Juego limpio en crisis. La violencia de jugadores y la permisividad arbitral empañan la Copa Mundial de Futbol

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El futbol es, por definición, un deporte de contacto. Nadie espera un partido sin choques, disputas cuerpo a cuerpo o barridas por el balón. Jalones de camiseta, empujones moderados, cargas hombro con hombro y zancadillas accidentales forman parte de la naturaleza del juego. Sin embargo, una cosa es el contacto físico propio del deporte y otra muy distinta son las agresiones deliberadas: codazos, patadas a las pantorrillas, pisotones, golpes sin balón y otras acciones que ponen en riesgo la integridad física de los jugadores.

La Copa Mundial de la FIFA 2026, organizada conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, está dejando un sabor agridulce en este aspecto. Al extraordinario nivel técnico y al espectáculo deportivo se contrapone una preocupante percepción de aumento del juego sucio y, sobre todo, de permisividad arbitral frente a numerosas infracciones que deberían ser sancionadas con mayor severidad.

A lo largo de los partidos disputados en las tres sedes mundialistas se observa un patrón repetitivo: abundan los empujones, los abrazos para impedir avances, los jalones de camiseta, las zancadillas tácticas, los codazos y los pisotones. Muchas de estas acciones apenas reciben una advertencia verbal o, sencillamente, quedan sin sanción.

Impunidad incentiva incumplir las reglas

La consecuencia es evidente: cuando los jugadores perciben que las infracciones no son castigadas, aumenta la tentación de reincidir. La impunidad termina convirtiéndose en un incentivo para violar las reglas.

Las Reglas de Juego de la FIFA establecen con claridad que el objetivo principal del reglamento es proteger la integridad física de los futbolistas, garantizar el juego limpio y asegurar condiciones equitativas para ambos equipos. No obstante, esta filosofía parece perder fuerza cuando muchas acciones violentas pasan inadvertidas o reciben sanciones insuficientes.

Uno de los aspectos más positivos de este Mundial ha sido la incorporación de pausas obligatorias para la hidratación. Esta medida reconoce el enorme desgaste físico que exige el futbol moderno y constituye un avance importante en la protección de la salud de los jugadores.

Sin embargo, resulta paradójico que mientras la FIFA muestra sensibilidad frente a los riesgos derivados del calor extremo, el arbitraje parezca mostrar una tolerancia excesiva hacia conductas violentas que también ponen en peligro la salud de los futbolistas. Proteger a un jugador del calor y, al mismo tiempo, permitir reiteradas entradas temerarias durante los noventa minutos transmite un mensaje contradictorio.

¿Se normaliza el juego sucio?

Lo más preocupante quizá no sea la existencia de faltas violentas, sino la aparente normalización de ese comportamiento. Muchos futbolistas protestan constantemente las decisiones arbitrales, simulan faltas, buscan perder tiempo deliberadamente y recurren al contacto ilegal como un recurso táctico aceptado. En algunos encuentros se observa una actitud casi desafiante hacia el reglamento. Las infracciones dejan de ser excepcionales para convertirse en parte de la estrategia.

Un episodio particularmente llamativo ocurrió durante el partido entre Paraguay y Francia: el árbitro marcó con aerosol la ubicación exacta del balón para ejecutar un tiro libre y se dirigió posteriormente hacia otra zona del terreno. Acto seguido, un jugador paraguayo borró deliberadamente la marca y colocó el balón donde le resultó más conveniente.

Más allá de la ventaja deportiva que pudiera obtener, el hecho constituye una falta de honestidad y un abierto desafío a la autoridad arbitral. Lo más inquietante es que acciones de este tipo suelen pasar casi inadvertidas entre jugadores, comentaristas y aficionados, como si formaran parte natural del espectáculo.

El cambio cultural alrededor del juego físico también se refleja en algunas declaraciones de figuras internacionales. El delantero francés Kylian Mbappé resumió esa mentalidad al afirmar: «Pensaban que íbamos a jugar de esmoquin, pero sabemos jugar el futbol sucio», y, «Demostramos que no somos solo un equipo ofensivo. Si hay que meter las manos en la mierda, las vamos a meter».

Y concluyó: «Nosotros también sabemos jugar el futbol sucio».

Estas expresiones pueden interpretarse como una metáfora competitiva. Sin embargo, también reflejan hasta qué punto el juego sucio ha llegado a considerarse un componente legítimo de la estrategia futbolística cuando el arbitraje no impone límites claros.

¿Hoy es más violento el futbol?

Las Reglas de Juego son muy precisas respecto al comportamiento que deben mantener los futbolistas. Entre las acciones sancionables se encuentran: dar o intentar dar una patada; golpear o intentar golpear; empujar violentamente; sujetar al adversario; escupir; morder; lanzar objetos; realizar entradas temerarias o con fuerza excesiva; poner en peligro la integridad física del rival. Los jugadores también deben abstenerse de insultar, intimidar, provocar o realizar gestos ofensivos y discriminatorios.

La finalidad del reglamento no consiste únicamente en decidir quién gana un partido. Su verdadero propósito es preservar la seguridad de los jugadores y promover el respeto entre adversarios.

Existe la percepción de que el futbol actual atraviesa una etapa especialmente agresiva. Sin embargo, históricamente el deporte fue incluso más duro durante las décadas de 1950, 1960 y parte de los años setenta, cuando las reglas eran menos estrictas y los árbitros permitían entradas que hoy serían motivo de expulsión inmediata.

En realidad, el reglamento moderno protege mucho más al futbolista que hace medio siglo. Entonces, ¿por qué hoy parece existir más violencia? Hay varias razones: la televisión de alta definición muestra cada contacto desde múltiples ángulos; la velocidad del juego ha aumentado considerablemente; los jugadores poseen mayor fortaleza física; y los enormes intereses económicos incrementan la intensidad competitiva. Todo ello hace que los choques resulten mucho más espectaculares para el espectador.

No se trata de convertir el futbol en un deporte sin contacto. Tampoco de sancionar cada roce. El verdadero problema radica en la inconsistencia del arbitraje. Mientras unas faltas reciben tarjeta inmediata, otras muy similares quedan completamente impunes. Cuando esa percepción de desigualdad se instala entre los jugadores, las infracciones aumentan.

Se pierde parte de su función social del futbol

Las tarjetas amarillas y rojas no fueron creadas únicamente para castigar; también cumplen una función preventiva y pedagógica. Su aplicación oportuna protege la integridad física de los futbolistas y desalienta la reincidencia.

Millones de niños y jóvenes siguen cada partido del Mundial y aprenden observando a sus ídolos. Cuando un futbolista protesta agresivamente, engaña al árbitro, simula una falta o recurre sistemáticamente al juego sucio sin recibir consecuencias, el mensaje educativo es profundamente negativo.

El futbol posee un enorme valor formativo precisamente porque tiene el potencial de enseñar disciplina, respeto a las reglas, trabajo en equipo y honestidad. Cuando estos principios se debilitan, el deporte pierde parte de su función social.

La Copa Mundial 2026 ha demostrado, una vez más, la extraordinaria calidad del futbol contemporáneo. Pero también deja abierta una reflexión ineludible: la intensidad del juego nunca debe convertirse en una excusa para tolerar la violencia. El contacto forma parte del futbol; la agresión, no. Y cuando las faltas quedan sin castigo, la impunidad termina convirtiéndose en la principal enemiga del juego limpio.

El autor es periodista jubilado nicaragüense.

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