Fox, Fujimori y el fin de un disparate

  • Es muy importante que Vicente Fox
    le imprima un giro de ciento ochenta grados a la diplomacia mexicana y ponga a su país en la vanguardia de la promoción de los valores democráticos en América Latina

Carlos Alberto Montaner

Vicente Fox va por buen camino. Recibir a Alejandro Toledo, el líder de la oposición democrática peruana, fue un gran gesto. Toledo y todos los peruanos han sido víctimas de una atroz cadena de abusos y violaciones de ley. A partir del golpe militar de 1992 el país entró en una espiral de arbitrariedades que culminó hace pocas semanas con la reelección inconstitucional y fraudulenta de Fujimori para un tercer período. Primero Fujimori comenzó por destruir el parlamento. Y cuando el Tribunal Supremo se le opuso, también lo pulverizó. Para incurrir en esas felonías, naturalmente, persiguió periodistas, sobornó medios de comunicación, y a los que se negaron a bajar la cabeza, como El Comercio —un ejemplo de lo que debe ser la prensa equilibrada y responsable—, los amenazó con arruinarlos por diversos procedimientos mezquinos e ilegales.

Hace diez años, precisamente cuando Fujimori, en 1990, fue electo limpiamente, América Latina parecía entrar en una prometedora época de libertad y democracia. Violeta Chamorro —una admirable mujer cuya estatura política crece con el tiempo y con los continuos errores de sus sucesores— había derrotado en las urnas a la tiranía sandinista. Noriega estaba bien guardado en una cárcel floridana y su narcodictadura había sido sustituida por los verdaderos triunfadores de las elecciones de 1989: Guillermo Endara y Ricardo Arias Calderón. Pinochet había sido derrotado en un plebiscito, y no quedaba en el mapa latinoamericano ningún gobierno de fuerza sostenido por las bayonetas, salvo el de Fidel Castro, esa purulenta verruga estalinista crónicamente enquistada en la pobre isla de Cuba.

Hoy el panorama es mucho menos prometedor. Toda la franja andina está podrida, y la democracia ha dejado de ser un método de tomar decisiones colectivas que no vulneren los derechos fundamentales de las personas, para pasar a convertirse en la hoja de parra de gobiernos impresentables. En Venezuela manda Chávez, quien aspira a construir una especie de gadaffismo, o de tardoperonismo, o de castrovelasquismo —¿se acuerda alguien de Velasco Alvarado?—, o de qué-sé-yo, porque la charlatanería incontrolable de este incontinente oral ofrece tantas pistas contradictorias que es muy difícil predecir su destino, salvo que sabemos, con toda precisión, que será algún lugar equivocado. En Colombia, Andrés Pastrana, que comenzó como una esperanza colectiva de energía y carácter, hoy, con el rechazo del 70% del país, continúa empeñado en un incoherente soliloquio pacifista, tras haber legitimado el carácter beligerante de los sacatripas de las guerrillas, entregándoles 42,000 kilómetros cuadrados para que constituyeran un santuario inviolable. En Ecuador, tras la destitución de Bucarán —«el Loco» para amigos y enemigos, y la de Mahuad, aparentemente tan ineficaz como deshonesto—, manda un desamparado Gustavo Noboa, lleno de buenas intenciones y fama de hombre honrado, pero muy precariamente instalado en Carondelet, la casa de gobierno, siempre a la trágica espera de que una madrugada algún coronel trasnochado le entregue la orden de desalojo.

Por eso es muy importante que Vicente Fox le imprima un giro de ciento ochenta grados a la diplomacia mexicana y ponga a su país en la vanguardia de la promoción de los valores democráticos en América Latina. ¿Qué sentido tiene ser el socio de Estados Unidos y Canadá en el TLC pero el adversario de estas naciones cuando llega la hora de forjar una diplomacia activa que defiende la democracia continental en un momento crucial? Ese es el papel que le corresponde a un México integrado en el TLC, con cien millones de habitantes y el peso moral de haber hecho su transición hacia la democracia. No es Washington quien debe encabezar la defensa de la democracia en América Latina: es México. Constituye una vergüenza que en la reunión de la OEA en que se discutió el caso de Perú, de toda América Latina sólo la valiente Costa Rica, pequeña y desarmada, se haya opuesto resueltamente a las fechorías de Fujimori. Es terrible que semana tras semana los representantes de los gobiernos latinoamericanos firmen pactos y acuerdos elocuentes en defensa de las libertades, para violarlos e ignorarlos en el instante mismo en que se producen los atropellos contra los pueblos y se vulneran los procesos electorales. Es una merecida bofetada moral en el rostro de América Latina que las dos grandes potencias continentales que salieran en defensa de las libertades de los peruanos hayan sido Canadá y Estados Unidos, dos países, por cierto, que muy poco tienen que ganar en un enfrentamiento con Fujimori y el siniestro Vladimiro Montesinos.

Es el momento de que México, el hermano mayor de América Latina —por lo menos en su porción norteña— renuncie a la absurda «Doctrina Estrada» de «no intervención en los asuntos internos de otras naciones» y asuma activamente la defensa de los valores democráticos. Y cuando el PRI y el PRD, desde la oposición, chillen demagógicamente, bastará con recordarles que nunca fue más honorable y respetada la diplomacia mexicana que en tiempos de Cárdenas, cuando se echó a un lado la política de neutralidad y el país se colocó resueltamente junto a la república española, hasta el extremo de jamás reconocer a otro gobierno que el que radicaba en el exilio, precisamente en la capital de México. Si México adopta esa posición —a la que parece inclinado el argentino Fernando de la Rúa—, es posible que la democracia se preserve en el Continente y los elementos autoritarios pierdan la batalla. Es posible, como escribió Palenzuela, un buen poeta surrealista, «que la aurora disuelva los monstruos». [FIRMAS PRESS]

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