En los últimos años y de forma más evidente en los meses recientes hemos sido testigos de cómo las guerras han vuelto a ocupar el centro del escenario geopolítico y noticioso. Esta vorágine bélica no parece ser fruto del azar ni de simples caprichos por parte de quienes las protagonizan. Más bien, los actores involucrados han venido cocinando su propio caldo de cultivo, alimentando escenarios estratégicos con el objetivo de consolidar proyectos de poder de corte semimperialista.
El caso Rusia–Ucrania
Rusia invadió Ucrania hace más de tres años, con el pretexto de combatir una supuesta amenaza nazi en territorio ucraniano. Sin embargo, más allá de esa narrativa, el verdadero propósito de Vladímir Putin ha sido evidente desde el inicio: absorber a Ucrania como parte de su esfera de influencia, al estilo de una nueva Unión Soviética 2.0. Ya en 2014, Rusia se anexó Crimea mediante un referéndum cuestionado por gran parte de la comunidad internacional.
Putin, moldeado ideológicamente en la era soviética y forjado como agente de la extinta KGB, arrastra una obsesión casi patológica, no tanto con la guerra en sí, sino con el poder. En su visión, el conflicto armado es simplemente el vehículo necesario para alcanzar fines estratégicos. Su lógica política parece inspirarse más en Maquiavelo que en el derecho internacional.
Sin embargo, lo que esta guerra ha dejado al descubierto es la fragilidad estructural de Rusia. El país, considerado por años una superpotencia militar, ha demostrado ser un gigante con pies de barro. Después de más de tres años de combates, no ha logrado controlar completamente Ucrania. Las pérdidas humanas superan el millón de soldados, su maquinaria bélica ha sido severamente reducida, sus estrategias fallidas y el suministro logístico, un desastre. Incluso sus bombarderos han sido atacados con drones infiltrados en medios de transporte rusos por ciudadanos rusos. Su economía se ha deteriorado significativamente y su industria militar y energética ha sufrido graves golpes.
Frente a esta debacle, el recurso constante del Kremlin ha sido la amenaza nuclear. Sin embargo, el poderío atómico ruso, aunque temido, sigue envuelto en dudas tanto por su estado operativo como por su real capacidad de despliegue.
En paralelo, Medio Oriente sigue siendo otro epicentro del conflicto. Israel, enfrentado a Hamás en Gaza y ahora con tensiones crecientes con Irán, ha entrado en una nueva fase de enfrentamientos. La ofensiva de Hamás sobre territorio israelí, sorpresiva por la aparente vulnerabilidad de los sistemas de defensa del país, ha generado interrogantes: ¿Fue un fallo real de inteligencia o una provocación premeditada? Esa respuesta probablemente quedará en el terreno de las conjeturas, al menos por ahora.
Lo cierto es que, como en todo conflicto, la mayor víctima es la población civil. Ni la más elaborada justificación podrá revertir el daño causado. Hace pocos días, una iglesia católica fue bombardeada durante una misa, dejando dos muertos y varios heridos. Hasta hoy, Israel no ha emitido una declaración oficial. ¿Accidente o acción deliberada? Sea cual sea la verdad, es un hecho que el cristianismo al igual que otros sectores vulnerables ha sido impactado por estos conflictos, como ya lo advertimos en un artículo anterior.
Y no es todo. Recientemente, Israel ha lanzado ataques sobre territorio sirio, apuntando a centros de poder como instalaciones presidenciales y el Ministerio de Defensa. ¿Acaso Siria está desarrollando armamento nuclear? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que nuevamente, la población civil ha pagado el precio como daño colateral.
Estos episodios remiten inevitablemente a la manipulación mediática que precedió la invasión a Irak por parte de Estados Unidos bajo la presidencia de George W. Bush, cuando se justificó la guerra con la supuesta existencia de armas de destrucción masiva que jamás aparecieron. Israel, históricamente respaldado por Estados Unidos, parece haber aprendido bien de su aliado del norte en el arte de justificar conflictos armados.
Las guerras de hoy no solo están marcadas por la lucha territorial, sino por profundos intereses ideológicos, económicos y estratégicos. En medio de esta maquinaria de destrucción, la humanidad retrocede. Las víctimas invisibles, niños, ancianos, comunidades religiosas, siguen cargando con las consecuencias de decisiones tomadas en oficinas lejanas, bajo el pretexto del bien mayor.
Mientras tanto, los pueblos del mundo siguen esperando paz. Una paz que, por ahora, se siente tan lejana como incómoda.
El autor es licenciado en Comercio Internacional (UCC), magíster en Administración de Empresas, profesor universitario y capacitador empresarial y de ONG y empresas estatales.