- Su estilo popular, intención de superar la pobreza, su lenguaje franco, el hecho de que él en lo personal no sea objeto de críticas de corrupción, su
independencia en el manejo de las
relaciones internacionales, le dejaron buen margen para ganar las elecciones
Cairo Amador
Ya Huntington lo advertía desde hace rato: “Las instituciones políticas inflexibles son la cuna de la revolución y levantamiento social” en especial cuando el pensamiento de los partidos se expresa sin consultas, sin diálogo previo y se erige vía imposición. Este fue el caso en dos versiones de un mismo tenor de la experiencia venezolana de AD (socialdemócrata) y COPEI (socialcristiano).
Fue así cómo en la experiencia de estos partidos, la conducción económica en manos de los modernos filósofos reyes (tecnocracia) condujo a heredar economías desbocadas, con una conducción política que impregnó un profundo deterioro a la institucionalidad del país, dejando una estela de frustración a su paso. Perversa combinación de percepción de alta corrupción, ambientación de desconfianza total, pugnas intrapartidarias, en medio de los cada vez más agobiantes rezagos sociales y productivos, culminando todo eso en la incapacidad de los partidos políticos tradicionales de renovarse.
Este es el contexto de Chávez cuando asumió el poder, elección (diciembre de 1998) que ganó con el 56% de votos, que en su afán de consolidar su gobierno y aprovechando la luna de miel con el poder, llamó a un referéndum que lo ganó y a una constituyente que marcó su cenit, alcanzando un 92% de votos, apuntalando así su legitimidad y credibilidad.
Con todo, el año y medio de gobierno le ha restado fuerzas y esto en varias direcciones: No alcanzó las metas prometidas; división interna de su propio movimiento, al punto que su primer rival es de sus propias filas; acusaciones de corrupción entre otros, al presidente de la Asamblea, tenido como uno de sus mentores políticos; el alarmismo que su oposición política le receta todos los días, tanto a nivel nacional como internacional; el desastre nacional que sí sucedió con inundaciones sin parangón, que dieron cuenta entre 30 y 80 mil muertos y otros tantos miles de damnificados que desbordó la capacidad de respuesta del gobierno y por supuesto, incidió negativamente en el comportamiento económico total. Todo esto en una situación de alto endeudamiento externo, $30 mil millones de dólares que significaba a inicios de año, tres veces el ingreso petrolero anual, al tiempo que los depósitos de la élite venezolana en el exterior supera los $ 90 mil millones de dólares, es decir casi tres veces su deuda externa. Cómo definir mejor la desconfianza entre la clase pudiente y el gobierno.
Si a esto le añadimos confrontación con la Iglesia Católica, tendremos un panorama de las dificultades que enfrenta y del terreno perdido.
Pero no nos perdamos nosotros, Chávez, a quienes no pocos tildan de un estilo caudillista, tiene todavía mucha caña que moler. Su estilo popular (no populista), su identificación con la intención de superar la pobreza, su lenguaje franco con su pueblo, el hecho de que él en lo personal no sea objeto de críticas de corrupción y manejo ilícito de los recursos del Estado, su independencia en el manejo de las relaciones internacionales, etc. le dejaron buen margen para que ganara las elecciones del domingo pasado.
Ahora, sin mayorías aplastantes, con un resurgimiento de la oposición tradicional unida a movimientos opositores de nuevo cuño, Chávez tendrá que esforzarse más, practicar más su béisbol político, aunque esto implique remozar o cambiar a su manager caribeño.
El autor es analísta político.