“El Sembrador que no se cansa”

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

Queridos hermanos y hermanas:

A partir de este domingo, durante tres semanas consecutivas, escucharemos en la liturgia el capítulo 13 del evangelio de Mateo, en el que el evangelista ha reunido varias parábolas narradas por Jesús. Las parábolas son pequeños relatos llenos de sencillez y sabiduría, dirigidos al corazón y nacidos del contacto de Jesús con la naturaleza y la vida ordinaria. Son comparaciones llamativas que despiertan la curiosidad y desafían el ingenio de los oyentes, invitándolos a descubrir un sentido oculto y sorprendente que se esconde tras ellas.

Este domingo hemos escuchado la primera de estas parábolas, la conocida parábola del sembrador, que habla de un campesino que sale muy temprano de su casa a sembrar en el campo. Es un sembrador entusiasta que confía en la eficacia de la semilla que siembra y comienza a esparcirla por todas partes, sin preocuparse por elegir el terreno antes de sembrar.

Este sembrador no es un sembrador cualquiera. Es el Sembrador por excelencia, un sembrador optimista y generoso, quien espera que, a pesar de las piedras y las espinas del egoísmo y la maldad humana, la semilla de su palabra llegue a dar fruto. Este sembrador es un soñador que ve vida en todas partes y está convencido de que incluso un matorral puede convertirse en un jardín. Este sembrador es Dios, y el terreno en el que siembra somos nosotros. En efecto, San Pablo dice que “somos campo de Dios” (1 Cor 3,9), sobre el cual él siembra su palabra.

Es hermosa la imagen de un Dios campesino que siembra en el campo del mundo y en nuestro corazón, con la seguridad de que su esfuerzo no será inútil. Un día todas las semillas sembradas por Dios llegarán a florecer. Jesús, la Palabra eterna de Dios hecho hombre, es la semilla que Dios sigue esparciendo en el mundo. Como el pequeño grano de trigo que cae en tierra y muere para dar mucho fruto, Jesús ha muerto y resucitado llenando de vida, de luz y de esperanza el mundo entero.

En la parábola del sembrador, Jesús se describe a sí mismo. Como sembrador entusiasta, Jesús anunció sin cansarse la bondad de Dios, esparciendo esperanza, devolviendo la salud a los enfermos, contagiando de alegría a los tristes, acogiendo con misericordia a los pecadores, sin hacer distinciones, sin excluir a nadie y sin desanimarse ante el rechazo y la cerrazón de los hombres. Jesús anunció el Evangelio no solo a quienes lo acogían gustosos, sino también a quienes lo rechazaban.

Aunque Jesús sabía que se perdería gran parte de la semilla, pues no todos los terrenos la iban a acoger, nunca se desanimó ni dejó de sembrar. Así fue y así es Jesús. Sabe que siempre habrá obstáculos y resistencias de nuestra parte, pero no por eso deja de comunicarnos su palabra, ni se cansa de sembrar su bondad y su gracia en nuestros corazones. Jesús no desprecia la imperfección de nuestras vidas ni pierde la confianza en que, con la fuerza de Dios, la semilla de la Palabra producirá mucho fruto.

Todos somos como tierras distraídas que dejamos que los pájaros nos roben la Palabra de Dios; somos terrenos llenos de espinas, esclavos de tantas cosas que nos amarran y nos hieren; somos tierra seca, inconstante y superficial. Sin embargo, al mismo tiempo, todos somos también tierra buena, sedienta de verdad y de amor, siempre capaz de dar vida a la semilla de Dios. Por eso, jamás debemos perder la esperanza, porque el Señor no se cansa de sembrar su vida y su amor en nosotros. Si respondemos con generosidad, nos volveremos tierra fecunda de la que brotarán milagros de vida, de amor y de verdad.

Dios conoce nuestro corazón y confía en nosotros. Dios ve posibilidades de bondad y de verdad en nuestras vidas que nosotros no podemos imaginar. Todos estamos heridos y opacos; podemos ser un campo superficial, duro y espinoso. Sin embargo, nuestra humanidad imperfecta sigue siendo apta para la semilla de Dios. Abandonémonos con fe en el Señor y pongamos nuestra confianza en la semilla que él siempre está sembrando en nosotros. El Evangelio, como dice San Pablo, es “fuerza de Dios” (Rom 1,16), que, de modo quizás discreto pero eficaz, está renovando el mundo y, a veces, de manera imperceptible, está cambiando la vida de cada uno de nosotros.

Jesús no busca campos perfectos, sino terrenos dispuestos a ser fecundos. Con el poder de su palabra, él remueve los suelos pedregosos, libera la tierra de las espinas, la fecunda con su amor y cuida con bondad de los retoños nuevos y frágiles. El Señor puede hacer de nuestros corazones una “tierra buena” (Mt 13,8) que produzca mucho fruto. Todos podemos ser la tierra fecunda y fértil que Dios espera que seamos. Respondamos al Señor con generosidad y decisión. La gratuidad de la semilla y la entrega de nuestra respuesta harán posibles frutos de amor y de verdad en nuestra vida.

También el campo de la historia de nuestros pueblos puede parecer estéril y duro. Podemos sentirnos a veces impotentes ante la crueldad prepotente de los poderosos que someten al pueblo o, peor aún, llegar a aceptar como normal la represión y el miedo. En otros momentos, podemos sentir que la lucha es inútil y que es mejor desistir. No perdamos la esperanza: no todo es piedras y espinas. Si entramos en nuestro interior, descubriremos que la sed de justicia no se ha apagado y que la llama de la libertad sigue ardiendo. Tampoco falta gente humilde en nuestro pueblo que sigue soñando, luchando y rezando por una sociedad nueva. Jesús sigue sembrando la semilla de la vida, de la verdad y de la libertad en nuestra historia. Esta es la semilla del futuro. Son los signos de la siembra de Dios que un día dará sus frutos.

Hay momentos en los que parece imposible cosechar, recoger frutos y ver resultados. Pero siempre es tiempo para sembrar. Para sembrar esperanza, misericordia y justicia, para sembrar con paciencia y sin desesperar. Los obsesionados con cosechar éxitos y ver resultados inmediatos pueden quedar defraudados. Lo que necesitamos hoy son sembradores. Necesitamos gente que siembre palabras de esperanza y gestos de compasión por todas partes, que vaya esparciendo semillas de confianza y granos fecundos de sacrificio y bondad.

En la parábola del sembrador, Jesús narra la humildad de un Dios que se inclina para sembrar vida en nosotros; nos habla de la bondad de un Dios que no viene exigente para recoger la cosecha de nuestros pobres campos, sino que es sembrador incansable de nuestros caminos empedrados y de nuestros terrenos espinosos. No perdamos la confianza en el Dios sembrador, que nunca se cansa de nuestra aridez y no deja de esperar que de entre nuestras piedras y espinas surjan siempre brotes de amor y de vida.

SILVIO JOSÉ BÁEZ, o.c.d.

Obispo auxiliar de Managua

Opinión homilía dominical libre Monseñor Silvio Báez
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí