Nicaragua reconciliada

Humberto Castilla

Es asombroso cuánto hemos avanzado los nicaragüenses en la consecución de los tan ansiados valores del respeto a la vida, la paz y la libertad, búsqueda que durante generaciones nos ha enfrentado tan agria e innecesariamente. Si hemos de ser sinceros, debemos agradecer a doña Violeta Barrios de Chamorro su obcecación –a veces vulnerada por la actuación de algún ministro–, en la obtención de dichas garantías ciudadanas.

Vemos cómo ahora las luchas de ideologías o principios se debaten en las urnas electorales, entre las distintas bancadas de la Asamblea Nacional y hasta en las páginas editoriales de los distintos medios de comunicación. La época de las trincheras del dolor que enlutaron a nuestras madres pertenece a aquel pasado que la abrumadora mayoría enterró para siempre. Aunque somos de la opinión que aún adolecemos los nicaragüenses de una idiosincrasia un tanto confrontativa, no es menos cierto que en estos diez últimos años hemos demostrado una tolerancia y madurez política sin parangón en nuestra historia reciente. ¿Será que finalmente hemos caído en la cuenta de que en un país enfrentando no gana nadie, sino que más bien todos perdemos?.

No obstante, es todavía mucho lo que nos falta por construir. No sólo basta la tolerancia. Creemos que, más importante aún, debemos convencernos del beneficio del trabajo armonioso en pos del bien general. Observemos el adelanto de algunos países que en pocas décadas han convertido tierras yermas y desiertas en campos verdes llenos de esperanza. Vale la pregunta: ¿qué nos falta a los nicaragüenses para emular tales ejemplos? ¿Será sólo cuestión de mayores oportunidades de trabajo? ¿Acaso un mayor acceso al crédito? ¿O será, más bien cuestión de educación y de conciencia? Acceso a la educación técnica que nos haga disponible el “know how” que, en definitiva, determina la distribución de la riqueza mundial; y conciencia de que en realidad sólo nos estamos engañando a nosotros mismos cuando evadimos nuestras responsabilidades familiares, laborales y sociales, resultando esta actitud en una peligrosa postración económica y social. La primera sólo depende de la eficiencia y efectividad del gobierno, mientras que la segunda sí es de la injerencia directa e indelegable del ciudadano.

Es que no queremos pensar que Nicaragua se ha acostumbrado a la caridad mundial. Por supuesto, es innegable que las potencias político-militares están obligadas moralmente a ayudar en la reconstrucción del país, siendo que nos proveyeron de miles de millones de dólares en armas destinadas a que nos acribilláramos entre hermanos y, de paso, destruyéramos nuestra economía e infraestructura no militar. Sin embargo debemos despertarnos del peligroso letargo en que pareciera hemos caído. ¿Cuánto tiempo más podrá o querrá subsidiarnos el contribuyente de todas aquellas naciones cooperantes?

Por ello debemos reconocer que sólo nosotros mismos nos sacaremos del atolladero. Acaso la coyuntura histórica de adoctrinamiento moral y planificación macro-económica que vivimos en la década de los ochenta –que a la larga fue impuesta por ambos bandos participantes de la “Guerra Fría”–, la superaremos sólo al cabo de una o dos décadas más. Y no olvidemos que el mundo ha sido lo suficientemente benevolente con nosotros; pero no por ello nos va a seguir esperando de manera indefinida a que nos montemos en los últimos vagones del tren de la globalización. Algún día deberemos empezar a valernos por nosotros mismos. No nos engañemos más.

Depende de nosotros lograr esa reconciliación total.

* Funcionario de la Contraloría General de la República.  

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí