Al músico Ulises González, Carlos Mejía Godoy lo bautizó como maestro güirisero, porque había encontrado oro hecho música en las fiestas campesinas de las comunidades más recónditas del norte nicaragüense. Las mandolinas, los acordeones y las guitarras amenizaban las fiestas en las que los campesinos celebraban matrimonios e incluso, aunque parezca tétrico, la muerte de los niños de las comunidades, con la creencia de que así llegarían derechito al cielo. Eran madrugadas enteras de pláticas, cuchicheos, chismes y amores en los que las madres que acababan de perder a sus hijos saboreaban la música alegre, acompañadas de campesinos de sombrero y machete al cinto que bailaban con los sobacos bien apretados al ritmo de los acordes.