/ Andrés Velasco

Un nuevo manual económico para los responsables políticos 

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El electorado de muchos países está furioso. Los líderes democráticos, sin una estrategia definida, parecen incapaces de abordar las causas de esa furia. Los únicos que se benefician de este vacío son los populistas y los aspirantes a autócratas. 

En Gran Bretaña, el gobierno laborista parece querer volver a las soluciones de gasto público del pasado, mientras que algunos conservadores añoran el resurgimiento de las políticas de libre mercado de Margaret Thatcher. Ambos parecen incapaces de articular una visión que resulte atractiva para el electorado actual. 

Resulta especialmente preocupante la percepción, común en muchos países, de que los gobiernos, paralizados por la inacción política o la excesiva regulación, son incapaces de lograr nada. Si los políticos democráticos solo hablan y actúan, los populistas, con sus promesas (rara vez cumplidas) de medidas decisivas, ofrecen una alternativa atractiva. 

Para ayudar a crear una nueva estrategia, consultamos a un grupo de destacados economistas sobre las lecciones que el mundo debería haber aprendido en los 35 años transcurridos desde que el llamado Consenso de Washington se convirtiera en un referente político. Sus respuestas, recién publicadas en forma de libro, conforman el Consenso de Londres, que ofrece la esperanza de que un nuevo enfoque político, basado en sólidos principios económicos, pueda contribuir a contrarrestar el populismo autoritario. 

Al igual que su predecesor, el Consenso de Londres sostiene que una economía con baja inflación, políticas fiscales prudentes y apertura al comercio mundial ofrece la mejor perspectiva para el bienestar humano. Pero, a diferencia del Consenso de Washington, la nueva estrategia presenta un enfoque económico transformado que incluye innovación, empleos de calidad, igualdad de género, atención al clima y una economía política que empodera al Estado para lograr resultados. 

Una prioridad absoluta es reactivar el crecimiento económico. A pesar de haber sido tachado de “neoliberal” por sus críticos, el Consenso de Washington, sorprendentemente, tenía poco que decir sobre el crecimiento económico. Su premisa de que el crecimiento se produciría automáticamente tras la liberalización del mercado no ha resistido el paso del tiempo. 

En los últimos 35 años, gracias en gran medida al trabajo de los más recientes galardonados con el Premio Nobel, incluido nuestro coautor del Consenso de Londres, Philippe Aghion, hemos aprendido que “fijar los precios correctamente” no basta. El crecimiento depende de la innovación, que exige encontrar el equilibrio adecuado entre la competencia y las recompensas a las nuevas ideas. Los gobiernos desempeñan un papel fundamental al apoyar la investigación, la educación y un sistema financiero que permita a las empresas invertir y adoptar nuevas tecnologías. 

Si bien el crecimiento y el bienestar están vinculados, esa conexión ya no se considera automática. A la gente le importan los ingresos y el consumo, pero también la salud de sus comunidades y la percepción de que las políticas y los políticos nacionales traten con justicia a las personas como ellos. Un nuevo enfoque debe centrarse en cómo los sistemas económicos moldean tanto la prosperidad como el tejido social que cohesiona a las comunidades. 

Las regiones marginadas requieren mucho más que transferencias monetarias. La pérdida de empleos y negocios debilita a las comunidades locales y afecta la vida y la dignidad de las personas de maneras que el dinero por sí solo no puede remediar. Las políticas territoriales deben ser un componente central de la nueva estrategia. Necesitamos llevar los buenos empleos a donde está la gente, no al revés. 

La gente también desea estabilidad, por lo que moderar las fluctuaciones económicas debería ser un objetivo primordial de las políticas públicas. El Consenso de Washington se centró únicamente en un tipo de inestabilidad, causada por políticas fiscales y monetarias irresponsables, pero su enfoque era demasiado limitado. Hoy comprendemos que las crisis financieras, las emergencias sanitarias e incluso el cambio climático también pueden ser importantes fuentes de perturbaciones. 

Al actuar como aseguradora de último recurso, como lo hicieron durante la pandemia de covid-19 y la crisis financiera mundial de 2007-2009, los gobiernos pueden proteger a los ciudadanos de la pérdida de sus empleos, ahorros o acceso a la atención médica. Sin embargo, defender una política fiscal tan intervencionista no equivale a afirmar que todo vale. Al contrario: para brindar este seguro de último recurso, los gobiernos deben tener la capacidad de endeudarse durante las crisis, lo que a su vez exige que generen superávits y reduzcan su deuda en épocas de bonanza. 

El Consenso de Washington dio la impresión de que el papel del Estado debía ser mínimo, pero esa visión siempre fue demasiado simplista. Un gobierno eficaz debe ser lo suficientemente pequeño como para no interferir con el sector privado, pero lo suficientemente fuerte y capaz como para desempeñar todas las funciones que se requieren en una economía moderna, incluyendo una regulación eficaz y servicios públicos de alta calidad. A su vez, fortalecer la capacidad gubernamental exige una inversión a largo plazo en personas, instituciones y sistemas. 

La calidad de la gobernanza también depende de las instituciones políticas, las cuales, para tener éxito, deben evolucionar dentro de un margen estrecho. Cuando el poder está demasiado fragmentado, resulta imposible llegar a acuerdos sobre asuntos de interés común. Y cuando el poder se concentra en muy pocas manos, sin controles y contrapesos efectivos, se acumulan agravios sin resolver, lo que lleva a los ciudadanos a buscar alternativas no probadas. 

El Consenso de Londres sostiene que una buena economía no puede separarse de una buena política. En la medida en que asumía que la adopción de políticas económicas sólidas resolvería automáticamente los problemas políticos, el Consenso de Washington pecó de ingenuo. Los orígenes políticos de las políticas económicas marcan una gran diferencia. Las reformas impuestas desde arriba, sin apoyo ni legitimidad locales, suelen fracasar. 

Además, lo que pueden parecer buenas políticas económicas pueden tener efectos políticos negativos si aumentan la desigualdad o el resentimiento. En lugar de considerar la política como un obstáculo, los economistas deberían verla como algo esencial para tomar decisiones económicas justas y duraderas. 

No afirmamos que el Consenso de Washington haya causado la actual ola de populismo. Sin embargo, a la hora de abordar los desafíos actuales, no ofrece las respuestas. Para ello, necesitamos ir más allá de las viejas recetas. El Consenso de Londres ofrece una alternativa fructífera. 

Los autores: Tim Besley es catedrático de Economía y Ciencias Políticas y catedrático de Economía del Desarrollo en la London School of Economics; Andrés Velasco fue ministro de Hacienda de Chile y es decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics. 

Derechos de autor: Project Syndicate, 2025.  
www.project-syndicate.org 

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