Mario Alfaro Alvarado
Nicaragua ha entrado desde 1990 en un proceso irreversible de democratización. Proceso actualmente amenazado por el pacto libero-sandinista. Habría que anular muchos votos de los ciudadanos para repetir las hazañas fraudulentas del somocismo y eso no será posible porque ha nacido una nueva conciencia histórica en el pueblo nicaragüense, afirmada en las dos elecciones anteriores. Del voto popular depende que el proceso democratizador continúe o fracase. Si la ciudadanía vota masivamente contra el fraude triunfará la democracia; si se abstiene de votar ganará el fraude. Esta es la alternativa que encara una vez más la voluntad ciudadana.
Lo novedoso de las próximas elecciones es que no será un enfrentamiento entre tres pretendientes a la Alcaldía capitalina; sino entre dos candidatos del pacto y el candidato de la oposición al pacto. Cualquiera de esos dos candidatos que gane favorecerá los planes de Alemán y Ortega. Por el contrario, si gana el candidato de la oposición los caudillos pactistas habrán fracasado y la autonomía municipal se abrirá paso hacia una nueva filosofía del gobierno edilicio.
En las próximas elecciones, principalmente en Managua, no es el cargo de alcalde lo que liberales y sandinistas codician, sino el uso de los recursos que ingresan al tesoro comunal. Tradicionalmente los liberales y los sandinistas en su tiempo han usado los dineros alcaldicios par financiar las actividades políticas del gobierno central y para pagar los gatos del partido en el poder. Ahora la ciudadanía tiene otra visión del uso que se debe dar a los dineros municipales: menos monumentalismo, práctica favorita de las dictaduras, y más atención a los problemas de los barrios marginados de la ciudad.
No es aventurado suponer lo que haría en Managua un alcalde liberal o un alcalde sandinista, puesto que haría lo mismo que ya hicieron otros alcaldes de esos partidos. A Pedro Solórzano lo inhibieron para que no pudiera hacer nada por los barrios pobres de Managua, para que no invirtiera los impuestos en beneficio de los más necesitados, para que no demuestre en forma comprobable lo que se puede hacer a través de una administración honesta con los impuestos que pagan los capitalinos.
Creen Alemán y Ortega que al eliminar a Pedro Solórzano de la contienda electoral han decapitado una iniciativa de superación social que nació sobre las ruedas de los carretones. Pues se equivocan, porque al sustituir a Solórzano como candidato, William Báez impulsará la opción por los pobres de Managua.
El votante nicaragüense ha asumido su propia conducta electoral. Ha descubierto que su voto vale en las urnas comiciales. Sabe que es el procedimiento pacífico, legal y seguro de elegir a un buen gobernante y evitar a uno malo. En dos ocasiones se ha puesto a prueba la efectividad del voto cuando se emplea solidariamente para alcanzar un propósito común.
A pesar de las trampas, las leyes amañadas y los manejos marrulleros del Consejo Supremo Electoral, los pactistas no podrán evitar que el pueblo elija a los alcaldes y concejales de sus propias preferencias en cada municipio.
Los votos que eran para elegir a Pedro Solórzano valen igualmente para elegir a William Báez. La larga experiencia de Báez Sacasa, adquirida en años de trabajo social en las comunidades más pobres del país, lo garantizan como un edil capacitado para resolver los problemas de los barrios marginados de la capital.
Según la última encuesta del pasado julio, el 75 por ciento de los encuestados afirmó que votará contra el pacto. Hay en este enunciado una muestra de la voluntad ciudadana para derrotar a los candidatos del pacto y una reafirmación de las aspiraciones democráticas de las grandes mayorías ciudadanas.
Prueba concluyente, en otro aspecto, es la voluntad con que la gente entregó miles de firmas a los partidos políticos, aún cuando sabían que el Consejo Supremo Electoral las rechazaría porque así se lo habían ordenado los caudillos pactistas. Con esas firmas la ciudadanía anuncia que empleará sus votos multitudinariamente para derrotar las pretensiones de Alemán y Ortega de volver a la práctica somocista de imponerle a los municipios alcaldes y concejales escogidos en arreglos y negociaciones de cúpulas para que representen y defiendan los intereses espurios del pacto político entre liberales y sandinistas.
* El autor es periodista.