Para no incurrir lamentablemente en esas situaciones censurables, es menester prepararse adecuadamente desde los días de estudiante, cultivando constante y tesoneramente las virtudes cristianas, los altos valores espirituales, las cualidades morales; predisponiendo el espíritu hacia Dios para implorarle su permanente ayuda y fortaleza, a fin de resistir los embates y añagazas del mundo; entregando el corazón al consuelo de la religión, a la eficacia de la oración, para que el Señor descubra en todo momento el camino del bien y la rectitud y dé un claro discernimiento.

En nuestras universidades debe forjarse y consumarse no solamente la preparación académica, sino la formación integral del educando: mente, músculo y corazón; para que a la postre, cuando se llegue a los difíciles momentos del ejercicio profesional, los egresados tengan una base firme, sólida inexpugnable, un baluarte, un bastión.

* El autor es abogado y escritor.  

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