- Para tener autoridad el gobernante debe tener razón y los gobernados deben confiar en su raciocinio
Mario Alfaro Alvarado
Zafio, violento, desbocado, Nikita Kruschev inició la decadencia de la vieja guardia bolchevique en el paraíso socialista, abrió el fin de la etapa de los “obreros y campesinos al poder” y se inició la etapa de la ilustración en el imperio soviético.
Fue el último espécimen paleontológico de la era stalinista, que él mismo desacralizó en el XX Congreso del Partido Comunista. Se propuso introducir cambios en la rígida estructura burocrática del partido, sin abandonar la ortodoxia ideológica del leninismo y esto lo condujo al fracaso.
Apoyado en el gran poder que había heredado, dio rienda suelta a su carácter impetuoso y desbordó los límites de la prudencia. Se mostró ante sus más estrechos colaboradores como un gobernante incapaz de razonar sus decisiones.
Desde la revolución de 1917, a lo largo de varias generaciones modeladas en las aulas universitarias, mucho había cambiado la sociedad soviética. Ante los ojos de sus críticos, Kruschev era una especie en vías de extinción que no armonizaba con los nuevos valores, intereses y convicciones de la nueva sociedad rusa.
Kruschev perdió rápidamente la autoridad de gobernante y no pudo utilizar como Stalin, el poder de la Secretaría General del Partido. Los tiempos, las ideas, las aspiraciones nacionales habían cambiado. Lejos estaban sus tiempos de agitador revolucionario en las calles de San Petersburgo. Nikita era un extraño en el mundo que intentaba construir, los modales del viejo minero que había sido, abonaron mucho a su destitución y de los suntuosos salones del Kremlin pasó a refugiarse, como un jubilado, en un modesto apartamento burgués en un barrio para pequeños burócratas en las afueras de Moscú.
Para tener autoridad el gobernante debe tener razón y los gobernados deben confiar en su raciocinio. De aquí que razón y gobierno forman una relación que se traduce en confianza. Cuando un gobernante piensa y habla como una veleta expuesta al viento, los gobernados desconfían de él y llegan a convencerse que sus palabras (y también sus obras) no merecen tomarse en cuenta. Tras la pérdida de la confianza se sigue la pérdida de la autoridad.
Cuando un pueblo elige a un gobernante -no importa que sea premeditadamente para eludir a otro candidato significado como funesto para la salud democrática del país- lo acepta si se porta bien, si respeta la constitución y las leyes y, sobre todo, si trabaja para el mejoramiento del país y por el bienestar de los gobernados.
Cuando se examina con sentido crítico la caída de Kruschev, surge espontáneo e inevitable el impulso de compararlo con Alemán en su trayectoria hacia el desastre. El gobernante nicaragüense, como el ruso, se aleja cada vez más de la realidad. Histriónico y demagogo, autoritario e imprudente, confía su estilo desordenado de gobernar a una élite burocrática bien pagada que aplaude sus dislates y caprichos; desprecia a la opinión popular y poco le preocupa que el pueblo desapruebe sus obras y rechace sus palabras.
En forma similar al caso Kruschev, el gobierno de Alemán está distanciado de la revolución de 1893 por cinco generaciones de ciudadanos; en ese lapso la sociedad ha evolucionado, han mejorado sus condiciones de vida, ha aumentado el nivel de escolaridad y se han generalizado los estudios superiores, sabe más de su propio país y del mundo exterior; han evolucionado paralelamente las creencias, valores, intereses y convicciones ciudadanas.
El poder solo no basta para gobernar, hace falta la autoridad para que el poder sea aceptado como un respaldo y no como una imposición. Sin autoridad, el poder degenera en despotismo, sobre todo cuando el gobernante ha perdido toda credibilidad ante los gobernados y éstos hacen ludibrio de su autoridad. La incapacidad, el autoritarismo, el abuso con los bienes públicos, debilitan la autoridad y la convierten en objeto de rechazo popular.
Evocar una revolución en la que nadie cree, que tiene como epónimo a José Santos Zelaya, recordado como el primer dictador que ensangrentó a Nicaragua y cuyas aventuras guerreras en el istmo centroamericano arruinaron la economía nacional, es poner una gran distancia entre un mito revolucionario desvalorizado por las ejecutorias de los sucesivos gobiernos liberales a lo largo de casi todo el siglo XX y la fuerza votante actual, nutrida de gente joven, anhelosa de nuevas actuaciones, sufridas de frustraciones, acosada por la inseguridad de un mañana que no vislumbra promesas reivindicadoras; pero que llena de vitalidad y resolución espera los signos de un cambio impulsado por la dinamia de un proceso democratizador, imposible de detener con un mal disimulado fraude electoral.