Vivir sin libertad

Está por finalizar un año más sin libertad en Nicaragua. Y está por comenzar un nuevo año, que también será sin libertad a menos que ocurra un milagro o algún fenómeno político extraordinario.

Al hablar de la libertad, es importante recordar que en Nicaragua no se perdió súbitamente, sino de manera paulatina, a lo largo de varios años.

La libertad se comenzó a perder en Nicaragua el 10 de enero de 2007, cuando Daniel Ortega y su partido FSLN volvieron a tomar el poder gracias a la torpeza política de los líderes de los dos partidos liberales que eran los mayoritarios. Ellos fueron divididos a las elecciones del 5 de noviembre de 2006, sabiendo —porque todas las encuestas lo advertían— que solo unidos alrededor de una sola candidatura presidencial podrían impedir que Ortega ganara y que el sandinismo autoritario instaurara por segunda vez la dictadura, ahora con la pretensión de ser para siempre.

Aquello no fue un simple error político de los liberales, fue un error histórico. Los errores políticos se pueden rectificar y evitar que tengan mayores resultados negativos. Pero los errores históricos son irreparables y producen terribles consecuencias. Quien lo dude, para quedar claro solo tiene que ver la amarga experiencia política de Nicaragua en los últimos 18 años.

Después de aquel tremendo error histórico de los liberales que le permitió a Ortega y los sandinistas recuperar el poder, estos comenzaron a socavar las instituciones democráticas y a suprimir las libertades de los nicaragüenses, hasta que las liquidaron por completo. Lo cual se aceleró después de la derrota de la autoconvocada rebelión cívica y democrática de abril de 2018, que fue reprimida por el régimen sandinista con odio y crueldad sanguinaria.

Cabe aclarar que, si recordamos y mencionamos aquel gran error histórico de noviembre de 2006, no es por “llorar sobre la leche derramada”, como se suele decir, sino para que aquella gran tragedia política no se repita. Para que la tengan en cuenta y aprendan de ella los nuevos dirigentes políticos democráticos, que por ahora sufren la desgracia del exilio, pero que algún día tomarán las riendas del poder para conducir la nueva transición democrática, que ojalá se la definitiva.

Dicen los expertos en historia y en ciencias políticas que la libertad es una sola, pero que para efectos didácticos, de enseñanza y aprendizaje, de manera convencional se puede dividir en tres aspectos. El primero es la libertad de conciencia; el segundo la libertad personal y el tercero la libertad política.

La libertad política es el ejercicio de derecho de no ser dominados por nadie, de organizarse libremente y elegir a sus gobernantes, que en todo caso deben de ser por períodos temporales constitucionalmente determinados, nunca para siempre.

Sobra decir que los nicaragüenses hemos perdido los derechos individuales y la libertad política. Muchos hasta la nacionalidad nicaragüense y el derecho de vivir en su país natal.

Pero conservamos la libertad de conciencia, porque esta nadie nos las puede arrebatar. Ni siquiera a los presos políticos, porque aún encerrados y aislados en mazmorras inmundas y sometidos a crueles torturas físicas o sicológicas, conservan su capacidad de pensar libremente. Y casi todos conservan la voluntad de volver a luchar por la libertad en cuanto tengan la posibilidad de hacerlo físicamente.

Eso es lo grandioso de la libertad, que se puede seguir siendo libres hasta donde y cuando no tenemos libertad.

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