Por qué el desarrollo no previene la guerra

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En 1949, el presidente estadounidense Harry S. Truman expuso una visión audaz que marcaría la política mundial durante generaciones. Sostuvo que la pobreza no era simplemente una preocupación humanitaria, sino una amenaza para la paz misma, y que el desarrollo era la solución. La lógica era convincente por su sencillez: elevar el nivel de vida reduciría el riesgo de conflicto. Con el paso de los años, el modelo lineal que presentaba el desarrollo como el camino hacia la estabilidad se convirtió en el fundamento intelectual de la ayuda internacional.

Hoy, sin embargo, el mundo luce muy diferente. Los conflictos violentos han alcanzado niveles no vistos desde la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que la pobreza extrema ha caído a mínimos históricos. En conjunto, estas tendencias sugieren que es hora de reevaluar el modelo de desarrollo lineal y su lógica subyacente.

La opinión generalizada, tal como se articula en la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, sostiene que el conflicto socava el desarrollo, mientras que la pobreza y la desigualdad lo alimentan. Este planteamiento implica que el progreso en un frente refuerza el otro, lo que permite a los responsables políticos presentar la ayuda al desarrollo como un imperativo moral y una inversión estratégica que promueve un círculo virtuoso de prosperidad y paz.

Pero esa visión siempre se ha basado más en suposiciones que en pruebas. Si bien un creciente número de investigaciones empíricas ha documentado los efectos devastadores de los conflictos en la producción económica, el capital humano y la capacidad institucional, el vínculo entre desarrollo y paz ha resultado mucho más difícil de establecer.

¿Qué tan fuerte es la relación causal entre desarrollo y estabilidad geopolítica? Mi reciente investigación ofrece una respuesta aleccionadora y revela una asimetría sorprendente. Cuando estalla un conflicto, sus efectos sobre el desarrollo son profundos y duraderos. El tiempo promedio que tarda el daño en reducirse a la mitad —lo que los economistas llaman su “vida media”— es de casi ocho años.

Por el contrario, los efectos pacificadores del desarrollo son fugaces. Los resultados del desarrollo en materia de conflictos tienen una vida media de aproximadamente 13 meses. En dos años, cualquier reducción medible en la intensidad del conflicto prácticamente desaparece.

Esta asimetría refleja la magnitud del daño que causan los conflictos armados. La guerra no solo perturba los medios de subsistencia y los servicios públicos; aniquila bienes que tardaron generaciones en construirse: infraestructura física, capital humano, instituciones que funcionan y la confianza social básica que posibilita la acción colectiva. Las intervenciones de desarrollo funcionan de manera diferente. Las transferencias monetarias, las clínicas y los sistemas de riego pueden mejorar la vida de las personas y aliviar las quejas, pero rara vez transforman las condiciones políticas subyacentes que perpetúan la violencia, y mucho menos a escala global.

Las implicaciones políticas son de gran alcance. Si el desarrollo solo produce reducciones efímeras de la violencia, entonces la justificación de la ayuda al desarrollo como herramienta de prevención de conflictos es más débil de lo que se suele suponer. Esta es una conclusión incómoda para las instituciones que durante mucho tiempo han justificado los presupuestos de ayuda por motivos de seguridad.

Sin duda, el argumento de que invertir en desarrollo hoy ayuda a evitar los costos mucho mayores de la guerra mañana no es del todo erróneo. Existen pruebas de que la ayuda a las zonas afectadas por conflictos puede reducir la violencia, aunque los efectos suelen ser modestos y no siempre estadísticamente sólidos. Pero si bien el gasto en desarrollo se justifica por razones humanitarias y éticas, independientemente de las implicaciones estratégicas, la evidencia no respalda la afirmación de que la inversión sostenida pueda prevenir o resolver de manera fiable los conflictos armados.

Lo que sí demuestran las pruebas es lo contrario: el desarrollo sostenible depende de la paz en mucha mayor medida de lo que reconocía el paradigma de la era Truman. Prevenir los conflictos genera enormes beneficios para el desarrollo, ya que cada año sin guerra preserva años de progreso que de otro modo se perderían. Las inversiones en la prevención de conflictos —incluidos los acuerdos políticos, los acuerdos de reparto del poder y los procesos de paz creíbles— no sustituyen el gasto en desarrollo, sino que son condiciones previas para este.

Por consiguiente, debemos replantearnos la teoría del cambio que sustenta actualmente la economía del desarrollo. En los países en desarrollo asolados por la desconfianza, la deficiencia de los servicios y la violencia recurrente, la estabilidad política y la legitimidad del Estado deben ser prioritarias. Solo una vez establecidas estas bases, la reforma institucional y el gasto sostenido en desarrollo podrán generar resultados tangibles.

Nada de esto implica que Truman se equivocara al afirmar que la pobreza representa una amenaza para la paz mundial. Sin embargo, la relación causal es más compleja, asimétrica y contingente de lo que suponía el modelo lineal predominante. Si bien el desarrollo puede contribuir a mantener la paz, es mucho menos eficaz para crearla.

Reconocer esta distinción no significa, obviamente, abandonar la búsqueda del desarrollo. Más bien, exige un análisis honesto de las limitaciones del modelo actual y sentar las bases para un enfoque más realista y eficaz de las políticas de desarrollo.

El autor fue vicepresidente del Banco Africano de Desarrollo, es director de investigación del Centro Nacional Francés de Investigación Científica e investigador sénior de la Escuela Kennedy de Harvard.

Copyright: Project Syndicate, 2026.
www.project-syndicate.org

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