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En su discurso conmemorativo del 46º aniversario de la Fuerza Naval del Ejército, el pasado lunes 17 de agosto, Daniel Ortega invocó como siempre los fantasmas históricos que al parecer lo atormentan de manera obsesiva.
Se trata de los fantasmas de las guerras y otros conflictos armados que han ocurrido en Nicaragua a lo largo de su historia, que Ortega en cada discurso los interpreta y narra a su gusto y antojo, de conformidad con sus fobias ideológicas.
Los especialistas denominan fantasmas históricos a las apariciones de personajes y hechos que existieron y ocurrieron en el pasado. Según las creencias y leyendas populares, se manifiestan o aparecen en los lugares donde vivieron u ocurrieron. Pero, no es en la realidad que aparecen, sino en la mente de ciertas personas y por motivos que los psicólogos explican son causadas por la ignorancia, la superstición, el miedo o una mala intención premeditada.
En el imaginario popular nicaragüense se menciona, por ejemplo, a dos fantasmas históricos de personajes nacionales célebres. Uno es el “padre sin cabeza”, supuesto fantasma del obispo Antonio de Valdivieso que fue asesinado en 1550 en la original ciudad de León. Él defendía los derechos humanos de los indígenas y condenaba los abusos de las autoridades coloniales, y por eso lo asesinaron. El otro fantasma histórico del imaginario popular es el del exdictador militar liberal José Santos Zelaya, cuyo fantasma rondaba supuestamente en las ruinas de la hacienda Campuzano, que fue su casa de descanso en Chinandega.
En el campo de la política, de acuerdo con la explicación de los expertos los fantasmas históricos se manifiestan particularmente “como conceptos ideológicos y traumas del pasado que (algunos) gobernantes utilizan como metáforas y supuestos paralelos históricos para influir en la sociedad y sobre todo en sus seguidores”.
Se trata de invocaciones y manipulaciones en el recuerdo de un enemigo común nacional, o de un período traumático de la historia del país, con el propósito de manipular a la opinión pública. De manera que podemos decir que, en el caso del dictador Ortega, es la recurrencia a los malos recuerdos del pasado colonial, del imperialismo, las intervenciones militares extranjeras, la dictadura somocista y la guerra contrarrevolucionaria, para infundir odio a la oposición y temor en los que cuestionan a la dictadura.
No es por casualidad, pues, ni porque las facultades mentales del dictador Ortega están quebrantadas por su avanzada edad, que él recurre en sus discursos a símbolos y figuras de la historia nacional, acomodándolos a sus fines políticos particulares de glorificar y legitimar su dictadura, al mismo tiempo que para desacreditar a los opositores y a sus adversarios en general.
Con ese discurso recurrente Ortega trata de demostrar que su dictadura es consecuencia necesaria de la historia, al mismo tiempo que criminaliza a la oposición calificándola como traición a la patria y amenaza extranjera financiada por el imperialismo.
Aseguran los especialistas en la psicología política que, mediante los fantasmas históricos, algunos dictadores impulsados por el temor a perder el poder “convierten sus delirios internos en políticas de Estado, afectando la vida de millones de personas con paranoia, control absoluto y la búsqueda de la inmortalidad”. Probablemente de allí viene la locura predicada de que en Nicaragua “todos somos Daniel” y que en el futuro “siempre seremos Daniel”.
Es terrible saber en las manos y el poder de quiénes está Nicaragua.