Mario Alfaro A.
Cuando Pedro Solórzano puso en ejecución su “loca idea” de poner a correr en competencia a los carretoneros de Managua, no imaginó que contribuía al nacimiento de un fenómeno social que nace en los núcleos sociales oprimidos, cuando encuentran una oportunidad para manifestarse en acciones colectivas, que sin proponérselo derriban barreras y prejuicios.
Pedro Solórzano le abrió un espacio bajo el sol a un gremio marginado, formado por trabajadores humildes y les otorgó una identidad colectiva. Los medios de comunicación, la opinión pública y las empresas comerciales fijaron en ellos su atención y los convirtieron en una manifestación folclórica que fue bautizada con el nombre nacional original de Ben Hur.
Esa gente sin identidad propia, pobres entre pobres, han formado una tenue colectividad que los identifica ante el resto de la sociedad. Con cada uno de esos improvisados atletas hay una familia, generalmente numerosa, cerca de cada familia hay otras familias igualizadas en sus propias privaciones y en los frustrados sueños de escapar de la miseria.
Cuando toda esa gente desesperada ve levantarse en el barrio una casita modesta, limpia, salubre, que destaca entre los tugurios, ganada como premio en una carrera carretonil, percibe destellos en que descubre que en algún lugar hay una oportunidad de mejorar sus vidas. Todos los participantes del “Ben Hur” una vez al año llevan a sus casas alimentos, ropa, utensilios y enseres domésticos donados por las casas patrocinadoras de la original competición. Es una forma generosa y solidaria de ayudar a esos desamparados y proveerlos de algunas cosas útiles que ellos no pueden adquirir con sus magros ingresos.
El gobierno quiso degradar la iniciativa de Solórzano llamándolo con el remoquete de “Pedro Carretón”, pero obtuvo un resultado adverso, porque revaloró al carretón como un instrumento de trabajo para ganarse la vida honradamente y porque el carretón en la pista de competiciones se desdobla en un ingenio lúdicro con el que los conductores demuestran coraje y pericia.
El gremio de carretoneros no es grande ni tiene peso específico para decidir con sus votos unas elecciones, pero es un ejemplo de desinterés y agradecimiento. Se ha puesto al frente, unido, entusiasmado, convencido, en apoyo a Pedro Solórzano en la defensa que hace de sus derechos ciudadanos frente a la arbitrariedad de un gobierno soberbio y rencoroso. Los carretoneros no buscan concejales ni puestos públicos. Para ellos es suficiente una oportunidad para que los tomen en cuenta y los distingan, aunque sea una vez al año, con aplausos y obsequios.
Los “benhures” se expresan como un desafío ciudadano al poder abusivo, como una muestra de lealtad, como un ejemplo de espíritu gremial que se concentra en el manifiesto anhelo por la justicia social. Nada tiene que ver el “Ben Hur” con la política, pero es la política la que ha estimulado ese fenómeno social nacido al calor de un evento deportivo muy original. Todos los gremios tienen algo que defender y se equivocan al creer que sus propias reivindicaciones están desligadas de las de similares organizaciones gremiales. Todos sufren el mal gobierno, su incompetencia para solucionar los grandes problemas nacionales, su voracidad fiscal con la que ahoga todas las aspiraciones de mejoría en los estratos más débiles de la sociedad.
Nicaragua vive un momento de transición entre los viejos valores políticos y las nuevas ideas que los sustituyen. Todavía prevalece el miedo que las dictaduras sembraron con sus organismos represivos; pero no impide que los viejos conceptos del poder político estén en vías de extinción.