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¿El Estado existe para servir al individuo o el individuo existe para servir al Estado? Si se hiciera esta pregunta en las aulas de clase, cosa que sería ideal, posiblemente los estudiantes respaldarían la primera parte de la oración. Es algo instintivo pensar que los Estados están para servir y no ser servidos. Sin embargo, la repuesta contraria no solo fue dominante por muchos siglos, sino que ha sido proclamada abiertamente por algunas ideologías contemporáneas.
En la antigüedad, reyes como Nabucodonosor exigían adoración o muerte. En pleno siglo veinte, el fascismo y el comunismo llegaron a lo mismo. Para el primero el Estado encarnaba la sacrosanta nación y para el segundo el sacrosanto proletariado. Una verdadera idolatría. Quien no reverenciaba al Estado o a sus jefes cometía una ofensa penada con destierros, cárcel o muerte. Vestigios de esta visión los vemos en sociedades como Corea del Norte, Cuba, y algunas sociedades islámicas,
Hoy, gracias a la influencia cristiana, con su exaltación del valor individual, y la liberal, con su exaltación de la libertad, la subordinación del Estado al individuo se ha convertido en una piedra angular de la filosofía política occidental. Para ella la primera y más importante razón del Estado es la protección de los derechos de cada individuo, especialmente aquellos que por ser propios por naturaleza son innegociables y nadie se los puede negar. El más obvio, entre ellos, es el de la vida. Esto implica su integridad tanto física como moral. Otro, fundamental, y sin el cual se niega la esencia del hombre, es su derecho a la libertad. Esto exige respetar sus creencias, preferencias, y todas aquellas decisiones que no sean lesivas de los derechos de los demás. Tanto la Revolución Francesa, como las Naciones Unidas han proclamado su catálogo de derechos del ciudadano que todos los Estados están obligados a respetar. Cuando un Estado, lejos de proteger atropella estos derechos, se pervierte y pierde su primera razón de ser.
Como elementos subordinados a esta función de protección individual los Estados ejercen la función judicial. Esta existe para dirimir controversias en base al derecho. También para castigar a quienes atentan contra la seguridad ciudadana o rompen la ley. Esta función exige que el estamento judicial esté integrado por jueces honestos e imparciales. A la justicia se le representa, por esta razón, como una dama vendada: ella no debe jamás decidir influenciada por el color de la piel, creencias, filiación política, o característica personal de las partes. Cuando un poder judicial está constituido por jueces venales que hacen precisamente lo contrario, o juzgan siguiendo directrices ajenas a su función, se pervierte y pierde su razón de ser.
Igualmente, para proteger al individuo de acciones arbitrarias y darle al mismo tiempo un marco seguro en el cual desenvolverse, los Estados promulgan leyes. Buscan así crear un Estado de derecho en que todos, incluyendo las autoridades, están sometidas a la ley. El productor de estas leyes son los miembros del poder legislativo. Ellos deben ser electos directamente por el pueblo, usualmente aquellos de la zona geográfica de donde proceden. Por eso se les llama representantes. Los legisladores responden exclusivamente a sus electores. Cuando un poder legislativo está integrado por personajes que han sido elegidos por un caudillo o líder político, sin mediación alguna de las bases, y peor aún, cuando están obligados a seguir las orientaciones de aquellos, pasan de representar al pueblo a representar al jefe. Se pervierte así a función legislativa y pierde su razón de ser.
Existen, finalmente, fuerzas armadas, como la policía y el ejército: la primera para proteger al individuo de la delincuencia y mantener el orden interno, la segunda para protegerlo de agresiones externas. Cuando la primera persigue a individuos por razones políticas o impide su derecho a reunirse o protestar, y, peor aún, cuando suelta masivamente a delincuentes, se pervierte y pierde su razón de ser. Cuando el segundo no tiene fronteras que proteger por carecer de posibles agresores externos, no pierde su razón de ser, pero si su razón de existir. Y si además se vuelve en una reserva armada del caudillo para sofocar sus adversarios internos, se pervierte y pierde su razón de ser.
Es grave cuando algunos componentes del Estado se pervierten. Más aún cuando lo hacen todos ellos. Entonces la ilegitimidad es absoluta.
El autor es sociólogo e historiador. Autor de En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.