“Al principio de todo no hubo soledad, sino comunión”

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Homilía de la Solemnindad de la Santísima Trinidad
Queridos hermanos y hermanas: 

Este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, que nos invita a contemplar y adorar la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: una vida de comunión y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de toda criatura, revelada a nosotros en Jesucristo a través del Espíritu Santo.  

En la primera lectura hemos escuchado un hermoso texto del libro del Éxodo. Mientras el pueblo permanecía en las faldas del monte Sinaí, Moisés subió a la cima y el Señor pasó ante él pronunciando su nombre santo: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel” (Ex 34,5b-6). Estas palabras que Moisés escuchó en el monte son el nombre de Dios para siempre. Dios es compasivo y misericordioso, paciente y rico en amor y fidelidad. Él desea infundir paz en nuestros corazones inquietos y nos asegura su presencia amorosa como fuente de vida y de esperanza.  

Al oír el nombre de Dios, Moisés se cubrió el rostro, se postró y oró diciendo: “Que el Señor camine con nosotros, aunque este sea un pueblo de corazón duro” (Ex 34,9). El Señor acogió su oración, perdonó la infidelidad del pueblo y decidió caminar con él. Dios camina con nosotros. No estamos solos. Dios ha querido empolvarse los pies al caminar por nuestros caminos y estar siempre a nuestro lado. No temamos. Dios no es un ser poderoso que nos mira desde lejos; no es un individuo encerrado en sí mismo que permanece aislado, ni tampoco alguien indiferente ante nuestras luchas y dificultades. Dios es amor. 

En el Sinaí, todo el esfuerzo de Moisés al subir al monte habría sido inútil si el Señor no hubiera descendido. Dios es el Dios que baja a nosotros. Bajar es la Encarnación, bajar es la cruz, bajar es habitar en nuestro corazón. La grandeza de Dios no está en exigirnos que subamos hasta él, sino en que él, por amor, desciende hasta nosotros. “Dios muestra su grandeza abajándose”, decía santa Teresa de Lisieux.  

De este Dios le habla Jesús a Nicodemo en el evangelio de hoy, cuando este llega a buscarlo de noche, quizás con el interés académico de un maestro religioso que quiere discutir sobre el misterio de Dios (cf. Jn 3,1). Jesús lo escucha con atención y le habla de un Dios que, con su Espíritu, puede transformar la vida y hacernos empezar siempre de nuevo (Jn 3,2-8). 

No le responde con una disertación sobre la trascendencia y la grandeza divina, sino que le revela lo esencial del misterio divino: el amor. “Iluminó su noche con la verdad de la fe” (León XIV, Ángelus, 31/5/2026), con aquellas inolvidables palabras que todos conocemos: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3,16). Dios no ha enviado a su Hijo para condenarnos ni para complicarnos la vida, sino para darle sentido y llevarla a su plenitud en el amor. 

Este es nuestro Dios. Padre, Hijo y Espíritu Santo. No es un individuo aislado en su soledad ni alguien encerrado en sí mismo. Dios es amor, es comunión, es una relación amorosa que se expande hasta nosotros. Dios es un abrazo eterno que nos ha alcanzado para introducirnos en su amor infinito. Al principio de todo no existió la soledad de un individuo, sino la comunión de tres personas eternas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El principio fundamental del universo y de cada criatura es la comunión, la relación, el encuentro. 

La Santísima Trinidad nos revela la plenitud de nuestra condición humana: hemos sido creados para la comunión. Como dijo el Papa hoy en el Ángelus, la Santísima Trinidad “nos hace sentir en casa”. Nuestra casa es el amor. En la Trinidad se realiza de forma única y sublime la naturaleza del amor al que estamos llamados: unidad sin confusión, distinción sin separación. Quienes se aman de verdad son distintos, pero tienden a la relación, a la cercanía, a la intimidad. Al mismo tiempo, quienes viven unidos en el amor permanecen siempre distintos, sin que ninguno absorba ni domine al otro. 

Creer en la Santísima Trinidad no es algo abstracto, sino la mayor inspiración para un estilo de vida diferente. Quienes creemos no nos enredamos en las trampas de nuestro egoísmo ni permanecemos indiferentes ante las necesidades de cada persona. A todos los tratamos con respeto y apreciamos las diferencias entre las personas. No nos imponemos por la fuerza, sabemos escuchar, no ofendemos. Buscamos el diálogo, ofrecemos oportunidades y respetamos los derechos y la dignidad de los demás. Viviendo de este modo, mostramos nuestra fe en el Dios que es amor y se nos ha revelado como Trinidad Santísima. 

En la vida social y política, la fe en un Dios que es comunidad trinitaria de amor inspira un estilo de convivencia basado en la comunión, la participación y la solidaridad. Quienes creemos en la Trinidad nos comprometemos a construir una cultura de la comunión, fundada en la inclusión, el respeto y la participación de todos. La fe en la Trinidad nos impulsa a rechazar la lógica de la división, la polarización, el desprecio por la diversidad y la exclusión de las minorías. 

Al contemplar el misterio de la Santísima Trinidad como misterio de amor, de unidad y de libertad, comprendemos cuán lejos de Dios están la crueldad y el cinismo de los dictadores que, por más que invoquen su nombre, destilan odio, multiplican víctimas humanas y pretenden endiosarse valiéndose de la violencia y la represión. Son poderes envejecidos, cegados por su ambición, destinados a la destrucción. 

Como dijo el Papa esta mañana, la fiesta de la Santísima Trinidad es la fiesta de Dios, que es nuestra fiesta. Una fiesta que nos infunde alegría, confianza y esperanza. Dios es el Misericordioso y Compasivo que se reveló a Moisés como un amor lleno de ternura y fidelidad. Dios es el Hijo que el Padre nos ha dado para que sea nuestro camino hacia la vida y para que nos libere de toda esclavitud con su amor redentor. Dios es la presencia discreta e interior del Espíritu que, como viento suave, nos consuela y nos hace capaces de amar a todos como hermanos, susurrándonos al corazón aquellas palabras de san Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. 

Que la Virgen María, santa morada de la Trinidad, elegida por el Padre para ser Madre de su Hijo por acción del Espíritu Santo, nos ayude a acoger el misterio divino del amor y a vivirlo cada día de nuestra vida. 

Silvio José Báez, o.c.d. 
Obispo auxiliar de Managua 

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