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“Tenés que entender que yo tenía que hacer esto porque prefiero comerme un balde de mierda antes que un balde de sangre”, le dijo Jaime Morales Carazo al comandante de la Contrarrevolución, Luis Moreno, mejor conocido como Mike Lima, cuando este le reclamó por qué presionó la firma de los acuerdos de Sapoá en marzo de 1988 sin consultar con los demás dirigentes y aceptando entregar las armas.
“!No me jodás! Acaso vos has puesto la sangre en esta guerra”, le respondió Mike Lima. “Yo estaba muy molesto con él”, recuerda sobre los acuerdos de Sapoá en los que Morales Carazo fue el jefe negociador por la parte de la Contra, pero que a criterio de este comandante antisandinista no fueron más que “una trampa en la que nosotros caímos”.
El también comandante contra, Luis Fley, coincide con el criterio de Mike Lima. “De él (Morales Carazo) salió que la Contra dejara de recibir ayuda militar (de Estados Unidos)”, relata. Los contras no querían aceptar aquel acuerdo porque temían que los sandinistas no cumplieran su parte, se robaran las elecciones y ellos quedaran desarmados.

Jaime Morales Carazo era entonces un reconocido banquero y empresario nicaragüense. Asesoraba al directorio de la Contra y fue el jefe negociador de aquellos acuerdos que significaron el primer paso para el final de la guerra con las elecciones de 1990 que ganó doña Violeta Barrios de Chamorro.
Sus propiedades fueron confiscadas por los sandinistas, incluyendo su casa en reparto El Carmen que terminó en manos de Daniel Ortega y Rosario Murillo hasta estos días. Sin embargo, años más tarde, se convirtió en pieza clave del pacto Ortega-Alemán que llevó al caudillo sandinista a regresar al poder en 2007; perdonó el robo de su casa y apareció como el vicepresidente de Ortega.
Actualmente tiene 89 años, sigue siendo funcionario en el Parlamento Centroamericano (Parlacen) y la dictadura anunció que le entregará el próximo 9 de febrero la primera medalla de la “Reconciliación y la Paz Cardenal Miguel”, creada por el régimen en honor a su antiguo aliado político, el fallecido arzobispo de Managua Miguel Obando y Bravo.
Al anunciarlo, Rosario Murillo describió a Morales Carazo como “magnífico ejemplo de la cultura de reconciliación y paz del pueblo y el Estado nicaragüense”.
Mike Lima, por su parte, dice que Morales Carazo es un hombre megalómano que “se cree dueño de la verdad”, sobre todo por sus libros en donde ha escrito cosas que le parecen exageración.
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Aparte de eso, Mike Lima reconoce en Morales Carazo a una persona “inteligente, astuta y sagaz” en asuntos políticos. “Hemos sido muy buenos enemigos y muy buenos amigos también”, señala.
Una oficina en Miami
Entre los contras se maneja que para los Acuerdos de Sapoá fue que inició la relación de Morales Carazo con los sandinistas. Un exfuncionario del régimen de Ortega que solicita no ser citado coincide. “Yo me imagino que buscaban infiltrarse (en la Contra) y a lo mejor le ofrecieron un trato que no pudo rechazar”, señala la fuente.
En su libro La Contra, Jaime Morales Carazo relata que se involucró con la guerrilla de la Resistencia Nicaragüense en 1985 “por principios y repudio a lo que hacían los sandinistas en Nicaragua. Animado de ideales, pretendía contribuir con conocimientos y experiencias. Con mente y corazón abierto. A dar y no recibir”.
También apunta que escogió trabajar en la montaña con los contras. “Escogí el terreno duro y peligroso de los hechos y no la comodidad de una oficina de la Resistencia en Miami, en un penoso derroche de recursos humanos y materiales”, escribió.
