¿Qué es el sandinismo del presente?

Los actuales dictadores de Nicaragua se ufanan en manifestar ser sandinistas, o sea que dicen profesar los ideales de Sandino, pero ello no puede ser cierto dado que Augusto César Sandino fue un nacionalista cuya lucha fue por liberar a Nicaragua de la opresión extranjera; mientras que los Murillo-Ortega actúan y defienden el  comunismo internacional. Es por ello que  les preocupa Putin por no haber podido doblegar a Ucrania mediante su “operación especial”.   

Asimismo, están embargando Nicaragua ante los chinos, entregándoles gran parte del territorio nacional para que lo exploten, sin reglamentación alguna con miras a proteger el medioambiente o la fauna. Y financieramente no se sabe cuánto le reportarán a Nicaragua esos concesionarios por los metales que sustraerán del subsuelo nicaragüense. De lo que podemos estar seguros es que dejarán poluta o contaminada toda el área sujeta a concesión, ello ha sido así en otras regiones donde los chinos han extraído materias primas. 

Sandino fue un demócrata, mientras que los dictadores irrespetan los derechos del pueblo y hasta han llegado a creer que el país es finca de su propiedad. La Constitución no existe, han destruido la institucionalidad que constituye los poderes de toda nación democrática. Es su voluntad impulsada por sus antojos y beneficio lo que actualmente rige en el país. Siendo así, han prohibido o confiscado los medios periodísticos independientes y universidades.  El derecho a pensar diferente al de su forma obtusa de concebir la realidad no está permitido. La doctrina católica ancestral y la fe mariana característica del pueblo nicaragüense ha sido vejada, tiroteada, encarcelada, clausurada y exiliada. 

El sandinismo del presente tiene bandera, pero carece de ideología y es ahí donde reside uno de sus puntos débiles. Es como un barco sin velas, no puede ir a ninguna parte. Los dictadores han suprimido universidades y la prensa independiente, lo cual es una revelación de lo mucho que les preocupa la posibilidad de que los ciudadanos distingan la verdad y confronten lo falso de su actuar.  

Observando el panorama desde dentro de la dictadura, los sapos y aduladores deberían visualizar su futuro, dado que no tendrán asidero legal  al cual atenerse cuando les llegue el día de su purga. Si ni el hermano fue considerado, así como los más cercanos que fueron: Bayardo Arce, los Baltodano, Lenín Cerna, Néstor Moncada Lau… y recientemente Xiomarita; o sea que, tanto la parentela, compañeros de lucha y allegados no han sido considerados, muy a pesar de que en sus días en el poder podían, bajo autorización, acaparar bienes ajenos. 

Al respecto hay que relatar que cuando alguien invierte, lo hace en lugares donde tiene certeza en disfrutar del rédito que la inversión producirá. Pero, ¿cómo pueden los sapos asegurarse en disfrutar del rédito que su proximidad a los dictadores les será permitido disfrutar en un futuro? 

Ante la eventual suspensión de Nicaragua del Tratado de Libre Comercio (TLC DR-Cafta), tratado que fue suscrito durante la administración liberal, la que facultaba al personal técnico desarrollar proyectos que beneficiaran a la población nicaragüense, no como ahora, con una secretaría bajo su limitado y obscuro saber, desconocedora de la aritmética gubernamental en política exterior, al  imponer políticas que al dar la vuelta a la esquina perjudican a la economía nicaragüense.  

En correlación a sus políticas represivas a los derechos humanos y a las normas de derecho internacional, la administración Trump expulsará a Nicaragua del mencionado tratado  y/o impondrá aranceles del 100 por ciento a determinadas importaciones procedentes de Nicaragua. Cualquiera de esas medidas será un serio problema para los  sectores de producción y exportación del país, asimismo, interrumpirá las labores de miles de trabajadores en dichos sectores. Y por lo menos una dura ausencia de $1,831 millones de dólares, suma que correspondió a las exportaciones de Nicaragua vía Cafta durante 2024, según cifras del Banco Central.       

En vista de lo que se nos viene, de una cosa debemos estar conscientes: dialogar con un comunista es hacerse el harakiri. El verdadero diálogo se lleva a cabo entre dos oponentes, que a pesar de esgrimir diferencias, se respetan. Al que no le asista la razón aceptará el derecho de la otra parte. Pero a Daniel, su forma limitada de conocimientos, sumado a su dogmática comunista le impide aceptar el derecho de su contraparte. Y bajo otro punto de vista, Daniel el irrespetuoso del derecho ajeno, no está dispuesto a perder la fuente que le está permitiendo acumular más riqueza, así como perder lo sustraído. Adicionalmente es sabedor de que sobre su cabeza pende la espada de Damocles, la cual está esgrimida por el derecho internacional y que Daniel fuera del poder,¡ni que se corra será out!  Los dictadores y los sapos que les acompañan no quieren darse cuenta de que el panorama internacional está cambiando, que las patrañas de “territorio libre de América” y “no retrocederemos ni para tomar impulso”, han sido puras mentiras. En Bolivia, el pueblo cansado de las administraciones “socialistas” que sólo miseria les trajo votó en contra del cocalero Evo Morales. 

Realicemos en comprender lo absurdo que sería pensar en dialogar con Ortega. Él solo puede ser amedrentado mediante la acción, ello no significa tomar las armas, más bien, el devolver el miedo por el miedo y demostrarle que no le tememos. Hay diferentes formas de hacerlo, y al respecto, debemos considerar que los dictadores y familia, no rebosan de tranquilidad y que el miedo es su fiel compañero; a ello se deben las constantes corridas de todos aquellos que les puedan hacer sombra, así como infundir miedo para poder mantenerse en el poder. 

Si los dictadores fueran verdaderos seguidores de la filosofía de Sandino, renunciarían por el bien de la población nicaragüense. Esa debería de ser su respuesta a la presente acción del gobierno americano, cuya ejecución se debe al incumplimiento de los dictadores a los puntos ratificados en el acuerdo del Cafta.       

El autor es abogado y economista. 

COMENTARIOS

  1. Hace 11 meses

    El mito del comunismo

    En el debate político latinoamericano, y particularmente en Nicaragua, el término comunismo se sigue utilizando con una ligereza que asombra, como si estuviéramos atrapados en una máquina del tiempo ideológica. Escuchar a voces con formación académica, abogados o economistas, referirse al comunismo como si fuese una amenaza latente, resulta no solo anacrónico, sino intelectualmente pobre. A más de un siglo de formulada esta teoría, hablar de “comunismo” como un actor político real equivale a invocar un espantapájaros para asustar a quienes no se han tomado la molestia de revisar la historia.

    El comunismo, como teoría, fue elaborado en el siglo XIX por Karl Marx y Friedrich Engels. No surgió como un mito, sino como una propuesta científica y filosófica para interpretar y transformar las relaciones de producción capitalistas. Su base es el materialismo histórico y dialéctico, una herramienta analítica que —en su momento— sirvió para explicar dinámicas sociales y económicas de un mundo industrial naciente. Sin embargo, lo que se conoció como el “socialismo real” —el bloque soviético y sus satélites— implosionó en 1989. A partir de ese momento, el comunismo dejó de ser un proyecto geopolítico vigente para convertirse en una referencia histórica. Hoy, invocarlo como si fuera una amenaza real es, en el mejor de los casos, ignorancia, y en el peor, manipulación.

    A esta altura del siglo XXI, hablar de “comunismo” en América Latina es como repetir el la fabula del niño y el lobo: “Ahí viene el lobo”, no para describir una realidad política concreta, sino para infundir miedo. Es un recurso retórico que busca simplificar complejidades y reducir fenómenos políticos diversos a un único fantasma ideológico. Es precisamente ese fantasma el que algunos agitan para no entrar en un debate serio sobre autoritarismo, corrupción, control económico y concentración del poder.

    Resulta aún más llamativo que se etiquete de comunistas a figuras como Evo Morales, Nicolás Maduro o Daniel Ortega. Ni Evo Morales es comunista, ni Maduro lo es, ni mucho menos Ortega. Ninguno de ellos ha desarrollado ni aplicado el materialismo dialéctico, ni implementado una economía planificada de corte marxista. Lo que existe en estos regímenes no es comunismo, sino populismo autoritario, manipulación ideológica, clientelismo político y control patrimonial del Estado. El uso de un vocabulario político incorrecto solo distorsiona el análisis y deslegitima cualquier reflexión seria sobre la naturaleza de estos gobiernos.

    Daniel Ortega, lejos de ser un líder comunista, es un caudillo pragmático que se sirve del discurso antiimperialista para justificar la concentración de poder y la represión interna. Evo Morales representa un populismo indígena con fuerte carga simbólica, pero sin sustento doctrinario marxista. Nicolás Maduro es el heredero de un chavismo degenerado en autoritarismo, pero no de un proyecto comunista real. Calificarlos de comunistas no solo es un error conceptual, sino una muestra de pereza intelectual: se elige el estigma en lugar del análisis.

    Insistir en hablar del comunismo como si fuese un peligro inminente en América Latina es desviar la atención de los verdaderos problemas: la corrupción endémica, la captura institucional, la represión de las libertades públicas, el colapso de la educación y la justicia, y la entrega de recursos naturales a potencias extranjeras sin transparencia ni rendición de cuentas. Los líderes que hoy concentran poder en la región no representan el comunismo, sino un modelo de poder personalista y autoritario que, paradójicamente, se sostiene sobre las mismas prácticas que los viejos regímenes que decían combatir.

    La caída del Muro de Berlín marcó un antes y un después. Desde entonces, el comunismo dejó de ser un actor político real para convertirse en una sombra que solo sirve para agitar emociones y justificar discursos vacíos. Quienes, a estas alturas, siguen usando esa palabra como sinónimo de dictadura, populismo o autoritarismo, lo hacen por ignorancia, por comodidad retórica o por cálculo político.

    Por eso, sostener un debate serio exige abandonar los fantasmas ideológicos y llamar las cosas por su nombre. Lo que existe en Nicaragua no es comunismo: es autoritarismo. Lo que hay en Venezuela no es comunismo: es represión y control patrimonial. Lo que hubo en Bolivia no fue comunismo: fue populismo nacionalista. Y mientras sigamos discutiendo contra un fantasma, los verdaderos problemas seguirán vivos, intactos y fortalecidos.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí