Aníbal Ramses Zúniga. Foto: Cortesía/Ramses.

Aníbal Ramsés Zúniga. Foto: Cortesía

El joven comerciante que sobrevivió a la cornada del toro Cascabel en Masaya

Por diez años su pasión siempre fue la adrenalina de correr frente a un toro, pero luego de sentir la muerte tan cerca, prefiere enfocarse en su sueño y convertirse en un profesional

Durante diez años, Aníbal Ramsés Zúniga García entró a las barreras atraído por la adrenalina de correr frente a los toros, sin creer que podía morir haciéndolo. El 27 de septiembre calculó que tenía tiempo para escapar de Cascabel, un toro de la Ganadería Dávila, pero se confió: el animal lo alcanzó y uno de sus cuernos penetró debajo de su barbilla. Sobrevivió y hoy interpreta aquel día como una segunda oportunidad que Dios le dio para replantearse la manera en que estaba arriesgando su vida.

Ramsés, como prefiere que lo llamen, tiene 24 años, es el menor de tres hermanos, dos varones y una mujer. Vive en el barrio El Pochotillo, en Masaya, y desde muy joven encontró en las barreras una pasión que lo llevaba a dejar de ser un simple espectador para entrar al ruedo y correr frente a los toros. Él lo considera un «deporte extremo», una afición marcada por la adrenalina y el peligro que, aunque preocupaba a sus padres y hermanos, para él era una forma de divertirse con sus amigos.

En casa, las advertencias eran constantes. Su familia temía que algún día una de aquellas carreras terminara en tragedia, pero Ramsés estaba acostumbrado al riesgo y confiaba en su experiencia. Joven, trabajador y con el sueño de convertirse en farmacéutico, no pensaba renunciar fácilmente a esa pasión. Hasta entonces siempre había conseguido salir de la barrera y volver a casa. El 27 de septiembre estuvo a punto de no hacerlo.

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Ese día, Ramsés recibió una advertencia que horas después recordaría. Un pastor evangélico llegó hasta donde se encontraba, le aconsejó que se cuidara, que no destruyera su cuerpo ni pusiera en riesgo su vida. Era joven, le dijo, y tenía mucho camino por recorrer. El joven lo escuchó, pero jamás imaginó que, antes de terminar aquel día, estaría en un hospital luchando precisamente por conservar su vida.

Masaya celebraba esa tarde sus hípicas en honor a las fiestas patronales. Las calles estaban llenas de música, caballos, fiesta y mucho alcohol. Ramsés también estuvo allí, pero después decidió trasladarse a la barrera, donde ya lo esperaban sus amigos. El peligro, lejos de detenerlo, era parte de lo que lo atraía. Sabía que un error podía acabar en una lesión grave, pero hasta entonces la experiencia le había permitido salir librado.

«A mí y a mis amigos nos gusta ir a la barrera, estar toreando, correr, sentir esa adrenalina. Hay gente que dice que se mira muy estúpido, que andamos arriesgando la vida, pero es un deporte de adrenalina y no es para cualquiera. Uno sabe a lo que va y uno no culpa a nadie», cuenta.

Aníbal Ramses Zúniga es embestido por el toro Cascabel en Masaya. Foto: Cortesía/Ramses.
Aníbal Ramsés Zúniga es embestido por el toro Cascabel en Masaya. Foto: Cortesía

Cascabel no le dio tiempo

Gritos, música y el alboroto eran el ambiente que se vivía en la barrera. Eran casi las 9:00 de la noche y al menos cuatro animales ya habían pasado cuando llegó el turno de Cascabel, un toro al que Ramsés conocía por su fuerza y bravura. Comenzaron entonces las carreras de quienes estaban dentro del corral, tratando de acercarse al animal y escapar cuando este respondía.

En medio de aquella agitación, Ramsés quedó frente a Cascabel. No salió corriendo inmediatamente. Calculó la distancia y creyó que todavía tenía tiempo para esperar unos segundos antes de apartarse. «Nunca me imaginé que me iba a alcanzar rápido y, literalmente, que se iba a enfocar solo en mí», recuerda.

Cuando decidió correr, Cascabel ya estaba demasiado cerca. El toro lo alcanzó debajo de la barbilla con uno de sus cuernos, lo levantó y lo lanzó al suelo. Herido y todavía consciente, Ramsés fue auxiliado rápidamente. Mientras varias personas trataban de distraer al toro, otras corrieron hacia él para sacarlo. Sangraba abundantemente y no podía hablar, aunque permanecía consciente de lo que ocurría a su alrededor.

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Entre varios lograron ponerlo a salvo y posteriormente lo subieron a un taxi para trasladarlo al Hospital Comandante Hilario Sánchez, en Masaya. Uno de sus amigos se quitó la camisa y la colocó debajo de su cuello intentando contener la sangre durante el trayecto. Según relata, la lesión alcanzó la zona debajo de la lengua.

No podía hablar

Poco después, Ramsés estaba en una camilla. Sus familiares se enteraron de lo ocurrido y no dudaron en acompañarlo mientras en el hospital se preparaban para someterlo a una cirugía. Cuando despertó y el efecto de la anestesia desapareció, sus recuerdos eran confusos. No podía creer que estuviera vivo. Tampoco podía hablar. Aunque le preguntaban sobre lo ocurrido, solo podía asentir con la cabeza.

«No me creía que estaba vivo», dice.

Comenzó entonces otra batalla, menos vertiginosa que correr frente a un toro, pero mucho más importante. Durante cuatro días, asegura, no pudo comer y permaneció con una sonda y recibiendo suero las 24 horas del día. No lograba levantarse de la cama y hablar se había convertido en algo imposible. Incluso, los médicos le advirtieron que podría presentar dificultades para volver a hablar, pese a que la cornada no lesionó ninguna arteria ni la mandíbula.

Al quinto día de estar hospitalizado, pudo comenzar a tomar agua, comer gelatina y consumir otros alimentos líquidos. Más adelante, la comida tenía que ser triturada porque todavía presentaba dificultades para masticar. Después de una semana, recibió el alta, aunque salió del hospital con un drenaje colocado en el cuello, que le retirarían aproximadamente una semana después.

Aníbal Ramses Zúniga, en una cama del hospital de Masaya tras ser embestido por un toro. Foto: Cortesía/Ramses.
Aníbal Ramsés Zúniga en una cama del hospital de Masaya tras ser embestido por un toro. Foto: Cortesía/Ramses.

El cuerpo comenzaba a recuperarse. Su manera de mirar el peligro también empezaba a cambiar.

Durante los días de hospitalización, las visitas de su hermana, su novia y algunas amistades le ayudaron a comprender algo en lo que no había meditado cuando entraba a una barrera: el riesgo de morir. «Reflexioné porque tengo personas que se preocupan por mí. Si te dieron una oportunidad, tenés que aprovecharla», afirma.

«Le doy gracias a Dios que me dio otra oportunidad», añade.

No volverá a torear

La cornada convirtió a Ramsés en protagonista de un accidente que casi le cuesta la vida. Ahora reflexiona sobre lo poco que la valoró y se ha prometido no volver a torear. Reconoce, sin embargo, que seguirá visitando las barreras, pero esta vez como espectador, algo que antes le parecía aburrido. Su prioridad ahora, dice, es recuperar completamente su salud y cuidar especialmente la zona del cuello.

«Volvería a las barreras, pero llegaría como espectador, ya no como antes, como protagonista», asegura.

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Ramsés es conocido por muchos comerciantes del Mercado Ernesto Fernández, en Masaya. Todos los días madrugaba para vender melones al por mayor. Algunas de sus jornadas comenzaban a la 1:00 de la madrugada y otras, a las 4:00. A ese esfuerzo se suma otro sueño: convertirse en profesional.

Hasta hace poco estudiaba la carrera de Farmacia en la Universidad Central de Nicaragua (UCN), en Managua, y costeaba sus estudios con su trabajo. Cursaba el segundo año cuando decidió retirarse temporalmente. Su intención es regresar el próximo año y continuar la carrera.

Es precisamente ahí donde Ramsés encuentra el sentido de esa segunda oportunidad que, asegura, Dios le dio. No se trata únicamente de haberse recuperado de la embestida de Cascabel ni de que la cornada no tuviera un desenlace fatal, como muchos llegaron a temer. Para él, significa que todavía tiene por delante seguir trabajando, retomar la universidad, cuidar de su familia y cumplir otros proyectos.

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