Sin embargo, Mike Lima asegura que conoció a Morales Carazo en la calle 36 de Miami, cerca del edificio Vanidad. Ahí, los contras tenían una casa de dos pisos que funcionaba como oficina de operaciones y en donde llegaba Morales Carazo como parte de los asesores del grupo armado.

“Ahí se mantenían todos los que servían como asesores”, explica Mike Lima, quien leyó el libro de Morales Carazo y dice que exagera en muchas cosas porque se pone como “el gran héroe”.
Mike Lima recuerda que Morales Carazo era conocido para entonces como “un hombre con una experiencia bancaria enorme, con habilidad y que conoce a toda la gente importante en Nicaragua”.
Jaime Morales Carazo nació el 10 de septiembre de 1936. Es hijo del doctor Carlos A. Morales y Anita Carazo Arellano. Estudió en el Colegio Centro América y compartió aula de clases con Edén Pastora. “Nos unió una fraternal amistad que aún perdura, pese al tiempo y las posiciones políticas”, escribió en su libro sobre el Comandante Cero.
Desde joven se involucró en las actividades económicas del país y fue uno de los fundadores de la Universidad Centroamericana (UCA) y de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas. También figura como fundador del Instituto Centroamericano de Administración de Empresa (Incae) y del Instituto Tecnológico Nacional (Intecna) de Granada.
Además colaboraba con la Cruz Roja Nicaragüenses y fue columnista del Diario LA PRENSA, entre 1968 y 1978. Según relata en sus libros, Morales Carazo llegó a tener buena relación con el director mártir Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, así como con el poeta Pablo Antonio Cuadra.

Con la llegada de los sandinistas al poder, en julio de 1979, se fue a Honduras y posteriormente a México con su esposa mexicana Amparo Vásquez. Fue entonces cuando le confiscaron sus propiedades y la casa quedó en manos de los Ortega Murillo.
Por ser empresario y académico tenía una fama de “noble”, recuerda Mike Lima, así que cuando Adolfo Calero lo llamó para que fuera su asesor en el directorio de la Contrarrevolución nadie se opuso.
Luis Fley recuerda haberlo visto en los campamentos de la Contra en Honduras, junto a Calero, ya en 1986. Usaba el seudónimo de Tolentino Cifar y según explica él mismo en su libro, lo hacía como un homenaje a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y Pablo Antonio Cuadra.
Tolentino era el personaje de un cuento de Chamorro Cardenal que era un maestro que se metió a la política y terminó preso y recibiendo torturas, mientras que Cifar era un campesino y otro personaje de un poema de Pablo Antonio Cuadra.
Fley recuerda que Morales Carazo se presentaba como un empresario con inversiones en México. “Decía que no andaba buscando nada, solo colaborar y ayudar a la Contra con sus conocimientos”.
Reuniones secretas
El primer acercamiento de Morales Carazo con los sandinistas fue previo a las negociaciones de Sapoá, una madrugada de finales de noviembre de 1987 en el Hotel Cariari, en Costa Rica, asegura Mike Lima citando información que les dio la CIA. “Ahí cocinaron todo”, afirma.
Según lo que les dijo la CIA, insiste Mike Lima, en esa reunión secreta participaron por la Contra además de Morales Carazo, Adolfo Calero y Alfredo César, y por los sandinistas estaban Bayardo Arce y el mayor Ricardo Wheelock.
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En su libro La Contra, el mismo Morales Carazo hace referencia a otra “reunión secreta con líderes sandinistas”, pero se desmarca de ella y solamente menciona a Alfredo César porque este “fue sorprendido in fraganti por agentes de la seguridad costarricense que acompañaban como custodia a la delegación negociadora de la Contra en Managua, al entrar a altas horas de la noche subrepticiamente y saltando la barda del jardín trasero del Hotel Camino Real”.
Esa otra reunión secreta sucedió el 30 de abril de 1988, después de la firma de los acuerdos. “El caso fue público y con testigos. El mismo general Humberto Ortega, sin referirse caballerosamente a este incidente, manifestó públicamente que había tenido dos reuniones secretas con César”, detalla Morales Carazo.

Luis Fley, por su parte, señala que Morales Carazo era visto por los sandinistas como “alguien accesible para hablar con él. Y él con su manera locuaz, hizo buena relación con ellos. No sé hasta qué punto él les facilitaba las cosas o les transmitía información, pero a partir de Sapoá, él cambió de actitud, porque era muy crítico con el sandinismo”.
A Morales Carazo se le escuchó decir que a los sandinistas había que exterminarlos y que solo a balazos se les podía sacar del poder, pero a partir de aquellas reuniones “cambió bruscamente de tratar a los sandinistas como adversarios y se convirtió en un dócil con los sandinistas”, señala Fley.
Sapoá
Las reuniones en Sapoá se llevaron a cabo entre el 21 y el 23 de marzo de 1988. Estaban como mediadores y garantes el cardenal Miguel Obando y Bravo junto con el secretario general de la OEA, Joao Baena Soares. Por los sandinistas estaban: los hermanos Ortega, Lenín Cerna, Víctor Hugo Tinoco, Rafael Solís, Paul S. Reichler y Manuel Espinoza.
Mientras que por la Contra estaban: Alfredo César, Adolfo Calero, Arístides Sánchez, Arturo Salazar Barberena y Jaime Morales Carazo.
Los contras llegaron a aquella negociación con el objetivo de quitarles el Ejército a los sandinistas. “Eso como mínimo”, explica Mike Lima. Como los sandinistas no cedían y los contras tampoco, la negociación se estancó hasta que Morales Carazo habló en privado con Humberto Ortega “por varias horas”, dice Luis Fley.
“De ahí regresó con una posición de que había que acelerar y darse las firmas de los acuerdos. Eso causó malestar. No sabemos qué habló”, cuenta Fley. Lo que se firmó, entre otras cosas, era el desarme de la Contra en 100 días.
Fley recuerda que el máximo jefe militar de la Contra, Enrique Bermúdez, le reclamaba a Morales Carazo que en aquel encuentro no debió haberse firmado ningún acuerdo y que hizo falta consultar con el resto de los dirigentes contras.
“Prácticamente nos desarmó él, y Bermúdez quedó enemistado casi que a muerte con él”, valora Mike Lima. Ambos excontras coinciden en que después de Sapoá, Morales Carazo se alejó de la guerrilla y nunca más regresó a los campamentos en Honduras. “Tenía miedo de que lo palmáramos”, señala Mike Lima.
Sin embargo, Mike Lima no se atreve a llamarlo traidor, pero sí lo reconoce como un hombre astuto que supo jugar para su beneficio. “Para mí él es uno de los hombres que estratégicamente jugó con los sandinistas, con los contras y con todo mundo”, agrega.
La casa
El periodista Fabián Medina, en su libro El Preso 198, explica que tras el triunfo de la Revolución Sandinista, la familia Ortega Murillo se instaló en el Hotel Camino Real de Managua. No tenían una casa donde vivir y se quedaban ahí mientras los funcionarios de la Junta de Gobierno le conseguían una.
Varias de las propuestas que le hicieron no le gustaron a Ortega ni a Murillo, y terminaron instalándose un tiempo en casa del padre de Rosario, don Teódulo Murillo.

Aunque Ortega decía que no quería nada lujoso, “encuentran una que se ajusta a lo que Ortega busca, aunque estaba lejos de ser ‘sin lujos’: la casa de Jaime Morales Carazo, en residencial El Carmen, en Managua. Lo que Ortega buscaba era una casa que reuniera las condiciones de encierro que su carácter ermitaño exigía”, detalla Medina.
“Los Ortega Murillo encuentran la casa de Jaime Morales Carazo con todo el menaje e incluso la ropa de la familia, porque no le permitieron sacar nada cuando la confiscaron”, se lee en el libro.
