Cuando se menciona a los pueblos indígenas en el contexto del cambio climático, inmediatamente me vienen a la mente imágenes de la casa de mi abuela sin techo e inundada, destruida por un huracán de categoría 5 y una tormenta de categoría 4 en rápida sucesión.
También trasciendo lo personal, pensando en los cambios climáticos extremos en los Andes que están dañando la producción agrícola; en las familias masái de Kenia y Tanzania que ven morir a su ganado por las sequías o, cada vez más, por las inundaciones masivas; y en las comunidades devastadas por los deslizamientos de tierra en las montañas de la Cordillera de Filipinas.
Para los pueblos indígenas, el cambio climático es más que cifras y gráficos; es una herida que supura, que consume nuestra tierra, nuestros recursos, nuestra espiritualidad y nuestra cultura. Los fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más frecuentes y severos, perjudican desproporcionadamente a nuestras comunidades porque dependemos directamente de los ecosistemas naturales.
La decisión de celebrar la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30) de este año en la región amazónica ha aumentado considerablemente nuestras expectativas. Ciertamente, el camino a Belém no ha sido fácil. Tenemos esperanzas puestas en el desarrollo de las negociaciones, si bien las abordamos con la cautela y la claridad que nos da haber participado en numerosas negociaciones climáticas, solo para ser ignorados.
Estas cumbres están dominadas por los responsables políticos nacionales. Aun así, siempre hemos insistido en que se escuchen nuestras voces, incluso las de quienes están marginados, y seguiremos haciéndolo. Nuestra aspiración no es solo ser invitados a la mesa de negociación y tener voz en la toma de decisiones, sino contribuir a crear un espacio colectivo donde todos puedan participar como actores clave.
Con la asistencia prevista de más de 3,000 personas indígenas de África, el Ártico, Asia, América del Norte, América Latina y el Caribe, el Pacífico y Europa del Este a la COP30, la Coalición Mundial de Pueblos Indígenas sobre el Cambio Climático ha elaborado posturas sobre los temas principales de la cumbre. Ya sea que se debata sobre financiación climática, adaptación o mitigación, es fundamental reconocer nuestros derechos a la autodeterminación y al consentimiento libre, previo e informado en todos los asuntos que afectan a nuestras tierras, territorios y recursos. Estos no son favores ni beneficios, sino los principios esenciales de una transición climática justa.
Como anfitrión de la COP30, Brasil busca convertirla en la “COP de la implementación”, lo que significa traducir los compromisos en acciones sólidas: transferencia de capacidades y tecnología, así como financiación que llegue realmente a quienes están en la primera línea del cambio climático.
Para los pueblos indígenas, la implementación de políticas climáticas requiere acceso directo a financiamiento predecible y sostenible. En lugar de vernos obligados a depender de intermediarios que nos dejan con migajas, se nos debería confiar la gestión de los fondos, asignándolos según nuestras propias necesidades, plazos y sistemas de conocimiento. El problema del financiamiento climático no radica en la falta de capacidad, sino en la falta de confianza y voluntad política.
Además, el multilateralismo —presentado como la vía para la salvación climática— suele estar sesgado a favor de los países ricos y los actores influyentes. Necesitamos socios que nos traten como tales, y no como beneficiarios; que reconozcan nuestras estructuras de gobernanza, apoyen nuestras iniciativas, realicen una debida diligencia cultural y, sobre todo, fomenten un diálogo genuino.
En los debates sobre cómo garantizar una transición justa, seguiremos insistiendo en que los proyectos de energía limpia no deben construirse a costa de nuestro despojo. Sin salvaguardias sólidas, el proceso de descarbonización corre el riesgo de convertirse en otro ciclo de extractivismo. El respeto a los derechos de los pueblos indígenas sobre sus tierras y recursos debe ser fundamental en cualquier política climática.
Asimismo, la adaptación y la mitigación deben abordarse de manera integral. No podemos seguir midiendo el éxito únicamente por la captura de carbono; también debemos considerar los efectos de estos esfuerzos en los medios de vida, la salud mental y espiritual, y la continuidad cultural de los pueblos indígenas.
En la COP30, los gobiernos y demás instituciones deben rendir cuentas por las promesas que han hecho a lo largo de los años. Las palabras deben convertirse en compromisos tangibles, sobre todo en lo que respecta al acceso directo de los pueblos indígenas a la financiación. Esto exigirá un cambio radical de mentalidad: la acción climática debe generar un impacto positivo, no solo evitar daños.
Desde esta perspectiva, los pueblos indígenas forman parte de la solución. El cuidado del planeta está integrado en nuestros sistemas de conocimiento: restaurar un bosque, proteger una laguna y preservar las semillas tradicionales son tareas cotidianas para nosotros. Pero para llevar a cabo esta labor, necesitamos un reconocimiento y un apoyo reales de la comunidad internacional.
La autora, punto focal de la Organización de Pueblos Indígenas ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, es una mujer indígena miskita del territorio Wanky Awala Kupia, en la costa caribeña de Nicaragua.
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