La prensa internacional valora la elección de mañana domingo 2 de julio en México, como “la más importante en América Latina desde las elecciones sandinistas de febrero de 1990”. Así lo señaló el corresponsal del diario español La Vanguardia, Joaquín Ibarz, en un amplio reportaje sobre la cobertura periodística internacional de esta histórica elección, publicada en la revista mexicana Proceso. “Existe la posibilidad de algo insólito: que por primera vez pueda perder un partido que lleva 71 años en el poder”, aseguró el corresponsal del periódico barcelonés.
En realidad, la elección de 1990 en Nicaragua no fue una simple escogencia de presidente, sino una opción entre dictadura y democracia. Y algo muy parecido puede ocurrir mañana en México, al celebrarse unas elecciones que no sólo son las más reñidas de su historia sino las primeras verdaderamente confiables. Y por lo tanto, unas elecciones, con las que se podría poner fin a la dictadura del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que tiene 71 años de ejercer el poder autoritariamente.
Por eso es que las elecciones mexicanas de mañana ejercen un inmenso atractivo en la opinión pública de América Latina, Estados Unidos y Europa. En tanto que para Nicaragua la expectativa de lo que pueda ocurrir mañana en México es todavía mayor, por los múltiples nexos y las afinidades culturales de los nicaragüense con los mexicanos, que hunden sus raíces en la profundidad de un origen histórico común.
Además, México ha estado estrechamente vinculado con los principales acontecimientos de la historia nicaragüense moderna: las revoluciones liberales del primer tercio del siglo XIX, la guerra antiimperialista de Sandino; la acogida al exilio político durante las persecuciones de la dictadura somocista; el apoyo a la revolución y al régimen sandinista; y ahora los nuevos vínculos económico-comerciales del TLC; aparte de una estrecha relación cultural que ha tejido constantemente la afinidad y la identificación entre los pueblos de México y Nicaragua.
En fin, son muchas las razones por las cuales las elecciones mexicanas de mañana interesan a los nicaragüenses, ya sea que gane el candidato presidencial oficialista, Francisco Labastida, o sea que el triunfo electoral se lo lleve el candidato del partido opositor PAN, Vicente Fox, y termine así el dilatado gobierno de 71 años del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
En los últimos años, durante el gobierno de Ernesto Zedillo en México se han producido importantes cambios democráticos y progresistas, y no sólo en el ámbito económico donde son notorios, sino también en el escenario político, al grado de que por primera vez en siete décadas y después de 13 elecciones que ganó consecutivamente el PRI, existe ahora en la ciudadanía, en los 9 partidos políticos y los 6 candidatos presidenciales que participan en la contienda, y en la comunidad internacional, la confianza de que la votación y el escrutinio de los votos serán realmente libres y honestos.
Pero lo más importante de los cambios democratizadores ocurridos en México en el último período, y lo que hace abrigar la confianza en que las elecciones de mañana por primera vez no serán pervertidas por el fraude, es que los comicios son organizados por un Instituto Federal Electoral que es autónomo, en el que los partidos (ni siquiera el aún gobernante y corrupto PRI) no tienen ninguna injerencia ni influencia política.
De modo que aunque por su significación histórica las elecciones de mañana en México son como las de febrero de 1990 en Nicaragua, también es cierto que hay una inmensa diferencia entre los comicios mexicanos de mañana y los que se preparan para noviembre de este y el próximo año.
En realidad, si las elecciones de mañana en México fueran reguladas por una ley electoral como la que hicieron aquí los pactistas libero-sandinistas a principios de este año; y si fueran organizadas por una entidad como el actual Consejo Supremo Electoral de Nicaragua, nadie podría creer que dichas elecciones serán verdaderamente libres, democráticas y honestas.