Jaime Morales Carazo en otro de sus libros llamado Mejor que Somoza, ¿cualquier cosa?, relata que poco antes del triunfo sandinista viajó a México con su esposa y sus dos hijos para comprar medicinas, y pasar un tiempo de vacaciones en Estados Unidos.
Cuando estaba a punto de regresar “una amiga” cercana a la cúpula sandinista le advirtió que era mejor no volver a Managua, que su casa ya estaba confiscada y ocupada por la familia Ortega Murillo, que había cargos en su contra por ser supuestamente somocista, y que su sobrina, la guerrillera Ana Isabel Morales, lo andaba buscando para “ajusticiar (matar) a su tío burgués”.
“Así logré saber que ya me tenía un ‘inquilino’ de los más importantes del FSLN, que le había gustado ¡mucho! (la casa)”, escribió Morales en su libro.
Él ya tenía una idea de quién era Rosario Murillo, pues la conoció en LA PRENSA cuando él era columnista y ella secretaria de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. También conoció a su hermana Violeta Murillo, quien fue secretaria de él cuando era banquero en los años setenta.
Según Morales Carazo, se comunicó por teléfono con doña Violeta Barrios de Chamorro, que era miembro de la Junta de Gobierno, y le pidió ayuda para recuperar su casa. “Lo primero que me preguntó fue: ‘¿Por qué no has regresado?’ Le expliqué las causas y ella me contestó que no sabía absolutamente nada, mucho menos de ‘cargo’ alguno del FSLN en mi contra”.
En la conversación que sostuvo con doña Violeta Barrios, surgió la idea de que la esposa mexicana de Morales Carazo viajara a Managua para ver qué se podía hacer, pues al ser extranjera corría menos riesgo de ser apresada.
Vásquez llegó hasta la casa. Tocó la puerta y quien la recibió fue Rosario Murillo, que estaba usando una bata de baño que era de ella. Murillo la echó del lugar y se negó a regresarle la ropa, cuadros, joyas y demás pertenencias de la familia. “Así mi casa con su contenido, sin prueba, cargo, proceso o juicio alguno, pasó ‘revolucionariamente’ a manos de los Ortega Murillo”, escribió Morales Carazo.
La familia nunca recuperó su casa, pero un “acuerdo de caballeros” como el mismo Morales Carazo lo llamó en noviembre de 2005, le permitió establecer buenas relaciones con Ortega. Seis meses después, Ortega lo presentó como su compañero de fórmula para las elecciones de 2006 en las que resultó electo como vicepresidente y tiempo después, el dictador se mofó de la situación y dijo en público al presentar a Morales Carazo: “Mi casa es su casa”.
En aquella elección de 2006 fue cuando Daniel Ortega regresó al poder tras el pacto con Arnoldo Alemán, en el cual Morales Carazo tuvo parte activa y fue el artífice de la ecuación electoral que regresó al sandinismo al poder.

La fórmula de Morales Carazo
“Al final, Jaime Morales Carazo diseña la fórmula: se baja a 35 por ciento, siempre y cuando la distancia entre el primero y segundo lugar sea más del cinco por ciento. Que al final quedó como un guante hecho a la medida a lo que ocurrió en la elección última”, contó Dionisio Marenco a Fabián Medina, en El Preso 198.
Ese fue uno de los acuerdos alcanzados en el pacto entre el PLC y el FSLN, en el cual Morales Carazo negoció a favor de su ahijado Arnoldo Alemán, aunque después rompió con él y se pasó a la acera rojinegra.
Tras la salida del poder de los sandinistas en 1990, Morales Carazo regresó a Nicaragua y se plegó al liberalismo de Alemán. Incluso fue su jefe de campaña de cara a las elecciones de 1996.
Cuando Alemán llega al poder, nombra a Morales Carazo como asesor presidencial. La relación entre ellos era tan cercana que hasta fue el padrino de la boda con María Fernanda Flores.
