El COSEP, 26 años después

  • Lejos de propiciar el ascenso del capitalismo como sucedió en Europa, el liberalismo de Nicaragua trata de mantenerlo bajo su control. Le teme al poder del capital y por eso lo mantiene a un paso de la asfixia

Mario Alfaro Alvarado

Hace 26 años la empresa privada se convenció de que el país no tenía salida mientras permaneciera la familia Somoza en el poder. Lo que vino después fue peor y si los comandantes no arrasaron con la empresa privada fue porque pronto se dieron cuenta que era mejor convertirse ellos mismos en empresarios. Si 26 años más tarde la empresa privada no se ha dado cuenta que el problema político nacional no depende de que quien gobierna es un dictador o alguien que quiere serlo, es porque no ha comprendido todavía que el modelo de Estado que se estableció en 1893 no ha evolucionado hacia el capitalismo porque de liberal sólo tiene el nombre, es una imitación “chapiolla” del verdadero liberalismo.

Los discursos en la Convención del COSEP no dejan lugar a la duda; el de los empresarios fue de peticiones, el del gobierno fue de amedrentamiento. Las comisiones trabajaron muy bien, pero todo depende de que el gobierno –mejor dicho el autócrata que gobierna– dé acogida a las sugerencias y conceda lo que le piden. ¿Es necesario suponer que el gobierno ignora cuáles son los obstáculos que detienen al sector privado en su avance hacia el mejoramiento económico del país?.

La obsesión de los liberales por el poder no ha cambiado ni ha decrecido; sin embargo, las nuevas circunstancias han cambiado sus perspectivas políticas. Con los Somoza los liberales tuvieron que someterse a un dictador y a su familia; actualmente andan en busca de un estilo que les permita permanecer en el poder indefinidamente para asegurarse el cambio de capataz cada cinco años. ¿Cómo establecer una jerarquía que sin peligro de dividir al partido, pueda realizar ordenadamente el relevo? Esta es ahora la aspiración de los liberales.

La permanencia en el poder es el más caro principio “ideológico” del liberalismo y al cultivar este principio, el partido dedica todos sus esfuerzos y atenciones, aunque tenga que sacrificar la sobrevivencia del pueblo nicaragüense, cada vez más empobrecido.

Lejos de propiciar el ascenso del capitalismo como sucedió en Europa, el liberalismo de Nicaragua trata de mantenerlo bajo su control. Le teme al poder del capital y por eso ha creado un tejido de represiones legales que lo mantiene a un paso de la asfixia.

Los controles crean inseguridad, la inseguridad ahuyenta las inversiones e impide la acumulación de capital. El poco capital que sobra después de la sangría con que lo castiga el gobierno, se destina a las inversiones especulativas y no a las inversiones a largo plazo, como podrían ser algunos programas de desarrollo industrial en las áreas rurales. Los impuestos altos, los severos controles administrativos, el carácter voluble de las antipolíticas gubernamentales y el constante acoso por mantener a los empresarios a la defensiva y obligarlos a claudicar ante el Estado, alimentan el paralizante clima de inseguridad que tiene al país en la postración económica.

¿Cuál es la posición de los empresarios en la estructura social de Nicaragua? Para una gran mayoría el COSEP representa a los grandes empresarios y se desentiende de los empresarios medianos y pequeños, que suman miles en todo el país; para el gobierno el COSEP representa una importante fuente de recursos fiscales que sirven para mantener la vida principesca de la oligarquía gobernante. ¡Cuestión de percepciones!.

Cualesquiera sean las percepciones, los empresarios no son una clase intermedia entre el gobierno y el resto de la sociedad, son un segmento totalizante de la fuerza productiva del país; que al fracasar los partidos políticos en la tarea de solucionar los problemas del desarrollo económico, le corresponde a este gremio –apartidista pero no apolítico, como lo definió don Roberto Terán–, asumir la responsabilidad de organizar y dirigir a la fuerza productora de Nicaragua. Que la política se ayunte al desarrollo y no que éste marche a la zaga de los fracasos políticos.

* El autor es periodista.  

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