¿Progresista o izquierdista?

La izquierda internacional, agrupada en la Alianza Progresista mundial, se ha adueñado de la verdad en la defensa de los pobres, el humanismo, el pacifismo y también, del progresismo.

Progresismo e impunidad

A Mario Vargas Llosa, en una de sus visitas a Buenos Aires, le preguntaron si era progresista. Sonó agresiva la consulta, como si se infiriese a priori que no lo era. Así se desnudaba antes a quien era negro, judío, gitano, homosexual o alguna de las muchas condiciones que se discriminaban (y discriminan) en el mundo. Ahora, no ser “progre” implica un estigma infernal. El escritor se limitó a una respuesta educada. Hubiera sido conveniente que preguntase a la entrevistadora qué entendía ella por progresismo. Entonces le hubiera transferido la carga de explicar algo que se ha convertido en un nudo gordiano.

“Lo vamos a hacer…”

Por suerte aún hay cifras por el mundo y aparecen libros y documentos testimoniales que constituyen una esperanza cierta de que en algún momento las cosas serán puestas en su sitio y el actual “relato” —progresista y populista— sobre América Latina, será arrasado por la verdadera historia y quedará expuesto como una gran mentira alimentada por los mandamases de ocasión y aupada por una manga de testaferros oportunistas y por no menos cobardes e hipócritas colaboracionista que asienten, callan o meramente dan vuelta la cara.

Progresismos a la carta

fue presidente del Partido de los Trabajadores (PT) y Delubio Soares, extesorero de esa colectividad política fundada por Lula, entre otros responsables de lo que se conoció como el “mensalao”.

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