MARIO FULVIO [email protected]
No espero –porque nunca sucede–, que el guión de una película coincida estrictamente con el argumento de la historia o novela que la inspira. A veces se dan aproximaciones geniales, venturosas, pero esas son excepciones. La regla y las particularidades técnicas prescriben otra cosa.
Por eso, tratándose de El Gladiador, filme que se exhibe con éxito en algunos cines de Managua, sólo deseo hacer algunas acotaciones marginales sobre dos de sus principales personajes, el emperador Marco Aurelio (161-180) interpretado por Richard Harris, y su hijo Cómodo (180-193) personificado por Joaquín Phoenix.
Y cabe hablar de Marco Aurelio porque este emperador, junto con los tres que le precedieron, Trajano, Adriano y Antonino Pío, colocaron la moral y la sabiduría por encima de todas sus ejecutorias, y lo hicieron de un modo tan natural que ya en sus “Memorias” Marco Aurelio se pregunta: “¿Estás contento de haber hecho lo que te exige la naturaleza o quieres ser recompensado? Querer recompensa es como si el ojo esperara paga para ver, o como si el pie pidiera sueldo por andar”.
Siendo parte de su pueblo y de su naturaleza el emperador es parte de un todo y no de un partido o clase, en ese principio Marco Aurelio debe servir, pelear, marchar, mandar… Sin tener nada de qué quejarse ni de qué alabarse.
Jamás se le hubiera ocurrido a este emperador romano andar de la Ceca a la Meca inaugurando cualquier cachivache fachadista y menos emplear cursilería barata (“hechos… no palabras”), con una persistencia de cotorra publicitaria, para hacerle propaganda a las acciones limitadas y fachadistas que realiza dentro del mezquino cumplimiento de su deber.
Es interesante advertir que Marco Aurelio no trató de mejorar la constitución, sino que se condujo con éxito dentro del orden de cosas existentes en su tiempo. Se mostró respetuoso del senado consultándole en todos los asuntos graves por medio de relaciones escritas y leídas por él mismo.
Qué diferencia con lo que hace nuestro titular, veleta de sus mismas pasiones y principal corruptor de otros corruptos.
He aquí unos párrafos de las Meditaciones de Marco Aurelio, que dedicamos a nuestro titular. (Ojalá no le entre por una oreja y le salga por la otra).
“Yo tuve en mi antecesor y padre adoptivo Antonio Pío, un ejemplo de sencillez y firmeza, de desprecio de las vanidades, de diligencia y de perseverancia… El daba audiencia a todo el mundo y respetaba los derechos de cada uno; él sabía cuándo y cómo tenía que descansar, lo mismo que la mejor manera de aprovechar el trabajo. El me enseñó a perdonar a los que se propasasen conmigo y a conducirme como un igual entre las gentes; a distribuir mis afectos, no cambiando de amigos a todas horas ni entregándome a ellos ciegamente. De él aprendí a no depender de nadie y aceptar mi destino, sea el que fuere; a ser precavido en los negocios públicos y no desdeñar el estudio de los asuntos por pequeños que parecieren, sin caer tampoco en puntillos de afectación. El me demostró que debía estar siempre por encima de los juicios del vulgo; me enseñó a adorar a los dioses sin superstición y servir a la humanidad desinteresadamente, a ser sobrio, a no entusiasmarme por vanas novedades, a contentarme con poco, a apreciar los bienes que tengo en mi mano y a no desesperarme por su pérdida. De él aprendí a no ser un sofista ni un pedante, sino un hombre práctico que vive en este mundo; a tener buenos modales, a ser limpio y a cuidar de la higiene, sin depender demasiado de los médicos… Siempre prudente y moderado, Antonino nunca se entregó con exceso a la manía de construir edificios, ni fue excesivo en sus dádivas al pueblo. Pensó sólo en cumplir con su deber, sin cuidarse de lo que diría la gente”.
Con Marco Aurelio el ideal de Platón, que quería un filósofo como jefe de la república se había concretado. Y no sólo en una polis sino en un vasto imperio que estaba administrado por un filósofo estoico.
A la muerte de Marco Aurelio fue elegido su hijo Cómodo, envidioso, incapaz, vicioso, fachadista, indolente, brutal y charlatán.
Los mismos que le eligieron y alabaron se encargaron de pagarle a un atleta romano que ahorcó al tirano cuando ambos se encontraban en un baño.
El autor es periodista.