Fue para entonces que Morales Carazo inició a negociar el pacto FSLN-PLC con Humberto Ortega, según contó Dionisio Marenco en El Preso 198. “Luego me incorporaron a mí por el lado del Frente y Alfredo Fernández por el lado de Alemán, porque Alfredo y yo somos amigos, y la negociación, el corazón de la negociación secreta, la manejamos entre cinco: Jaime (Morales), Alemán, Alfredo (Fernández), Daniel, y yo. Lo que ahí se acordaba después se llevaba a la Asamblea Nacional para su ratificación pública. Pero la negociación fue muy larga, 30 reuniones, una cosa así. Y nunca se filtró ninguna”, detalló.
El pacto, además de facilitar el regreso de Ortega a la Presidencia, garantizó la repartición de los poderes del Estado entre el PLC y el FSLN.
Con el tiempo, Morales Carazo rompió con Alemán por razones personales, recuerda Mike Lima. “Hablaba mal de Alemán porque decía que estaba loco”. Incluso, en su despacho, Morales Carazo tenía un retrato de Alemán con la leyenda “¡Cerdo!”, según relató el periodista Eduardo Marenco en un artículo publicado en 2003 en LA PRENSA.
Para entonces, Morales Carazo era diputado por el PLC y se hacía llamar sandinista “por Sandino y no por el FSLN”, aclaraba. En 2002, fue expulsado del PLC por disidencia y cinco años más tarde apareció como vicepresidente de Ortega.
Tras terminar su periodo en 2012, Morales Carazo ha continuado siendo parte del aparato estatal, ahora desde el Parlacen. Tras el estallido de la crisis política en 2018 llegó a lanzar críticas a la dictadura a través de sus redes sociales.
En septiembre de 2018 señaló a los opositores de inexpertos con “posiciones radicales e intransigentes, con ausencia de sensatez y realismo, intolerancias e irrespeto, junto a triunfalismos y exaltación de protagonismos, en aparente búsqueda de pronta notoriedad personal, vía los medios de comunicación, a base de retórica y confrontación verbalista, descuidando lo medular”.
Pero también señaló que los Ortega Murillo cometieron “muchos errores, excesos y omisiones, que minaron su aceptación popular e imagen internacional”.

Poco después, en diciembre de ese mismo año, criticó la “poca afortunada propuesta” de un dirigente de UNEN de reducir el 6 % de asignación presupuestaria para la UCA.
“No dudo que el presidente Ortega, aunque la recibió por deferencia y cortesía al dirigente estudiantil, seguramente no le dará curso, quedando como una expresión de irreflexiva parcialidad o exabrupto, lamentablemente huérfana de generosidad y solidaridad para con sus hermanos universitarios nicaragüenses. Igualmente estimo que correrá igual suerte en la Asamblea Nacional, en donde quedará sepultada en la tubería legislativa”, escribió Morales Carazo.
Ni lo uno ni lo otro. El régimen terminó reduciendo la asignación presupuestaria de la UCA, fundada por Morales Carazo, y peor aún, confiscándola para imponer otra universidad llamada Casimiro Sotelo, controlada por los sandinistas.
Incluso en julio de 2019, Morales Carazo se dejó ver con el expresidente Enrique Bolaños en ocasión de su cumpleaños número 91 en El Raizón. Ahí se tomó fotos con algunos miembros de la Alianza Cívica como Juan Sebastián Chamorro y Mario Arana, quienes sostenían una mesa de negociación con funcionarios de Ortega para encontrar una salida a la crisis política.
Los comentarios y críticas políticas de Morales Carazo han disminuido en los últimos años, aunque todavía es muy activo en redes sociales. A sus casi 90 años, continúa siendo aliado de Daniel Ortega y Rosario Murillo quienes lo premiarán en los próximos días.
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