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Ayer 19 de julio, a los 47 años de que los nuevos filibusteros tomaran el poder por primera vez, y a los 19 años y medio de que lo tomaran de nuevo (esta vez disfrazando aún mejor su engaño) me acordé de aquel dicho famoso: “Mejor que Somoza cualquier cosa”, con el que ellos, con el apoyo de algunos opositores oportunistas, y sacerdotes desubicados, engañaron al pueblo y usaron como carnada a muchos jóvenes que deseaban una Nicaragua más justa y democrática.
Por lo que pensé que sería apropiado analizar si los nicaragüenses verdaderamente estamos mejor que en tiempos de los Somoza. ¿Valió la pena destruir un país, sacrificar a nicaragüenses de ambos bandos y edades por las mentiras de los filibusteros, la ambición de algunos opositores que se querían quedar con el mandado, y la ignorancia de sacerdotes de la, entonces de moda, teología de la liberación que no solo no liberó, sino que más bien resultó en el cautiverio de los nicaragüenses en los 1980 y actualmente?
Dos criterios para contestar esta pregunta son cómo estamos los nicaragüenses hoy por hoy: 1), en cuanto a nuestra institucionalidad incluyendo, libertad, democracia, y derechos humanos; y 2), en cuanto al bienestar económico de la población y las desigualdades.
Sobre el primer criterio no cabe duda de que la institucionalidad durante los gobiernos de los Somoza era débil o muy débil según el prisma en que se vea, pero sí existía y ellos sabían hasta donde la podían violentar. Por ejemplo, las cortes supremas de justicia contaron con miembros honestos, independientes y de reconocida reputación nacional e internacional. Asimismo, varias instituciones del Estado tenían ejecutivos de gran capacidad y prestigio que, aunque afines al régimen, actuaban con independencia y sin servilismo. Tampoco cabe duda de que mantenían control del poder, pero hubo alternancia con presidentes honestos y populares como el doctor René Schick Gutiérrez. Ni que encarcelaban (por lo general por pocos meses), y, a veces, torturaban a sus opositores, incluyendo a prominentes sandinistas que eventualmente tomaron el poder, lo que dice mucho.
Pero actualmente nuestra institucionalidad, libertad y respeto a los derechos humanos no existe del todo. Como mencioné en un artículo que publiqué en abril en este Diario, dos instituciones de prestigio internacional como Democracia 2025 de V-Dem y el Economista, de Londres, ubican a Nicaragua entre los cinco regímenes más autoritarios del mundo y en el sótano de la democracia, debido, entre otros, “a su severo deterioro institucional, restricción de libertades, y corrupción”. Más recientemente, el Índice Global de Tortura publicado el 25 de junio clasificó a Nicaragua en la categoría “más severa de riesgo, ya que el Estado ejerce un patrón grave y sistemático de tortura”.
Hoy por hoy, y sin querer ofender, los ejecutivos de las agencias de gobierno (ya que no se les puede llamar instituciones) son o incapaces y/o serviles. Y los nuevos filibusteros no ceden el poder ni por un rato y, entre otras barbaridades, no solo encarcelan y torturan por largo tiempo a sus opositores, a familiares y personas que no tienen nada que ver en política, sino también a sus propios y antiguos esbirros. Y solo los liberan para desterrarlos al exilio o para que descansen en los cementerios de Managua y San José.
El artículo “Cárceles de tres dictaduras: ¿Cuál fue la más cruel?”, publicado recientemente en este Diario, menciona que “sin ánimo de lavarle la cara a la dinastía somocista, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo superó las condiciones carcelarias en las que encierran a sus detractores políticos”. Y, añaden dos exprisioneros del somocismo: “Se respetaban más las formas completamente, y sin duda había mejor trato”. “No hay comparación. Es una cosa alucinante lo que hay hoy en día”.
Una versión similar la dio la señora Mónica Baltodano el domingo antepasado en una entrevista en Esta Semana, de Confidencial, donde, luego de describir cómo fue ultrajada en una cárcel en tiempos de los Somoza, también mencionó que “nosotras podíamos leer, conversar, y recibir vistas de familiares mientras que ahora es brutal el aislamiento”.
