Los artífices de la integración europea de la posguerra recurrieron, como es bien sabido, a las crisis para construir instituciones más extensas. En cambio, para que las reformas graduales y fragmentarias tengan éxito, los desafíos a los que se enfrenta Europa deben ser relativamente pequeños. Esto dista mucho de describir la difícil situación actual de Europa.
La Unión Europea se enfrenta a múltiples crisis interrelacionadas que ponen en entredicho su propia razón de ser. Los europeos luchan por gestionar una crisis industrial —resultado de la globalización y de un cambio tecnológico excepcionalmente rápido—, crisis fiscales y una crisis climática que ya está causando estragos y elevando los costes que deben asumir los Estados.
Además, la evolución demográfica —el envejecimiento y la disminución de la fuerza laboral— implica costes futuros aún mayores. La democracia se ve socavada por partidos antisistema y por el colapso de la política centrista. Y, por si fuera poco, existe un desafío de seguridad que se percibe de forma distinta en todo el continente: Europa del Norte y del Este ven a Rusia como una amenaza existencial, mientras que otras regiones mantienen una visión más optimista.
Recordemos cómo la Guerra Fría impulsó la integración continental, con la unión de los miembros originales de la Comunidad Económica Europea frente a la Unión Soviética. Si bien esto fomentó la integración institucional, también llevó a las élites europeas a depender de una amenaza externa para fortalecer continuamente su creación. Por lo tanto, han dado la voz de alarma tras cada crisis, desde la anexión de Crimea por el presidente ruso Vladimir Putin en 2014 y la primera victoria electoral de Donald Trump, hasta la invasión rusa a gran escala de Ucrania y la reelección de Trump.
Si bien siempre ha habido respuestas de algún tipo a estas crisis, no han sido suficientes. Ahora, todos los europeos —y los ucranianos sobre todo— se enfrentan a un nuevo orden mundial que podría definirse en una cumbre entre Putin, Trump y el presidente chino Xi Jinping. Imaginemos a tres ancianos enfermos recreando la Conferencia de Yalta de febrero de 1945, donde un Franklin D. Roosevelt aquejado de cáncer y un debilitado Winston Churchill cedieron ante las lisonjas de Joseph Stalin y acordaron repartirse el mundo de la posguerra. Este momento pasaría a la historia por su infamia, y evitar que se repitiera sería una prioridad absoluta para Europa.
Hemos llegado a este punto porque algunos de los pasos europeos más notables hacia la integración en la era posterior a la Guerra Fría siguen incompletos. Los artífices de la unión monetaria europea sabían que una moneda única implicaba también la necesidad de una capacidad fiscal común. Quizás creían que alguna crisis futura generaría la voluntad política para completar la tarea, como cuando la crisis de la covid-19 impulsó la creación de NextGenerationEU. Ese programa de recuperación de 800,000 millones de euros (890,000 millones de dólares) sí incluía un instrumento de deuda común, pero no especificaba qué ingresos debían utilizarse para el servicio de la deuda. Fue un pequeño paso hacia la integración fiscal, pero nada más.
Otro problema fundamental es la relación entre Francia y Alemania. Históricamente, la Europa de posguerra siempre se basó en su reconciliación, con una Alemania cada vez más poderosa económicamente que dependía de la seguridad que le proporcionaba Francia, una potencia nuclear que mantuvo una mayor independencia de Estados Unidos que la que jamás tuvo el Reino Unido. Pero Francia y Alemania están volviendo a sus viejas costumbres.
En Francia, el actual movimiento de protesta ya ha provocado disturbios en otros países, repitiendo el patrón de 1789, 1830, 1848 y 1871. En aquel entonces, Francia era el motor de un proceso revolucionario europeo que, por lo general, culminaba no en la democracia, sino en el autoritarismo. Del mismo modo, Alemania parece estar recreando el declive de su primera experiencia democrática real, la República de Weimar, donde una alianza incoherente de descontentos, nazis y comunistas, destruyó a los partidos mayoritarios más liberales y moderados.
Entonces, como ahora, los jóvenes eran quienes se sentían particularmente atraídos por los extremos. Los dos partidos mayoritarios de Alemania, los democristianos y los socialdemócratas, ven cómo su apoyo se traslada rápidamente a partidos que prometen reorientar el país, alejándolo de Europa y acercándolo a Rusia.
La vieja estrategia de posguerra de realizar pequeños ajustes había perdido vigencia. La industria alemana podía introducir mejoras graduales para producir motores de combustión interna más eficientes y máquinas herramienta automatizadas más sofisticadas. Sin embargo, las empresas alemanas no supieron aprovechar la reinvención radical de los procesos industriales, especialmente en el caso de los vehículos eléctricos.
Por su parte, Francia proyectó durante mucho tiempo su poder global mediante intervenciones en África. Pero esta historia fue paralela a la alemana. Francia llegó a depender cada vez más de grupos mercenarios privados y, cuando se trató de los grandes desafíos de seguridad, se vio claramente superada en armamento, retirándose de siete países africanos entre 2022 y 2025 en medio de crecientes llamamientos a la desvinculación.
Este acontecimiento también tiene inquietantes paralelismos históricos. En la década de 1930, amplios sectores del espectro político francés habían desestimado la amenaza de la Alemania nazi con el lema «¿Por qué morir por Danzig?». Hoy, se escucha la misma lógica en «¿Mourir pour Kyiv?»
Esto es una receta para la humillación. En momentos de derrota, los europeos suelen soñar. Tras ser derrotado en Waterloo y exiliado a Santa Elena, Napoleón habló de revivir Europa sobre la base de «los mismos principios, el mismo sistema, en todas partes», con un código legal europeo uniforme y una moneda única.
Pero algunos sueños son más realistas que otros. ¿Se están volviendo las condiciones lo suficientemente sombrías como para propiciar una acción colectiva europea significativa? El mantra europeo más reciente es que China y Estados Unidos pueden tener un crecimiento más fuerte, pero son más vulnerables a la presión como superpotencias depredadoras. Puede que sea cierto. Pero también está claro que las reformas fragmentarias no bastan para que Europa pueda afrontar sus desafíos de frente.
El autor es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, es autor, entre otras obras, de Seven Crashes: The Economic Crises That Shaped Globalization (Yale University Press, 2023).
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