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El rifirrafe verbal que hubo a principios de esta semana entre el presidente estadounidense Donald Trump y el papa León XIV, acerca de la guerra en Irán, dejó como saldo positivo una mejor comprensión de la relación de la Iglesia católica con la política.
Esto es muy importante en países donde la religión católica es mayoritaria y el liderazgo espiritual y moral de la Iglesia es muy fuerte y respetado. Especialmente en Nicaragua, donde por ese liderazgo la Iglesia católica ha sido acusada por la dictadura de haberse involucrado en la lucha política por el poder, incluso de encabezar en 2018 un intento de golpe de Estado. Una falsedad para justificar la represión implacable y feroz que sufre desde entonces la Iglesia católica de Nicaragua.
Pero también es importante tener claro el tema de la relación de la Iglesia católica con la política, en circunstancias en que un cura lidera en Estados Unidos (EE. UU.) un esfuerzo de unión de los numerosos grupos de nicaragüenses opositores exiliados, que luchan para sacar del poder a la dictadura.
Como una contribución al esclarecimiento de la relación de la Iglesia católica con la política, el excanciller de Nicaragua, Norman Caldera Cardenal, publicó el sábado 11 de abril corriente en LA PRENSA un excelente artículo en el cual explica que “la presencia del clero en la vida pública ha sido constante, pero no homogénea. No todos los sacerdotes que intervienen en asuntos nacionales lo hacen de la misma manera ni con la misma intención. Existen, en realidad, dos modelos muy diferentes: el del pastor profético, que acompaña y orienta a su pueblo desde la autoridad moral, y el del político‑clerical, que busca convertirse en actor directo de la lucha por el poder”.
Explica el excanciller Caldera que “el modelo pastoral‑profético es el más coherente con la tradición cristiana. Se caracteriza por una presencia pública que no nace de la ambición, sino de la responsabilidad moral y del amor al prójimo. El pastor profético acompaña al pueblo en sus dolores y esperanzas, denuncia los abusos y las violaciones a sus derechos, consuela a los vulnerables y recuerda a las autoridades sus límites éticos y morales. Su palabra no busca votos ni cargos: busca despertar conciencias y fomentar comportamiento cristiano. Su fuerza proviene de la coherencia entre su vida y su mensaje, no de su capacidad de movilización política. En este modelo, el sacerdote no pretende sustituir a las instituciones civiles, sino recordarles su razón de ser. Su distancia del poder es precisamente lo que le permite hablar con libertad”.
Lo escrito por el excanciller Caldera se aplica tanto a la política nacional como a la internacional. Con esa visión pastoral-profética se ha pronunciado el papa León XIV sobre la mayor crisis que sufre la humanidad actualmente, como es la guerra en el Medio Oriente. Una visión que necesariamente es distinta, incluso opuesta, a la posición del presidente Donald Trump que es estrictamente política materialista y manifiesta la cruda lucha por el poder, en este caso en la geopolítica mundial.
Respecto al claro y comprensible desacuerdo del presidente Trump con el papa León XIV por el tema de la guerra en Irán, el arzobispo de Miami, monseñor Thomas Wenski, dijo el lunes de esta semana en una entrevista de prensa publicada en el Miami Herald, que en sus opiniones sobre la guerra en Irán “el papa no tiene que agradar a nadie excepto al Señor”. Y agregó que algunas personas se molestarán con lo que dice el papa, pero la verdad es que este “no busca reacciones de una u otra manera”.
“Como líderes religiosos debemos ser políticos, pero no partidistas”, expresó monseñor Wenski. Y al respecto aclaró que “la política trata de cómo organizamos la sociedad… y la Iglesia tiene algo que decir sobre de qué maneras podemos organizar la sociedad para aumentar el florecimiento humano”.
En realidad, no tiene nada de raro ni debe de ser escandaloso que el papa hable críticamente de un problema de interés público mundial. Ni que el presidente Trump, o cualquier otra persona, opine sobre lo dicho por el papa e incluso lo contradiga.
La libertad de pensamiento y de palabra es una conquista superior de la civilización occidental y cristiana, y uno de sus mayores aportes a las otras civilizaciones del mundo. Sin embargo, algunos se escandalizan con ella y otros incluso la prohíben y persiguen a muerte. Como lo hacen los incivilizados y retrógrados codictadores de Nicaragua.