Opinión
/ Bjorn Lomborg 

La distracción climática del mundo rico

Los últimos 75 años han traído consigo la mayor mejora del bienestar humano en la historia. Sin embargo, durante la última década, gran parte de ese progreso se ha estancado. Esto ocurrió al mismo tiempo que el mundo rico centró su atención en el cambio climático. No es una coincidencia, y esto tiene que cambiar.

Pensemos en la pobreza extrema, definida desde hace tiempo como vivir con menos de un dólar al día. En 1950, más de la mitad de la humanidad vivía en esa situación de pobreza. Hoy en día, ese porcentaje es del 7.6 por ciento, el más bajo jamás registrado. La escolaridad promedio casi se ha triplicado, pasando de 3.2 años a casi 9. El acceso a la electricidad se ha disparado. Aún quedan problemas, pero los avances han sido espectaculares.

Ahora, el desarrollo se ha ralentizado hasta casi detenerse. Tras casi dos siglos de reducción de la pobreza, el número de personas en situación de pobreza no ha variado desde 2016. Según el Banco Mundial, el progreso mundial se encuentra en su ritmo más lento desde 1950.

Hay muchas causas, pero una destaca sobre las demás. En 2016, el mundo dejó atrás los Objetivos de Desarrollo del Milenio, una lista breve de objetivos, mayormente eficaces y específicos: reducir la pobreza, las enfermedades, las muertes maternas e infantiles, y lograr que todos los niños asistieran a la escuela. En su lugar, surgieron los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El cambio climático se convirtió en la obsesión del mundo desarrollado.

En ningún ámbito se hace más evidente esta obsesión que en la ayuda al desarrollo de los países ricos. Su objetivo principal es impulsar el desarrollo, pero, cada vez más, el dinero se destina al clima. En los países ricos, 49 mil millones de dólares, es decir, casi una cuarta parte de todos los compromisos de desarrollo, se destinan al clima. Los bancos de desarrollo mundiales ahora gastan la mitad de sus fondos de desarrollo en el clima, lo que equivale a unos 103 mil millones de dólares para los países de ingresos bajos y medios.

Tanto las agencias de desarrollo como los bancos parecen haberse convencido de que, dado que las personas pobres son más vulnerables al cambio climático, la política climática es crucial. La lógica es tentadora, pero errónea. Las personas pobres son más vulnerables a todo: enfermedades, hambre, infraestructura deteriorada, crisis económicas. La verdadera pregunta es si la política climática es la mejor manera de ayudarles. Si se analiza con rigor, el desarrollo generalmente gana de manera contundente.

El crecimiento económico sostenido es el indicador más confiable de la capacidad de un país para resistir los impactos climáticos. Un aumento del 10 por ciento en el producto interno bruto per cápita puede reducir en 100 millones el número de personas más expuestas a las perturbaciones climáticas. La prosperidad es la estrategia definitiva de adaptación al clima. Un huracán mata a cientos de personas en la pobre Haití; la misma tormenta solo causa molestias en la próspera Florida. La resiliencia es parte integral del desarrollo, no de un parque solar que eleva los precios de la electricidad y frena la industrialización.

El problema central es el costo de oportunidad. Cada dólar que se destina a subsidiar paneles solares o a contabilizar las emisiones de carbono es un dólar que no se gasta en escuelas, salud materna o agua potable. Una investigación del Consenso de Copenhague, en la que participaron más de 100 economistas y varios premios Nobel, comparó los rendimientos. Las inversiones en nutrición, salud y educación suelen generar entre 40 y 110 dólares en beneficios sociales por cada dólar invertido. Las inversiones en mitigar el cambio climático, es decir, financiar la reducción de emisiones en los países pobres, a menudo generan un rendimiento mucho menor.

Las compensaciones entre distintas opciones de inversión son concretas. Por 2.50 dólares, una mujer embarazada puede recibir suplementos de micronutrientes que previenen el retraso del crecimiento y los daños cognitivos permanentes en su hijo, lo que genera casi 100 dólares en beneficios a largo plazo. Ampliar el diagnóstico y el tratamiento de la tuberculosis y la malaria, enfermedades que todavía causan más de un millón de muertes al año, genera beneficios superiores a 45 dólares por cada dólar invertido.

La dimensión energética es aún más cruda. Gran parte de África consume menos electricidad por persona que un solo refrigerador en un hogar occidental. El mundo rico construyó su riqueza sobre la base de combustibles fósiles baratos y confiables, que aún suministran más del 80 por ciento de la energía mundial. Sin embargo, la mayoría de las agencias de desarrollo del mundo rico y la mayoría de los bancos de desarrollo se niegan ahora a financiar nuevos proyectos de combustibles fósiles en los países pobres. Alemania ha gastado más de 700 mil millones de euros en su transición energética desde 2002; los precios de la electricidad se han más que duplicado y su economía sigue dependiendo en casi cuatro quintas partes de los combustibles fósiles. Exigir que las naciones africanas logren lo que Alemania no puede, con una fracción de los recursos, no es liderazgo climático. Es hipocresía.

Nada de esto implica dejar de lado el tema climático, ya que tanto la adaptación como la innovación verde generan grandes beneficios. Pero las instituciones de desarrollo del mundo rico deben superar su obsesión por el clima. Deberían aprender del análisis oficial de Noruega: un grupo de expertos ha recomendado al gobierno que separe el financiamiento climático y otros bienes públicos globales del presupuesto para el desarrollo. Esto significaría que el dinero destinado a los más pobres del mundo se utilizaría realmente para ayudarlos.

La mayor parte de la humanidad sigue siendo bastante pobre. Para ayudar, el mundo rico debería invertir miles de millones en abordar problemas urgentes que se pueden resolver a bajo costo, antes de gastar billones para hacer que el termómetro se mueva un poco en un siglo. Es revelador que, en una encuesta reciente de Afrobarometer, los africanos clasificaran el cambio climático en el puesto 31 entre 34 prioridades. Debemos redescubrir las soluciones inteligentes y específicas que transformaron el mundo en los últimos 75 años, y dar prioridad a las mejores políticas de desarrollo.

Los autores, Indermit Gill fue economista en jefe del Banco Mundial; Bjorn Lomborg es presidente del Copenhagen Consensus Center.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí

Atención al suscriptor