Ministerio Arquidiocesano de PredicaciónMadre de la Nueva Alianz
Cuarenta años después de aquel límite fijado por Sor Lucía en 1960 para poder dar a conocer el “tercer secreto” de Fátima, llega a nosotros por concesión del Santo Padre, quizás uno de los relatos más ansiados de la historia de las apariciones o milagros marianos. En el corazón del mensaje, se encuentran en un delicado tejido de símbolos, un llamado a la conversión y otro a la esperanza.
En el comentario que hiciese al “tercer secreto” el Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger, su Eminencia deja una vez más por sentado, la constante tradición de la Iglesia acerca de las revelaciones. Las revelaciones pueden ser:
a- Revelación Pública: “Acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento, encontrando su punto culminante en la encarnación del Verbo”. Esta exige nuestra fe divina y católica.
b- Revelación Privada: “Visiones, audiciones, sensaciones… que son experimentadas por una(s) persona(s) y que tienen como único fin, ser una ayuda para la fe y hacer que la persona se adhiera más a Cristo”. No exigen nuestra fe. En esta última se inscribe el ‘tercer secreto’ de Fátima.
Del mensaje resaltan las palabras que el ángel pronuncia: “penitencia, penitencia, penitencia”. Así comienza la predicación pública de Jesús: “poenitemini et credite Evangelio” (Convertíos [haced penitencia], porque el reino de Dios está cerca). Mc 1,14-15. Nunca hemos estado tan urgidos de retornar con nuestro corazón a Dios como ahora. Cuando Dios no es el centro de nuestra vida, cualquier cosa, lugar o persona ocupa el lugar que compete al Dios Vivo y Verdadero. Por eso Santo Tomás define la conversión como retorno a Dios, vuelta o conversión a Dios y aversión, rechazo o dar la espalda a las creaturas [‘Conversio est: conversio a Deo, aversio ad creaturas’] Muchos hemos dado la espalda a Dios para volvernos al alcohol, la droga, el lesbianismo, la homosexualidad, el robo, el desenfreno sexual, el sadismo, la fornicación, el adulterio… las palabras del ángel en Fátima son urgentes: penitencia, penitencia, penitencia.
Pero lo más llamativo de las palabras del Cardenal Ratzinger es la esperanza a la que llama el mensaje de Fátima, porque, la ciudad destruida, la montaña y los cadáveres en ella “no son una película sobre un futuro ya fijado de forma irremediable, eso no es futuro, sino condena, y eso no es lo que culmina la visión de Fátima sino la Cruz: El lugar de la acción aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una gran ciudad medio en ruinas y, finalmente una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las cuales el hombre destruye la obra de su propio trabajo. La ciudad puede ser el lugar de la comunión y de progreso, pero también el lugar del peligro y de la amenaza más extrema. Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de la orientación de la historia. En la cruz, la destrucción se transforma en salvación. Se levanta como signo de miseria de la historia y como promesa para la misma”.
Cuánto temor infundado en torno al tercer secreto de Fátima, ahora la verdad se asoma a nuestros ojos y Dios nos invita a la conversión y a la esperanza. En tu historia familiar, personal o laboral, por catastrófica que parezca, Fátima quiere depositar una semilla de fe y esperanza: tu destino no es la destrucción sino la salvación por la cruz de Jesús, pero el camino de ascenso exige algo de tu parte: penitencia, penitencia, penitencia… sólo tú puedes dar tu respuesta.