Por eso me pregunto cómo es posible que el señor presidente Ortega, quien sabe lo que es estar preso, trate con tanta crueldad no solo a sus supuestos adversarios políticos, sino también a su hermano y a sus antiguos compañeros y sicarios.
También me pregunto cómo es posible que los nuevos filibusteros, llamándose cristianos, persigan y repriman a la Iglesia católica, siendo el ultimo ultraje la reciente persecución al obispo Mata.
Entonces, no resultó cierto que cualquier cosa era mejor que Somoza. Por el contrario.
En cuanto al bienestar económico y al objetivo de mayor justicia social, no cabe la menor duda de que el famoso dicho tampoco se cumplió salvo en un par de indicadores sociales. Por el contrario:
Los nuevos filibusteros dejaron en 1990 un país destruido no solo institucionalmente sino también económicamente. Tanto nuestro ingreso como el consumo por habitante se desplomaron 80 por ciento con relación a los de 1978, y los salarios 70 por ciento.
Los tres gobiernos de la corta primavera democrática comenzaron a restaurar con éxito tanto nuestra institucionalidad como la economía. Tan es así que durante este periodo el ingreso y el consumo por habitante crecieron a un promedio anual de 6.5-7 por ciento, y los salarios 3.5 por ciento. Sin embargo, desde que los nuevos filibusteros tomaran el poder por segunda vez nuestro crecimiento ha disminuido considerablemente con el ingreso y el consumo por habitante aumentando a tasas anuales de apenas 2.5 por ciento y los salarios creciendo solo 1.5 por ciento.
Por lo que, después de 47 años, tanto nuestro ingreso como el consumo por habitante son todavía algo menores que los de 1978 y, peor aún, los salarios menos de la mitad de los de 1978. Esto, aparte de ser un indicador del bienestar de la población y de nuestras desigualdades, confirma que lo que ha sostenido nuestro consumo y en gran parte la economía en los últimos años ha sido las remesas que con mucha nostalgia y esfuerzo envían nuestros expatriados.
Por otra parte, y para darle al César lo que es del César, los indicadores de expectativa de vida y mortalidad infantil son actualmente mejores que los de 1978, y la tasa de alfabetización también ha mejorado estadísticamente. Digo estadísticamente ya que la educación se ha politizado y su calidad ha bajado.
Y para finalizar, otro indicador que desafortunadamente muestra no solo nuestro estancamiento sino también nuestro retroceso es que mientras en 1978 el ingreso costarricense por habitante era dos veces mayor que el nuestro, hoy es seis veces mayor. Asimismo, el Banco Mundial acaba de publicar que mientras desde el 2005 nuestra economía se mantiene estancada en el grupo de países de ingresos medio-bajo, la economía costarricense ascendió el año pasado del grupo de ingresos medio-alto al de ingresos altos.
Mi intención al escribir este artículo y presentar estas consideraciones y datos no es defender a los Somoza (de los cuales para que conste fui amigo personal del último) ni insinuar que todo estaba bien en sus tiempos, ni mucho menos justificar sus encarcelamientos, ni tampoco alabar a nuestro estimable vecino del Sur, sino que para que nuestra juventud conozca la verdad ante la gran mentira que, entre otras, les cuentan los filibusteros.
También quise rendir un tributo a los jóvenes idealistas de ambos bandos de mi generación (entre los somocistas también había jóvenes que deseaban construir una patria más justa y democrática) que sacrificaron sus vidas por un ideal que les robaron los filibusteros.
Y finalmente decirle a nuestra Nicaragüita que ahora que ya no es libre yo la quiero mucho más.
El autor es bachiller del Colegio Centro América de Granada
1.Publicado el 28 de junio en este diario.
2.Los datos que se presentan sobre el ingreso y consumo por habitante y salarios son calculados en dólares actuales, o sea ajustados por la inflación, para que sean comparables.
3.Los datos se pueden confirmar en los portales del Banco Central de Nicaragua, del Banco Mundial, y del Fondo Monetario Internacional.