“Caminando sobre el mar de la historia”

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Queridos hermanos y hermanas: 

El evangelio de hoy relata que un día, después de despedir a la gente, Jesús “hizo que los discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla” del lago de Galilea (Mt 14,22). Al llegar la noche, la barca en la que se encontraban comenzó a ser sacudida violentamente por grandes olas debido al fuerte viento que soplaba en sentido contrario. 

Aquella pequeña barca en la que los discípulos navegaban es una imagen de la existencia humana. Todos vamos por la vida como si navegáramos en alta mar. Las olas amenazantes son una imagen de los desafíos y obstáculos que enfrentamos cada día. Los momentos de incertidumbre y las dificultades que nos abruman son como vientos contrarios que nos impiden avanzar. 

La barca es, sobre todo, imagen de la Iglesia que navega en la historia como una pequeña y frágil embarcación, en medio de los grandes retos de cada época, intentando ser fiel a Jesús y al Evangelio. En muchas ocasiones, la pequeña barca de la Iglesia también navega entre las aguas agitadas de poderes autoritarios y represivos que la persiguen y la agreden porque no toleran la verdad de Dios que ella anuncia. 

El evangelio de hoy nos enseña que, en la barca de nuestra vida y en la barca de la Iglesia, no navegamos solos. Jesús está siempre con nosotros. Él nos protege y nos cuida. Él preserva a la Iglesia de todo peligro y la guía con su amor. La barca en la que navegamos puede parecernos frágil, pero navegamos confiados porque nuestra fuerza es Jesús, el Señor Resucitado, que siempre está a nuestro lado, cumpliendo su promesa: “Yo estoy con ustedes, todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). 

El pasaje evangélico de hoy narra que aquella noche, en medio de la oscuridad, las olas y el viento fuerte, apareció Jesús caminando sobre las aguas y dirigiéndose hacia los discípulos (Mt 14,25). Caminar sobre el mar, que en la Biblia simboliza las fuerzas hostiles y oscuras que amenazan la vida, es una expresión del poder de Jesús sobre el mal y la muerte. Aunque los discípulos no logran identificarlo, Él les dirige la palabra y ellos escuchan su voz inconfundible que les infunde serenidad y valor. 

Son unas palabras que no debemos olvidar nunca y que tendríamos que escuchar en el corazón siempre que sea necesario: “Tranquilícense y no teman. Soy yo” (Mt 14,27). Antes de que lo busquemos, Jesús siempre se acerca a nosotros. Cuando todo parece perdido, antes de invocarlo, Él ya está a nuestro lado para darnos confianza, fortalecernos y llenarnos de esperanza. 

Animado por las palabras de Jesús, Pedro le hace una petición sorprendente: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua” (Mt 14,28). Todavía no está seguro de que sea Jesús, pero sabe que puede confiar en la palabra del Maestro. Jesús le dice: “Ven”, como le dijo cuando lo encontró por primera vez en la tranquilidad de la costa del lago y lo llamó a seguirlo (Mt 4,19). Ahora lo vuelve a llamar, pero esta vez para que camine sobre las aguas, en medio de la oscuridad y las olas amenazantes, en un momento en que Pedro no logra reconocerlo del todo.  

Jesús nos llama a caminar siempre, no solo en los momentos luminosos y alegres, cuando todo parece claro, sino también en los momentos de duda, de crisis o incertidumbre. Aun cuando estamos llenos de miedo y la oscuridad nos envuelve, hay que caminar confiando en Jesús. Jesús no nos quiere paralizados por el miedo o la propia debilidad, ni cómodamente protegidos en falsas prudencias o egoísmos solapados. No importa que vayamos despacio, dando pequeños pasos cada día. Lo importante es caminar siempre, caminar hacia Jesús, sostenidos por su presencia amorosa y apoyados únicamente en su palabra. 

Jesús también llama a los pueblos a caminar, aun en las situaciones más dolorosas y oscuras. A veces el futuro de los pueblos es incierto: hay mucho sufrimiento y cansancio; pueden intimidarnos los gritos altaneros del dictador que se cree eterno, y nos sentimos desanimados tras tantos esfuerzos fallidos para lograr un cambio social. Son los dolores de parto de una nueva sociedad. En esos momentos no hay que caer en el desánimo; hay que conservar la rebeldía espiritual para no acostumbrarse a la normalidad forzada que quiere imponer el opresor, y tampoco hay que perder la capacidad de soñar con una sociedad justa y libre. Hay que lanzarse al mar de la historia y caminar como Pedro, con confianza, humildad y esperanza. Y aunque en la lucha haya miedos, errores o retrocesos, no hay que detenerse; hay que atreverse a seguir caminando sobre el mar. 

Aquella noche en el lago, Pedro lo logró: “Bajó de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, en dirección a Jesús” (Mt 14,29). Eso es tener fe: dejar las comodidades que nos hacen sentir protegidos y lanzarnos, confiados en Jesús, a correr el riesgo de vivir y de luchar, aun llenos de dudas en medio de la noche. No es un camino fácil, como lo muestra Pedro, quien “al ver la violencia del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse” (Mt 14,30). 

Fijémonos bien. Pedro no tiene miedo porque se hunde, sino que se hunde porque tiene miedo. Dejó de ver a Jesús y fijó la mirada en los vientos amenazantes; le entró miedo y comenzó a hundirse. Es lo que nos ocurre cuando ponemos los ojos solo en las dificultades y aprietos de la vida y nos olvidamos de mirar a Jesús y de confiar en Él. No dejemos que el miedo nos domine. El miedo es como una sombra que se alarga y se desliza sigilosa en la oscuridad de la mente y del corazón, tejiendo telarañas de incertidumbre en cada rincón de nuestros pensamientos. El miedo nos ciega, nos hace agrandar los problemas, nos encierra, nos vuelve vulnerables y nos puede hundir en las aguas. 

Al hundirse, Pedro le grita a Jesús: “¡Señor, sálvame!” (Mt 14,30). Son pocas palabras, pero lo dicen todo. Hay situaciones en la vida en las que gritar al Señor en la oración no solo es lo único que podemos hacer, sino también lo más humano y razonable. Al escuchar el grito de Pedro, Jesús “tendió la mano, lo agarró y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?” (Mt 14,31). La mano de Jesús es la mano del pastor que nos guía y protege (Jn 10,28), la mano del amigo que nos consuela y comprende (Jn 15,14), la mano de Dios que nunca nos abandona y nos salva cuando nos hundimos en el torbellino de aguas caudalosas (Sal 18,17).  

Todos somos como Pedro, hombres y mujeres de poca fe, en quienes conviven la confianza y la duda. Solo poseemos la certeza de que el Señor nos ama, que está con nosotros y que podemos confiar en él siempre. No nos detengamos ni nos hundamos. Sigamos navegando por nuevos mares, sin temor a afrontar vientos y tempestades, confiando siempre en el Señor, decididos a gritarle humildemente pidiéndole que nos salve y permitiendo que nos tome de su mano siempre que sea necesario. 

Opinión homilía dominical Iglesia Católica Silvio Báez
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