En ocasión de conmemorarse el 21 aniversario de la revolución sandinista, LA PRENSA publicó esta semana un reportaje especial en tres partes, basado en declaraciones de Bernardino Larios, el ex coronel de la extinta Guardia Nacional que fue el primer ministro del gobierno revolucionario y después fue encarcelado, durante más de 3 años por la dictadura sandinista que sustituyó a la somocista.
Con este reportaje especial hemos recreado en la memoria de los lectores de LA PRENSA algunas de las circunstancias históricas que rodearon el triunfo de la Revolución Popular Sandinista. Y también hemos querido ilustrar a la nueva generación de nicaragüenses, que para entonces eran unos niños o ni siquiera habían nacido, sobre uno de los acontecimientos más importantes de la historia nacional, cuyas lecciones no deberíamos olvidar jamás.
En realidad, la frase lapidaria de Bernardino Larios: “Somoza engendró al FSLN”, realza dramáticamente la irrebatible verdad histórica de que si los Somoza y su Partido Liberal Nacionalista no hubieran impuesto la dictadura dinástica que sojuzgó al pueblo y saqueó al país desde 1936 hasta 1979, la lucha armada, la revolución y el FSLN no habrían tenido razón de ser. Inclusive, si en las postrimerías del somocismo -es decir, a fines de 1978 y principios de 1979-, el general Anastasio Somoza Debayle hubiera cedido a las demandas de la oposición cívica y a las presiones de la comunidad internacional que abogaban por una salida pacífica y cívica de la crisis por medio de una consulta plebiscitaria, el FSLN no habría tomado el poder ni impuesto la nueva dictadura de orientación totalitaria.
De la misma manera, el país se habría ahorrado los inmensos daños humanos y materiales que causaron la dictadura izquierdista y la guerra civil de los años 80, si después de tomar el poder en julio de 1979 el FSLN hubiera convocado inmediatamente a elecciones libres para constituir democráticamente las autoridades supremas de la nación. Pero en vez de convocar a elecciones libres y democráticas como lo aconsejaba la prudencia política y lo necesitaba el país, los comandantes de la revolución sandinista proclamaron con arrogancia: “Elecciones, ¿para qué? ¡El pueblo ya votó con las armas por el FSLN!”. O sea, que igual que el somocismo los comandantes sandinistas negaron a los ciudadanos el derecho de escoger democráticamente a sus autoridades, e impusieron su propia dictadura.
Pero la honestidad histórica obliga a reconocer que el FSLN se sometió en 1990 al escrutinio popular de una elección libre, lo que permitió poner fin a la dictadura sandinista y a la guerra civil por medios cívicos y democráticos. Independientemente de que no fuera por vocación democrática que el FSLN aceptó “rifar” el poder en las elecciones libres de 1990, sino por la presión internacional y porque los comandantes sandinistas creían que iban a ganar las elecciones de febrero de 1990, la realidad es que dieron la oportunidad de una salida democrática, y el pueblo la aprovechó.
Esa solución democrática, cívica y pacífica fue la que el somocismo no quiso permitir en 1979, y más bien facilitó con su intransigencia el establecimiento de la dictadura del FSLN. De modo que es muy válida la aseveración de Bernardino Larios, de que la dictadura sandinista fue un “engendro” de la dictadura somocista.
Ahora, después de que han transcurrido 21 años desde el triunfo de la Revolución Popular Sandinista que puso fin a la dictadura somocista; y 10 años de la otra revolución (cívica, electoral y democrática) que terminó con la dictadura sandinista, al parecer no hemos podido aprovechar de manera consecuente las enseñanzas de aquellos históricos acontecimientos. Así lo demuestran las intenciones gubernamentales de restablecer el bipartidismo de tipo somocista, de promover el continuismo presidencial, de restringir el pluralismo y los espacios de participación democrática de los ciudadanos. Y lo demuestra también la insensibilidad gubernamental ante la expansión de la pobreza y la marginación social, la institucionalización de la corrupción y la relación conflictiva y desastrosa del gobierno con la comunidad internacional.
Pero aún hay tiempo de rectificar. Para ello es indispensable garantizar que las próximas elecciones sean libres y limpias. Y eso depende de los mismos ciudadanos nicaragüenses y del apoyo que brinde la comunidad democrática internacional.