/ Sindre Østgård

La economía oceánica de triple retorno

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Cuando los inversores deciden dónde invertir su dinero, se plantean preguntas fundamentales sobre la naturaleza de la oportunidad, sus riesgos y la rentabilidad esperada. En el caso del océano, la respuesta a la última pregunta es particularmente convincente: invertir en una economía azul resiliente y sostenible ofrece enormes beneficios ambientales, sociales y financieros.

Históricamente, el océano se ha considerado un recurso de libre acceso que se puede pescar, perforar, contaminar y, en última instancia, olvidar. Esta visión obsoleta es peligrosa y costosa. Como el mayor sumidero de carbono del mundo, un foco de biodiversidad y un regulador climático, el océano sustenta los sistemas alimentarios, el crecimiento económico y la estabilidad climática. Por lo tanto, impulsar soluciones regenerativas para los océanos proporciona una protección contra la inestabilidad sistémica al proteger una de las fuerzas estabilizadoras más poderosas de la Tierra.

Si bien los ecosistemas marinos saludables son activos económicos productivos que se revalorizan con el tiempo, siguen estando significativamente infravalorados. Según el informe La Economía Oceánica hasta 2050 de la OCDE, la economía oceánica se ha duplicado en términos reales entre 1995 y 2020, cuando aportó 2,6 billones de dólares al PIB mundial y empleó a más de 100 millones de personas. Si fuera un país, el océano sería la quinta economía más grande del mundo. Los sectores marinos que desarrollan resiliencia, como las energías renovables marinas, la acuicultura sostenible, el secuestro de carbono y las tecnologías azules, están preparados para un rápido crecimiento.

Los inversores con visión de futuro, conscientes de que el océano es la próxima frontera de la innovación y la adaptación climática, actuarán con decisión. De hecho, sin una acción urgente, la oportunidad podría escapársele de las manos. Según un informe del Fondo Mundial para la Naturaleza, en colaboración con la Alianza para la Acción contra el Riesgo y la Resiliencia Oceánica y Metabolic, la continua degradación de los océanos podría poner en peligro hasta 8,5 billones de dólares en valor para el 66 por ciento de las empresas que cotizan en bolsa a nivel mundial durante los próximos 15 años. La pesca comercial, los bienes raíces costeros, el turismo, la infraestructura marítima y los puertos se encuentran entre los sectores más expuestos. Una trayectoria más sostenible podría reducir este riesgo en más de 5,1 billones de dólares.

Los inversores tienden a responder a los riesgos climáticos y de biodiversidad cubriendo sus pérdidas y cerrando sus posiciones, lo que provoca caídas del mercado. Como resultado, aún no han aprovechado la oportunidad multimillonaria que ofrece una economía oceánica regenerativa. Menos del 0.01 por ciento de las inversiones totales, menos del 1 por ciento de la financiación filantrópica internacional y menos del 1 por ciento de la ayuda oficial al desarrollo se destinan a la economía oceánica. La financiación de capital riesgo también ha sido insuficiente: por ejemplo, las empresas emergentes de energías renovables marinas recibieron solo 300 millones de dólares en 2023, aunque ampliar la escala de las turbinas eólicas flotantes, así como la energía de las olas y las mareas, requerirá aproximadamente 32 mil millones de dólares en inversión anual para ayudar a cerrar la brecha de emisiones para 2050.

No es difícil imaginar un futuro donde mercados saludables, comunidades costeras prósperas y ecosistemas oceánicos florecientes creen un círculo virtuoso. La producción sostenible de productos del mar solo es posible si se protegen los hábitats de la contaminación industrial, se practica la pesca silvestre y la acuicultura de forma responsable, y el comportamiento del consumidor está alineado. Sin embargo, los inversores se encuentran atrapados tras el «muro de la transición»: el desajuste entre las expectativas de rentabilidad a corto plazo y la creación de valor a largo plazo. El capital institucional se ve actualmente limitado por horizontes temporales de siete a diez años y estructuras con aversión al riesgo.

En este contexto, las personas con un alto patrimonio neto, cuya riqueza alcanzó los 90.5 billones de dólares en 2024, representan una base de inversores sin explotar. Además, se espera que los baby boomers se transfieran 83 billones de dólares a sus hijos y nietos durante las próximas dos décadas, reestructurando la asignación de activos. Muchas de estas personas gestionan su patrimonio a través de oficinas familiares, que están bien posicionadas para invertir capital en todo el espectro, desde filantrópico hasta de mercado, y cuentan con las herramientas y la flexibilidad necesarias para generar rentabilidad e impulsar un cambio positivo en la economía oceánica.

En junio, el Foro de Economía y Finanzas Azules celebrado en Mónaco, evento especial de la tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos, demostró la viabilidad de invertir en proyectos que beneficien a los océanos. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada en Belém (Brasil) ha aprovechado este impulso, consolidando el papel del océano como un importante regulador climático y una oportunidad vital de inversión.

Para aprovechar esta oportunidad, debemos construir la arquitectura fundamental para la financiación oceánica: apoyo en las etapas iniciales, instrumentos de reducción de riesgos y nuevos modelos de negocio que alineen las inversiones con el potencial regenerativo del océano. Necesitamos estructuras financieras combinadas, capital concesional y vehículos a medida que atiendan a los inversores en todos los ámbitos, desde los filantrópicos hasta los institucionales.

Preservar los océanos del mundo no es solo un imperativo moral, sino también una estrategia financiera inteligente. Invertir en la resiliencia oceánica es una cobertura a futuro, no un costo irrecuperable. Quienes actúen con anticipación moldearán los instrumentos, definirán los estándares y cosecharán los beneficios.

La salud de los océanos es la salud del planeta, la cual constituye la base de todo valor económico. Esto significa que la principal pregunta que los gestores de capital —ya sea de oficinas familiares, entidades filantrópicas, fondos de pensiones u otros vehículos de inversión privada— deberían plantearse es cómo obtener exposición a la economía azul.

Los autores, Peter Bryant es director del Programa Océanos en Builders Vision, una plataforma de inversión de impacto; Sindre Østgård es socia directora de We Are Human, una firma de capital riesgo centrada en el impacto, y forma parte del consejo de administración de 2050.do y del Fondo del Príncipe Heredero de Noruega para las Generaciones Futuras. 

Derechos de autor: Project Syndicate, 2025.  
www.project-syndicate.org 

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