Las armas atómicas que podrían exterminar a la humanidad

Los nicaragüenses, tanto los que sobreviven dentro del país como los que se encuentran en la diáspora y el exilio, viven (vivimos) abrumados por la difícil problemática económica, social y política nacional. Y más que todo por el peso de la férrea y asfixiante dictadura de Ortega y Murillo.

Pero hay vida más allá de Nicaragua. En otros lugares del mundo mucha gente sufre problemas iguales o peores, así como también existen graves amenazas globales que preocupan a toda la humanidad, o al menos a sus partes más conscientes y responsables. Problemas y asuntos de los que también debemos ocuparnos, así sea solo para tener una idea de lo que, para bien o para mal, está ocurriendo en el mundo.

Esta semana, la principal noticia de importancia internacional ha sido la expiración del Tratado para la Reducción de las Armas Estratégicas (SALT III, por su sigla en inglés), que los gobiernos de Estados Unidos (EE. UU.) y Rusia firmaron en abril de 2010 y entró en vigor en enero de 2011. Expiró porque ninguna de las partes tuvo interés en renovarlo.

La mayor trascendencia de dicho tratado acordado por las dos mayores potencias mundiales de esa época fue que como declararon sus dos presidentes (Barack Obama y Dimitri Medvédev), con dicho compromiso se ponía fin oficialmente a la Guerra Fría que había comenzado poco después de que terminó la II Guerra Mundial.

Sin embargo, la Guerra Fría renació a partir de que Rusia, presidida por Vladímir Putin, de manera agresiva e incluso mediante la guerra armada o caliente comenzó a restablecer el antiguo imperio ruso y soviético. Al mismo tiempo que China irrumpía como una nueva superpotencia mundial que inclusive desplazó a Rusia del segundo lugar y desafió la hegemonía global de EE. UU. Y también irrumpieron en el escenario global las llamadas potencias medias, algunas de las cuales también poseen ahora las poderosas armas de destrucción masiva que son las atómicas.

Las tres grandes potencias mundiales han recreado la Guerra Fría, porque su competencia no es solo económica, comercial, industrial y tecnológica, sino también por esferas de influencia geopolítica y respaldan sus pretensiones con la fuerza militar, incluyendo las armas estratégicas.

Se conoce, no por informaciones de los gobiernos sino por investigaciones de personas y organismos especializados, que en los arsenales de armas atómicas hay actualmente unas 12,241 ojivas nucleares, como se les llama a las partes delanteras de los misiles, torpedos o cohetes, en las que se aloja el explosivo atómico.

Ese arsenal atómico está distribuido entre nueve países, pero solo Rusia y EE. UU. poseen más o menos el noventa por ciento del total. Rusia tiene 5,500 ojivas nucleares y EE. UU. unas 5,044. Las otras 1,737 ojivas están en los arsenales de China, que tiene casi 1,000 y las demás están, repartidas de más a menos, en poder de Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel (que no reconoce ni niega tenerlas) y Corea del Norte.

Según los científicos y especialistas, bastaría hacer estallar de 100 a 300 ojivas nucleares, o sea apenas un 3 por ciento del arsenal total, para aniquilar a toda la humanidad. Así de pavorosa es la amenaza, pero de esto no se entera la mayor parte de la gente que se mantiene ocupada en sus propios problemas, que comparativamente son insignificantes, pero para ellas son lo único que importa.

Hasta ahora sólo EE. UU. ha usado las bombas atómicas como armas de guerra. Lo hizo en agosto de 1945 contra Japón, en Hiroshima y Nagasaki, para obligarlo a rendirse y poner fin a la II Guerra Mundial. Y lo consiguió, pero matando a más de 200 mil personas, casi todas civiles indefensos.

Por ese enorme y terrorífico poder letal de las armas atómicas es que ninguno de los países que las poseen las han usado hasta ahora. Es lo que los expertos llaman “equilibrio del terror”. Solo Rusia, últimamente, durante la guerra contra Ucrania que no ha podido ganar, amenaza de vez en cuando con emplear las armas atómicas contra los países de la OTAN aliados de los ucranianos.

Mientras que los dementes ayatolas de Irán se empeñan en tener armas atómicas para destruir a Israel, sin ocultar sus deseos genocidas.

Por todo eso el papa León XIV ha dicho ante la expiración del Tratado de no proliferación de las armas nucleares, que ahora “es más urgente que nunca sustituir la lógica del miedo y la desconfianza por una ética compartida”. Pero la verdad es que la voz del santo padre clama por la paz en el desierto de la indiferencia del mundo y la irresponsabilidad de los gobernantes de las potencias atómicas.

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