Una fiesta para todos

REGINA FUENTES DUARTE

Tuve la gracia de estar presente en la Plaza de San Pedro en Roma el 17 de mayo de 1992, cuando la Iglesia declaró oficialmente la subida a los altares de Monseñor Josemaría Escrivá, Fundador del Opus Dei. Ante una inmensa multitud de hijos de su espíritu –gentes de todas las razas y condición de vida que llenaban apretadamente la plaza–, fue proclamado como la fiesta de su nacimiento al cielo el día 26 de junio. Aún recuerdo la fuerza de las palabras de S.S. Juan Pablo II al decirnos: “En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Dios”.

El próximo 26 de junio se cumplen 25 años del paso al Cielo del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Noticia que corrió por aire, mar y tierra llenando a miles de personas de todo el mundo de un sentimiento de dolor y pena por la pérdida de un pastor fiel de la Iglesia, y a la vez de un sentimiento de consuelo al comprobar que como buen pastor intercedía desde el primer momento por todos en su nueva morada.

Desde 1975 se vienen realizando concelebraciones eucarísticas en diversos países del mundo, en memoria de Monseñor Escrivá de Balaguer, en las que participan miles de personas que bajo la sombra del Opus Dei han aprendido a santificarse en el mundo: en el trabajo profesional, en la vida familiar y social.

El Beato Josemaría Escrivá vino a revolucionar la concepción de las relaciones entre Dios y los seres humanos. Predicó ardientemente que hay que amar al mundo apasionadamente, pues el mundo ha sido creado por Dios. Enseñó que se trata de vivir como los primeros cristianos, que sin salirse de su sitio, supieron impregnar con el espíritu de Cristo las plazas, los foros, los mercados, cumpliendo sus deberes de ciudadanos y ejerciendo sus derechos civiles.

En una homilía del año 1967 el Beato Josemaría nos decía: “Hijos míos, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres”.

“Lo he enseñado constantemente con palabras de la Escritura Santa: el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (Génesis 1,ss). Somos los hombres los que lo hacemos malo y feo, con nuestros pecados y nuestras infidelidades. No lo dudéis, hijos míos, cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios”.

“Por el contrario, debéis comprender ahora –con una nueva claridad– que Dios os llama a servirle en y desde las tareas civiles, seculares de la vida humana: en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: Hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir”.

En el prólogo de una de las biografías más recientes sobre el Beato, el historiador Vázquez de Prada anota: “Padre de una gran familia. Dios ha suscitado un hombre, en el mundo de nuestro tiempo, para bien de la Iglesia y de las almas. Don divino que hay que agradecer, primeramente a Dios y, en parte al Beato Josemaría, pues tomó dócilmente sobre sí el secundar los designios de Dios. No volvió las espaldas al mundo. Se interesó por su marcha y progreso. Puso audacia y optimismo en sus afanes apostólicos. Proclamó que la santidad no es tan sólo para unos cuantos privilegiados. Abrió, en fin con su mensaje los caminos divinos de la tierra. Caminos de santificación para todos los que en medio del mundo, se identifican con Cristo trabajando por amor a Dios y a los demás hombres”.

Es así que cuando celebramos la Fiesta del Beato Josemaría estamos celebrando una gran fiesta para todos los que queremos trabajar en el mundo, siendo consecuentes con el mensaje de santificar todas las estructuras temporales, abriendo paso al sentido divino que encierra cada una de nuestras circunstancias diarias y ordinarias, luchando por ser testigos de los genuinos valores apostólicos, traducido en un ilusionado dinamismo apostólico. Sin hacer cosas raras, luchando por hacer extraordinariamente bien, cara a Dios, las cosas ordinarias de cada día. La santidad alcanzada por el Beato Josemaría no es un ideal imposible, su fiesta es un ejemplo para todos de cómo convertir todos los momentos y circunstancias de nuestras vidas en ocasión de amar a Dios y de servir con alegría y con sencillez a la Iglesia, al Papa y a las almas.

En Managua, los nicaragüenses podremos asistir mañana 26 de junio a una solemne concelebración eucarística, presidida por Su Eminencia Cardenal Obando Bravo en la Catedral Metropolitana a las 6:00 de la tarde.  

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