- En honor a la verdad, las campañas electorales en todos los países están
llenas de promesas y de discursos que se los lleva el viento
Juan Carlos Santa Cruz
Se inicia la campaña electoral, ya se oye la música y los cantos de sirenas. Surgen por todos lados los denominados amigos y hermanos de los pobres. Van y vienen los autollamados representantes del pueblo, de los que no tienen voz, etc. Todo es simpatía, nada es imposible, y en sus arengas sostienen que su organización es legítima representante de los intereses populares, y en especial de los más débiles (léase en donde hay más votos).
Los políticos más listos tienen un aceitado discurso en contra de la corrupción, y en las tribunas parece que fueran a infartar persiguiendo, entre comillas, a los corruptos hasta en su séptima generación.
Otros, los “más pudientes” regalan zinc, ladrillos, bloques, adoquines, calles nuevas, aún sin haber sido electos alcaldes.
El pobrerío rodea la tarima, cual relato de García Márquez, como quien dice, siempre respirando a medio pulmón, para guardar algo de aire por si hay que correr, en caso que se ofrezcan regalos, ahí nomás a las cuatro cuadras, en la casa de algún dirigente de última hora.
En honor a la verdad, las campañas electorales en todos los países están llenas de promesas y de discursos que se los lleva el viento. Ubiquémonos, aquí en Nicaragua, en plena campaña electoral y con el Código de Ética Electoral rigiendo los designios de los políticos. La pregunta obligada es ¿qué código ético electoral impide que los políticos sigan mofándose de sus electores? ¿Qué código electoral impide que sigan un discurso que ni ellos se lo creen; y que prohíba que jueguen con lo más sagrado del pueblo pobre, que es la esperanza.
Hasta el momento, a los políticos muy poco les ha importado hacer de cómicos electorales, dando brincos, bailando, montando caballos, quebrando piñatas y abrazando, besando y tomándose fotos con los niños pequeños de los pobres. Y mucho menos les ha importado presentar cuentas claras a sus electores.
Señores políticos, sepan que demasiada desgracia ha caído encima del pueblo de Nicaragua. No lo hagan sufrir creándoles expectativas que jamás cumplirán. No permitan que se esfume la frágil democracia conquistada, y que otra vez haya que derramar sangre de hermanos para enfrentar tanta demagogia.
Para aquellos embarcados en la empresa electoral, teniendo antecedentes tan poco recomendables, como el de haberse hecho ricos, muy ricos de la noche a la mañana y que diariamente se les oye eufóricos hablando de su profundo amor a Dios, y a los pobres (por los votos) me permito sugerirles, respetuosamente, que lean la Biblia en donde San Lucas relata el caso de un corrupto llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, quien queda impactado ante la presencia de Jesús y se arrepiente por haber cobrado exageradamente los impuestos en su propia comunidad. Textualmente el pasaje bíblico de Lucas 19 dice: “Entonces Zaqueo, puesto en pie dijo al Señor: ‘He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres, y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo por cuadruplicado’ ”.
Cabría agregar: manos a la obra señores políticos, moros y cristianos que se sientan aludidos en la cita bíblica, y si lo hacen serán recompensados por los sectores populares que llenarán las urnas electorales en su favor.
El autor es sociólogo.