- Ojalá que el primer milagro de San Nicolás II sea reincorporar
a Rusia a la matriz occidental. Pongámosle una vela a ese recién estrenado santo
Carlos Alberto Montaner*
Primero la Iglesia Ortodoxa Rusa declaró la santidad del zar Nicolás II y de su desdichada familia, asesinados por los bolcheviques en 1918, y poco después el submarino Kursk, en maniobras en el Mar del Norte, se convertía en la tumba de sus 118 tripulantes. Las dos noticias tienen un extraño nexo y una secreta advertencia que vale la pena examinar.
Comencemos por admitir que no está descaminado el homenaje religioso al bueno de Nicolás. Probablemente el último de los Romanov no era un santo -pese a lo que hoy sostienen los popes-, pero aquel tipo soñoliento y sin demasiado carácter, elegante y bondadoso, muerto a los cincuenta años, tenía entre sus metas políticas la de situar a Rusia a la vanguardia de Occidente y no frente a Occidente. Si primero perdió la Corona (1917), y luego la cabeza (1918), fue precisamente por eso: por conducir a Rusia como una gran potencia europea aliada a Francia, Inglaterra, Italia y, al final de la Primera Guerra, a Estados Unidos. Pero no pudo: la hambruna, la hiperinflación, las brillantes ofensivas alemanas y la tozuda resistencia turca, sumadas a las campañas «pacifistas» de comunistas y socialistas, provocaron la generalizada desobediencia de sus tropas y la virtual parálisis de su gobierno. Ante este caos casi absoluto se vio obligado a renunciar. Mala cosa. Tras su partida comenzó el gran viraje del país más grande del mundo. Rusia dejó de ser uno de los factores clave de Occidente -algo que había sido a lo largo de todo el siglo XIX- y pasó a convertirse en su permanente adversario.
El episodio del submarino Kursk pertenece, precisamente, a ese gran viraje. Era una nave concebida para acechar los barcos de la OTAN y para amenazar las ciudades de la Unión Europea. Jugaba al gato y al ratón, o al tiburón y la sardina, con los barcos y submarinos de las democracias occidentales. ¿Por qué? Porque los rusos, incomprensiblemente, aún cuando hoy suscriben la fórmula democrática de gobierno y aspiran a construir una pujante economía de mercado, por inercia y por desorientación todavía mantienen una visión de Occidente radicalmente adversaria, heredada de los setenta años de gobierno marxista-leninista. Quieren incorporarse al G-7 -el grupo de las más poderosas democracias del mundo-, requieren la solidaridad financiera de estos países cuando la crisis económica los atenaza, pero se empeñan en sostener la espada desenvainada, como si la única manera de recuperar el perdido liderazgo planetario fuera enfrentándose a Occidente, y especialmente a Estados Unidos.
¿Por qué esta aberración? Porque aún sigue viva la más perniciosa de las elucubraciones creadas por políticos y diplomáticos: la idea del equilibrio de poderes. La hipótesis de que es conveniente la existencia de un balance militar entre naciones enemigas que no se hacen la guerra porque todas disponen de más o menos la misma fuerza. Desde hace quinientos años casi todos los conflictos bélicos han sido la consecuencia de la búsqueda de ese mítico equilibrio. Entre 1700 y 1716 más de un millón de personas perdieron la vida en los campos de batalla europeos para evitar el desequilibrio de poder que supuestamente provocaba un cambio de dinastía en España tras la muerte sin descendientes del habsburgo Carlos II. Las guerras napoleónicas, sus millones de muertos y su infinita devastación fueron el resultado de la misma obsesión: que ninguna nación o imperio fuera más poderoso que su vecino. La Primera Guerra Mundial se desató exactamente por esa misma estúpida razón: por el sistema de pactos construidos para evitar la supremacía del otro. Un pequeño y atrasado rincón de Europa, Serbia, encrucijada de tres imperios que buscaban el equilibrio -Austria, Turquía y Rusia- hizo saltar la chispa. La Segunda Guerra fue sólo una terrible secuela de la Primera. Fue su inevitable consecuencia.
Ahora hay una oportunidad única en el mundo: por primera vez prácticamente todas las potencias occidentales están en el mismo bando. No hay que buscar el equilibrio de poderes porque sólo existe uno, la OTAN liderada por Estados Unidos, y es este inusual fenómeno lo que le confiere al planeta un clima de paz como el que jamás había existido en la historia contemporánea. ¿Qué sentido tiene que una Rusia que ha abandonado la cosmovisión comunista y la lectura de la historia que aportó Lenin coquetee ahora con China a la búsqueda de una alianza que desemboque en alguna suerte de bipolaridad hostil frente a Occidente? ¿No sería mucho más seguro para Rusia volver al seno de Occidente y buscar la grandeza en el mundo al que intentaba pertenecer cuando fusilaron al zar?
La gran tarea de Estados Unidos y de la Unión Europea es impedir que vuelvan a abrirse paso la bipolaridad y la búsqueda de ese peligroso, esquivo y permanentemente fallido equilibrio de poderes. Si alemanes, ingleses, franceses, italianos, escandinavos, holandeses, españoles y portugueses -a la greña desde que se tiene noticia histórica de estos pueblos- han conseguido formar parte del mismo equipo coincidiendo en los valores democráticos y en la economía de mercado, ¿qué impide que los rusos postcomunistas asuman hoy el mismo camino? Fue patético ver cómo el gobierno de Moscú rechazó la oferta de ayuda norteamericana para el rescate del Kursk y se resistió durante varios días a recibir la de Inglaterra y Noruega, probablemente hasta que ya resultó demasiado tarde. Ojalá que el primer milagro de San Nicolás II sea reincorporar a Rusia a la matriz occidental. Pongámosle una vela a ese recién estrenado santo. FIRMAS PRESS