Después de una angustiosa espera de casi un mes, el Consejo Nacional Electoral de Honduras (CNE) anunció por fin, algunas horas antes de la Nochebuena, que el candidato conservador Nasry Asfura ganó —por un apretado margen de menos de un punto porcentual— la elección presidencial del pasado 30 de noviembre.
No fue fácil realizar el escrutinio electoral, no tanto por lo reñido de la votación sino también, y sobre todo, por las acciones saboteadoras del partido de la presidenta Xiomara Castro, que sufrió una contundente derrota y quedó en un lejano tercer lugar de la votación total.
Tampoco será fácil la transición del actual régimen izquierdista al nuevo gobierno de derecha democrática que, de acuerdo con la Constitución de Honduras, se instalará el 27 de enero del año entrante. Posiblemente no lo será, porque el partido que hasta ahora está en el poder, así como trató de impedir por medio de movilizaciones callejeras violentas que el CNE cumpliera su trabajo normalmente, también podría intentar sabotear la transición del mando presidencial.
Seguramente por eso, para que no quedara duda del amplio y sólido respaldo internacional a la transición democrática pacífica en Honduras, la proclamación del presidente electo fue respaldada inmediatamente por los gobiernos de varios países de las Américas, encabezados por el de Estados Unidos (EE. UU.) que previamente había respaldado al conservador Nasry Asfura.
Pero también gobiernos latinoamericanos legítimamente democráticos, como los de Argentina Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y República Dominicana, entre otros, así como la Unión Europea, la ONU y la OEA, acudieron rápidamente a respaldar la proclamación del presidente electo de Honduras. Hasta China declaró pronto que “respeta la decisión del pueblo hondureño”.
Aparte de eso ha habido mucho reconocimiento internacional de la madurez política democrática del pueblo de Honduras, demostrada durante todas las etapas del proceso electoral. La ciudadanía hondureña demostró que solo una minoría antidemocrática es la que ha querido desconocer el resultado de la elección presidencial e impedir la transición a la democracia en el país centroamericano vecino de Nicaragua.
Hasta ahora, Honduras había sido calificado despectivamente como una “república bananera”, igual que se considera a Nicaragua dominada por la impresentable dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Pero durante estas elecciones, el pueblo de Honduras ha demostrado que quiere quitarse de encima ese denigrante calificativo. Y que es capaz de construir una democracia auténtica y plena como las que hay en otros países latinoamericanos.
Por otra parte, este proceso electoral de Honduras ha dejado lecciones muy importantes que la clase política democrática hondureña seguramente aprovechará para evitar que en el futuro la elección presidencial sea traumática, como la del 30 de noviembre pasado. Lecciones que también los políticos democráticos nicaragüense deberían tomar en cuenta, para cuando en Nicaragua vuelva a ser posible organizar elecciones libres y participar en ellas.
Se trata ante todo de la necesidad de adoptar la regla electoral del balotaje, o sea, que si ningún candidato obtiene más de la mitad de los votos, se realiza una segunda vuelta en la que compiten solo los que quedaron en primero y segundo lugar. Esto evita situaciones conflictivas en el caso de que las votaciones a los dos primeros candidatos sean muy cerradas. Además, el que gana el balotaje asume el poder presidencial con más respaldo ciudadano y legitimidad.
Otra lección muy importante es la de que la institución encargada de organizar las elecciones tiene que ser realmente independiente. Los miembros del órgano electoral del Estado deben de ser profesionales del derecho o de las ciencias políticas y sociales, ajenos a los partidos, para que igual que los magistrados del poder judicial puedan actuar con independencia, ecuanimidad, probidad y profesionalidad.
Seguramente habrá necesidad de otras reformas electorales para garantizar elecciones menos conflictivas y con más credibilidad democrática. Pero las dos mencionadas son —a nuestro juicio— las más necesarias y seguramente los líderes democráticos hondureños lo entienden. Y ojalá que los de Nicaragua también aprendan la lección.