El columnista de Los Angeles Times, William Pfaff, cuyos escritos son reproducidos en diversos diarios latinoamericanos, dice en una de sus últimas columnas que en Estados Unidos los militares se están entrometiendo cada vez más en la política, “un dominio del que antes se consideraban excluidos por las costumbres, la interpretación de la Constitución y el concepto que la misma oficialidad norteamericana tenía de sus deberes y sus funciones”.
Pfaff llama la atención hacia el hecho de que durante la reciente convención del Partido Republicano en Filadelfia, en la que se nominó a George Bush hijo como candidato a la Presidencia de Estados Unidos, el Pentágono hizo un gran despliegue militar a un altísimo costo económico pagado por los contribuyentes. Y señala el columnista que si bien es cierto que desde los tiempos de la Guerra Fría los militares, en colaboración con los fabricantes de armas adquirieron la costumbre de presionar a los líderes políticos y a los congresistas, “de unos años a esta parte la cúpula militar ha adoptado un claro partidismo político y ya no parece contentarse con ser el callado servidor de la autoridad civil”.
Agrega el columnista de Los Angeles Times que (en Estados Unidos) “la cúpula civil ya no está dispuesta a ejercer plenamente su autoridad constitucional sobre los jefes militares”, lo cual a se debe, a su juicio, en el caso del presidente Bill Clinton, a “la necesidad de éste de ceder ante la autoridad militar como consecuencia de haber evadido el servicio militar durante la guerra de Vietnam”.
Como quiera que sea, el problema es que la intromisión de los militares en la política no es exclusiva de los países latinoamericanos ni de las naciones atrasadas que recientemente salieron de dictaduras castrenses o militaristas. Sin embargo, en los países atrasados es peor la situación por la falta de temple democrático de los líderes civiles, gubernamentales y de oposición, y porque los ejércitos están metidos en el ámbito del poder económico con el nuevo rol de inversionistas y empresarios que han asumido para garantizar su independencia de hecho con respecto de los gobiernos civiles.
La semana pasada, el gobierno democrático del presidente Ricardo Lagos, de Chile, se vio obligado a reconvenir públicamente al jefe del Ejército chileno, general Izurieta, después que éste participó en un evento político que se celebró en respaldo al general Augusto Pinochet. Mientras que en términos generales el escenario político e inclusive gubernamental de América Latina está siendo dominado cada vez más por militares en retiro (Bolivia, Venezuela, Guatemala, Ecuador, Paraguay) que si bien han dejado el uniforme no abandonan la intolerancia ni los métodos de ordeno y mando.
En Nicaragua no cabe ninguna duda de que se han hecho avances muy importantes en el proceso de profesionalización del Ejército. Pero su despolitización es muy frágil todavía, como se puso en evidencia durante el reciente escándalo financiero del Interbank, el cual fue politizado por el Presidente Arnoldo Alemán y el líder del FSLN Daniel Ortega e involucró también al alto mando militar ante la supuesta amenaza de que el Banco que administra sus cuantiosos recursos financieros podría ser intervenido por el gobierno.
Desde septiembre de 1993, cuando el alto mando del Ejército sandinista se enfrentó a la Presidenta Violeta Barrios de Chamorro porque ésta insistió en querer destituir al general Humberto Ortega, es hasta ahora que se vuelve a producir un problema de gran importancia en la relación del poder civil con la fuerza militar. A lo cual siguió el intento de involucrar directa o indirectamente al Ejército en el conflicto que el partido en formación del ex general Joaquín Cuadra Lacayo tiene actualmente con el gobierno y el Consejo Supremo Electoral.
No en balde se dice que el precio de la democracia es la eterna vigilancia, que entre otras cosas significa denunciar y neutralizar tanto las intromisiones políticas de los militares como las manipulaciones del Ejército que quieren hacer los políticos civiles, pues la democracia exige –como señala William Pfaff– que los militares abandonen la política y los políticos piensen como civiles.