Los patios de Nicaragua

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Una de las cosas que más extrañan los nicaragüenses en el exilio, al menos lo que me comentan, es “el patio”. La posibilidad de sembrar un palito de naranja agria, de limón, mango o lo que se les ocurra para tener acceso a esos productos, tener sombra o dónde guindar una hamaca.

El origen de “el patio” fue una reducción de la finca, el jardín señorial y el huerto. La idea es que los encomenderos tuvieran en un espacio relativamente pequeño esas tres cosas: ornato, autoabastecimiento vegetal y producción de carne.

En el caso de Nicaragua, la versión post colonial se llamó “solar”. La remembranza más famosa es El solar de Monimbó, que era un terreno grande donde se entremezclaban la casa, el patio, el huerto, las gallinas, patos, y los chanchos. Además, era el espacio para las tertulias y las fiestas.

Para suerte mía y de todos los nicaragüenses esa finca que pasó a solar y ahora a patio sobrevive y podemos gozar de ese beneficio en casa. Mientras que otras capitales doblaron su brazo por el costo de la tierra, de construir y la “modernidad” y construir “a lo alto” para urbanizarse.

Para el país más grande de Centroamérica es fácil tener una casa con espacio. Y esto lo digo con conocimiento de causa. Un colega salvadoreño visitó hace unos años Nicaragua y lo atendí y acompañé a sus entrevistas y aproveché para llevarlo al Volcán Masaya. Su cara de sorpresa surgió desde el camino del aeropuerto a la casa en donde nos quedamos. “Cuánto verde”, fue su primera expresión. Por el camino vimos un par de caballitos cholencos y me decía que eso no se miraba en El Salvador.

Luego en países como España, en Madrid al menos, donde estuve unos meses, la gente le llama a los apartamentos “piso” y en esos pisos lo que hay es “balcón” y muy pequeños en la mayoría de los casos. Son espacios acomodados como casas, con cuartos, salas, comedores, cocinas, baños, pero sin patio.

No digo que toda España sea igual, pero hablando de vivir en la capital, en el centro o el “corazón” de un lugar, Managua sí tiene esa posibilidad, en el barrio que vivas encuentras casas con patio, con gente que puede salir a refrescarse en una hamaca y ver chavalos y mascotas y correr, levantando polvo en caso de que no sea embaldosado o engramado.

Pero volvamos a Latinoamérica, en Costa Rica, en San José, se encuentran casas, pero son más costosas y la opción casi general para estudiantes, familias pequeñas es “apartamentos” o “apartaestudios”, y casi un requisito generalizado es “no mascotas, no niños”, lo que me hace preguntarme cómo hacen los costarricenses que no pueden comprar una casa para reproducirse, para poder arrendar espacios económicos que permitan a un menor, y ya ni hablar del que tiene una mascota y no puede vivir con ella.

En Bogotá, Colombia, la historia es similar en cuanto a espacios. Hay división por estratos, del 1 al 6 si la memoria no me falla, pero el tema es que si hablamos de clase media la opción son apartamentos (aunque más parecido a los pisos de Madrid). En este caso son pet friendly es decir que son amigables con las mascotas. De hecho, escribí un artículo que hablaba de la legalización en esta ciudad de lo que se conoce como “familia multiespecie”, pero nuevamente la gente busca donde pueda caminar con sus mascotas, cerca de parques o espacios verdes. Porque las opciones tampoco tienen patio.

Esta añoranza de una parte específica de las casas me ha parecido curiosa y me ha hecho amar más a Nicaragua y su inmensidad.

Como me dijo un nica en el exilio en Colombia “eso es dolor de patria” y es que Nicaragua es una patria con mucho que extrañar. Siempre que alguien me pregunta “puedo ir” me toca decirle que con mucho cuidado, con fe de que lo dejen entrar y que si se arriesga vale la pena porque es un país hermoso.

Los patios de Nicaragua son un ejemplo de cómo se ama la tierra que lo vio nacer a uno, de cómo nos enamoramos de un proyecto de vida y de rutinas tan sencillas como salir al patio, ver un guardabarranco, recoger un mango, cortar limones o tumbarse en una hamaca con un buen café o una cervecita.

La autora es licenciada en Ciencias de la Comunicación.

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