¿Bastan para mejorar, los buenos gobiernos?

Solemos pensar a nivel macro. Cuando hablamos de una Nicaragua mejor pensamos invariablemente en una regida por un buen gobierno. Cuando hablamos de libertad pensamos en libertades públicas. Igual cuando hablamos de soberanía, justicia, autodeterminación y otros conceptos comunes del lenguaje político. No está mal, pero nos hace falta bucear. Sumergirnos al mundo de las relaciones interpersonales, a los hogares donde transcurre la vida de todos sus habitantes.

A nivel macro puede haber un buen gobierno, mientras que en un gran porcentaje de las familias puede predominar el desgobierno. Puede haber soberanía en el más soberano de los Estados, pero puede convivir en él una gran cantidad de los hombres y mujeres en la calle que carecen de esa facultad por estar sometido a subordinaciones de otro tipo, como pueden ser vicios, grilletes familiares o amenazas sociales.

Curiosamente, una de las incomprensiones que tuvieron los judíos con Cristo es que solían interpretar sólo en sentido macro vocablos que Él dirigía al nivel individual. Cuando hablaba de libertad no se refería, como creían y querían muchos, a libertad del imperio romano sino a libertad interior. Cuando hablaba de opresión no se refería a la impuesta por el poder sino a la “esclavitud del pecado”. En realidad, un hombre atrapado por el vicio ni es libre ni es soberano.

Hace falta practicar algo similar; hacer que esos conceptos o anhelos hermosos que se usan a nivel de los Estados desciendan al mundo de la gente común y corriente. Cuando hablamos por ejemplo de justicia y la necesidad de castigar a los injustos, solemos limitarnos a las áreas grandes; justicia social, magistrados y leyes justas, etc. Pero si descendemos al mundo de las familias, encontramos injusticias atroces que son toleradas y suelen quedar inmunes. Un caso clásico, que denunciaba con elocuencia el padre Azarías H. Pallais, es el del abandonador, el hombre que un día deja en el completo desamparo a la mujer que le ha dado varios hijos. Decía de él: “El abandonador es el animal más animal y la bestia más bestia de nuestra fauna… El hombre que estando vivo se hace el muerto para que sus hijos no tengan padre teniéndolo, merece no un capítulo sino un libro. ¡Yo quisiera escribirlo! Sería el libro de las amenazas”.

Allí tenemos a la vista uno de los cánceres sociales más dañinos: deja normalmente a madre e hijos en la miseria, causa heridas psicológicas profundas a los niños, aumenta en ellos la tasa de enfermedades y fallos escolares, arruina en muchos casos su futuro, constituye un pésimo ejemplo que tiende a ser reproducido por sus mismas víctimas, y muchos etcéteras más. En la práctica, sin embargo, al causante ni se le considera delincuente ni se le castiga como tal. Y no son pocos los casos.

Junto con este fenómeno concurren otros relacionados como el alcoholismo, el maltrato verbal y físico, los frecuentes abusos sexuales, la enorme cantidad de embarazos adolescentes (una cuarta parte de niñas entre 15 y 19 años) y de madres solteras. Sin embargo, a pesar de la magnitud y relevancia de estos problemas se les investiga muy poco. Sabemos mucho del PIB, tasas de crecimiento y monto de las remesas, pero ¿sabemos qué porcentaje de las madres y niños nicaragüenses sufren el flagelo del abandono paterno? ¿Te sorprendería si te digo que más de la mitad? ¿Aabemos qué porcentaje de nuestros hombres se emborrachan con frecuencia? ¿Cómo afecta esto al ingreso de sus familias? ¿Ha tratado alguien de medir los costos sociales de estas conductas?

Este y muchos otros temas serían rico campo de investigaciones sociológicas. El problema es que no interesan. Las encuestas suelen concentrarse en preferencias políticas o asuntos socio económicos. Más alarmante aún es que tampoco lo abordan los programas de gobierno de los distintos partidos o movimientos políticos, a pesar de tener una indiscutible repercusión social.

Podremos llegar a tener un gobierno legítimo y un resurgir de libertades públicas, pero si ese mundo de abajo no cambia, seguirá reinando la injusticia, el desamparo y la opresión en más de la mitad de nuestra población. Es hora de cambiar el enfoque y estudiar la forma de mejorar no solo los gobiernos sino el de las células que sostienen la sociedad entera.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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